Rastreo
El avión malasio que desapareció en el Índico en 2014: vuelve la búsqueda rodeada de misterios
La compañía encargada de dar con los restos de la aeronave ha reanudado el rastreo del océano con drones subacuáticos

Un militar australiano observa un mapa mientras vuela sobre el océano índico en busca del avión de Malaysian Airlines MH370, el 27 de marzo de 2014. / MICHAEL MARTINA / EFE
El vuelo MH370 de Malaysian Airlines nos empujó a una repentina fragilidad. En los tiempos de geolocalizaciones milimétricas por satélite de nuestros teléfonos móviles, un avión del tamaño de seis autocares podía desvanecerse. Al mayor misterio de la aviación civil le siguió la mayor operación de búsqueda pero doce años atrás persisten las preguntas: ¿Dónde está ese Boeing 777 y que pasó en la cabina antes de hundirse en los confines del océano Índico?
Primero se escrutó la superficie, después se auscultó el lecho marino. La factura de 145 millones de dólares se la repartieron Australia (el país más cercano al accidente), China (de dónde venía el grueso del pasaje) y Malasia (propietaria del avión). La conclusión, 120.000 kilómetros cuadrados rastreados y más de dos años después, fue tan desoladora para los familiares como incontrovertible: sin más pistas no merecía la pena seguir.
Las esperanzas regresaron un año más tarde con el acuerdo de Kuala Lumpur y la compañía angloestadounidense Ocean Infinity. Esta recibiría 70 millones de dólares si encontraba la nave y nada en caso contrario. Abandonó meses después tras peinar otros 80.000 kilómetros cuadrados. Este año recuperó la operación pero la hostil climatología recomendó abortarla. Y esta semana la ha reemprendido. Serán 55 días, quizás los últimos para resolver el misterio.
En la Isla Reunión fue encontrado un flaperón más de un año después del accidente. Una treintena de restos han llegado a las costas africanas e islas del Índico. En el análisis de esas corrientes se ha confiado para afinar la zona de búsqueda. No buscaban la aguja en el pajar, dijeron años atrás desde la compañía, sino el pajar.
Un círculo monstruosamente grande, ha añadido ahora un asesor. No han revelado si cuentan con nuevas pistas pero un hallazgo reciente permite cierto optimismo. Los investigadores de la Universidad de Cardiff han analizado una señal de seis segundos captada por hidrófonos (micrófonos en la profundidad de las aguas) de una estación en Cabo Leeuwin (Australia Occidental) que coincide con el momento del accidente.

Un edificio de oficinas iluminado con la frase "Reza por el MH370" en Kuala Lumpur, el 24 de marzo de 2014. / VINCENT THIAN / AP
El Índico es el tercer océano en extensión del mundo. Docenas de aviones se han hundido ahí en el último medio siglo, según la Red de Seguridad Aérea, y muy pocos se han encontrado. El mal tiempo es habitual y las operaciones actuales se concentran en un área con una profundidad media de cuatro kilómetros.
El lecho no es una manta sino una sucesión de montículos, volcanes y simas. A ese terreno inhóspito ha regresado la Ocean Infinity, compañía de robótica submarina, que ya encontró recientemente un viejo navío inglés hundido en la Antártica. Cuenta con una nutrida flota de drones que pueden sumergirse hasta 6.000 metros y elaborar mapas en 3D incluso en esa completa oscuridad gracias al sónar, los ecos y los pulsos acústicos. También pueden escanear con su láser los “puntos de interés” u objetos prometedores. Cada uno de esos aparatos, con una batería de 100 horas, cuesta unos 8 millones de dólares. La compañía no busca rentabilidad, improbable incluso con el botín de 70 millones, sino erigirse en el referente del sector.
Misterios sin resolver
“Buenas noches, Malasia. Tres, siete, cero”. El piloto Zaharie Ahmad Shah se despidió de la torre de control malasia cuando sobrevolaba el mar del Sur de China. Fue su último trámite conforme a las convenciones de la aeronáutica civil. Había despegado de Kuala Lumpur con dirección a Pekín y, 39 minutos después, el avión desapareció de los radares. Los controladores vietnamitas nunca recibieron la confirmación de que entraba en su espacio aéreo.
Alguien apagó los dos mecanismos de comunicación civil: el ACARS, que emite señales sobre la localización de la nave, y el traspondedor, que enlaza la cabina con las torres de control. Los radares militares detectaron sobre el mar de Andamán un viraje brusco hacia el oeste y el avión voló aún seis horas más hasta precipitarse sobre el océano Índico tras agotar su combustible con 239 personas a bordo.
Las especulaciones nacen ahí. No hay ninguna situación racional que empuje a un piloto a convertir su avión en la versión alada del barco del holandés errante. Las teorías se han amontonado. Quizá un incendio, la despresurización, el apagón eléctrico o cualquier otro súbito fallo mecánico que impidiera la reacción de la tripulación. O quizá un atentado o un secuestro.
Pero la casuística presume una reivindicación tras el primero y una petición de rescate para el segundo. En los casos de secuestro, además, existe un código internacional que permite al piloto informar a la torre de control de forma secreta. Tampoco las medidas de seguridad aprobadas tras el 11-S facilitan la entrada en la cabina de terceros. Persisten las dudas sobre el piloto, descrito por algunos como un feliz padre de familia y por un tipo solitario y depresivo por otros. La policía reveló que en el simulador aéreo de su casa había una ruta parecida a la del avión accidentado.
El Gobierno malasio ha negado con brío la teoría suicida. En la investigación más ambiciosa hasta la fecha concluyó que aquel viraje fue manual y no un fallo del piloto automático. Apuntó a la “interferencia ilegal de un tercero” pero no explicó ni quién ni por qué. Fueron casi 500 páginas sin respuestas concretas al enigma del vuelo MH370.
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