Diciembre
La casa patas arriba

Emilia González y su hija Sheila Pérez en lo que era su casa en La Roca de la Sierra. / LORENZO CORDERO
Cuando se junta un grupo de gente diversa, sin demasiado que compartir y con una confianza limitada, se termina hablando de lugares comunes. Los más clásicos son el fútbol, el tiempo y la política, aunque con esto último hay que tener cuidado de no defender con pasión a ninguno, no vayan a pensar que eres un vendido. En fin, al final el refugio general suele ser «cosas que nos han pasado», así, tan variado pero tan útil.
Los viajes dan para bastante. «Me acuerdo aquella vez que en un chiringuito de Katmandú nos querían cobrar el equivalente a 14 euros por un vaso de agua» o «una vez me ligué a una rubia en Oslo que no veas, Manolo, ya sé cómo se calientan allí» (Esto suele ser entre tíos y normalmente, mentira). Luego están los sueños, con su dosis de surrealismo lisérgico, del tipo «soñé con que me contrataba una serpiente pitón que había montado una mercería de las de antes en un centro comercial. Y al final no me hacía fijo». Y por último, las mudanzas, con toda su peripecia de decimotercer trabajo de Hércules, convertida en disciplina olímpica para los que se han movido de un lado a otro por el mundo (o su ciudad) como si ese fuese un valor por sí mismo.
Yo solo he tenido dos en mi vida y una de ellas ni siquiera la recuerdo. La gente me mira entre horrorizada y admirada cuando lo cuento para amenizar las reuniones, sobre todo mi amiga Bárbara, que ya debe ir por la mudanza número 43 (y subiendo). Lo confieso abiertamente: le tengo miedo a tener la casa patas arriba, a mover mis innumerables cosas de donde están. Creo que moriré donde vivo ahora, pero que mis enemigos esperen sentados, ojo.
Por eso me horrorizan especialmente escenas como las que se generaron en las casas de la pobre gente de la zona de La Roca de la Sierra: para los discípulos de Diógenes, ver echadas a perder todas tus cosas de un momento a otro por los elementos (lo siento, Felipe II) debe ser lo peor, algo que no hace gracia contar en las tertulias entre desconocidos. El corte de la Carretera Nacional Cáceres-Badajoz es un desastre, sí, pero mucho más supone que enfrentarse a la desolación del hogar individual, a tener que achicar agua sin fin. Por favor, no olviden a la gente de las fotos el día siguiente.
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