A la intemperie
Amistades peligrosas
Les tuteamos de palabra y acabamos tuteándoles por escrito (que es donde está la avería). Hay que guardar las distancias para opinar sin ataduras

El poder de la opinión. / EL PERIÓDICO
No. Mejor no. Al menos es lo que pienso yo. No, no convendría tener trato con aquellos de los que se ha de opinar. En estos tiempos en que el periodismo está tan mal remunerado (en realidad solo un poco peor de como lo ha estado siempre) parte del pago estriba en conocer a los fulanos y fulanas de los que se opina. Gerifaltes de corte y de aldea. Da lustre y medio te sientes importante. Y, sin embargo, no convendría. No.
Se da por supuesto que el que escribe crónicas taurinas conoce a los toreros y el que escribe crónicas deportivas a los futbolistas. Se da por supuesto y mal, mal supuesto y mal todo. Mejor no.
A veces es impepinable. Hay estaciones en que los trenes se cruzan y no queda más remedio. Te invitan a un tentadero o a lo que se tercie. Coincides en el hotel, en el patio de cuadrillas y hasta en tertulias, entregas de premios y demás. Aunque no conviene, educación obliga. O te llaman para una loa... y loas. En presencia del loado, que es lo que tiene peligro. Así que no siempre es posible mantener las distancias. En realidad, casi nunca.
Lo mismo pasa con los políticos. Que si una entrevista, que si un acto público, que si tal, que si cual. Así, vistos de cerca, aparentan ser humanos. Uno les barrunta su corazoncito, uno se siente ufano de estar cerca de los poderosos y ahí es donde el piso resbala. Les tuteamos y acabamos presumiendo de ser sus amigos (o sus perritos falderos). Nadie está libre de que un alcalde te invite a un chuletón de a kilo en tal o cual feria del libro. Nadie de un mal paso. Mal. Les tuteamos de palabra y acabamos tuteándoles por escrito (que es donde está la avería). Hay que guardar las distancias para opinar sin ataduras. Resulta difícil criticar a un amigo o al que casi lo es o al que casi pudiera serlo. Es doloroso (y más si el chuletón era de buey). La libertad de opinar exige ciertas renuncias.
No hablo de dinero, ni de sobres, ni de chanchulletes, ni de canonjías, hablo de palmaditas, besitos y risitas. A lo más, de lomos (ibéricos a ser posible). Les cuento, aunque en este caso no se trate de políticos. En una ocasión, cuando yo hacía críticas de restaurantes, me reconocieron en uno de ellos y los dueños -al parecer contentos con la crítica recibida- se empeñaron en regalarme un lomo. Así, a bocajarro. Les hice saber que, para evitar malos entendidos, no aceptaba (ni acepto) regalos, pero el argumento no fue suficiente para disuadirles de su muy firme decisión de agasajarme con el tal lomo. Imposible. Inútil. Así que, ante tamaña insistencia, coloqué el lomo en la mesa -tan largo y tan gordo cual era- como si fuera a llevármelo. Cuando terminé de comer, aprovechando que no había moros en la costa, me largué dejando la cuenta pagada, propina y el lomo en la mesa. Fuera soplaba, recuerdo, un viento seco y caliente. Lo recuerdo porque en eso, en aquella tarde de verano, en aquel recodo del camino, la voz de uno de los dueños rajó el aire. Me volví y le vi blandir con furia de cruzado en la mano derecha el lomo... ¡Se olvida el lomo, don Fernando! Mientras mi perseguidor cruzaba con afán suicida la carretera yo creía morir. No me quedó más remedio que trincar el lomo. Doy palabra de no haber recibido ningún otro lomo de quienes están expuestos al dardo de mi opinión.
Fernando Valbuena es abogado.
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