Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Grosso Modo

Juan Ramón Corvillo, abogado, sobre el Gran Teatro de Cáceres: "La joya de la corona"

Gran Teatro de Cáceres

Gran Teatro de Cáceres / Juan Ramón Corvillo

Juan Ramón Corvillo

Juan Ramón Corvillo

Cáceres

Las ciudades se delatan por el trato que dispensan a sus símbolos. Cáceres tiene uno que cumple ahora cien años y que merece bastante más que una efeméride amable, una fotografía institucional o un aplauso de trámite. El Gran Teatro entra en su centenario con la autoridad de los lugares que han sobrevivido al tiempo, a la incuria y a la costumbre española de llegar tarde al valor de lo que importa.

Su historia empieza mucho antes de 1926. El proyecto del Gran Teatro venía gestándose desde principios del siglo XX, cuando una parte de la sociedad cacereña empezó a reclamar un teatro nuevo, moderno y digno. Las obras arrancaron antes de 1915, naufragaron durante años en la quiebra de la sociedad promotora y solo lograron culminarse en 1926, en plena dictadura del general Miguel Primo de Rivera. El 23 de abril de aquel añoquedó inaugurado en la calle San Antón, en un punto decisivo del ensanche urbano y del crecimiento de Cáceres.

Desde entonces ha sido escenario y espejo. Ha reflejado el gusto, la ambición, las estrecheces y las metamorfosis de una capital de provincias. Ha conocido los años dorados, el declive, la competencia de otras salas, el abandono y el rescate. Cerró sus puertas en 1986 y reabrió en 1992, restaurado y devuelto al uso público, como si se hubiera decidido corregir una desmemoria que empezaba a resultar indecente.

Paisaje urbano

Conviene decirlo con claridad: el Gran Teatro no es una pieza decorativa de nuestro paisaje urbano. Es una institución civil. Hoy su gestión se articula a través de un Consorcio formado por la Junta de Extremadura, la Diputación Provincial y el Ayuntamiento, con el encargo expreso de velar por la conservación e integridad del edificio y de desarrollar al máximo sus actividades culturales y escénicas.

Ahí está la cuestión de fondo. Un teatro así mide la estatura cívica de una comunidad. La cultura, cuando arraiga en un edificio y ese edificio atraviesa un siglo, deja de ser programación para convertirse en carácter. En muchas ciudades hay inmuebles valiosos. En muy pocas hay una joya de la corona. Cáceres la tiene. Y haría bien en recordarlo con orgullo, con cuidado y con la conciencia de que hay patrimonios que, además de hermosos, obligan.

Tracking Pixel Contents