Un lustro del regreso de los talibanes
Afganistán, el peor país del mundo para ser mujer: "Yo no sabía que se podían perder tantos derechos tan rápido"
Cinco años después del regreso de los talibanes, Afganistán sigue siendo el único país que veta a niñas y mujeres la educación secundaria y universitaria

Niñas afganas en una escuela primaria de Kabul. La prohibición de acceder a la educación les impide seguir estudiando más allá de la escuela primaria. / STR / AFP

A las 8.30 de la mañana, Khadija Amin se preparaba para presentar el telediario y charlaba, café en mano, con sus compañeras de redacción. "Nos preguntábamos si algún día nos dejarían presentar las noticias sin velo. Nosotras ya no lo llevábamos por la calle, solo para salir por la tele", explica. Era el 15 de agosto de 2021 y aquellas periodistas perderían su trabajo súbitamente esa misma tarde. "No nos podíamos imaginar que al cabo de unas horas tomarían Kabul", recuerda en conversación con EL PERIÓDICO.
Presentó las noticias y salió a grabar un reportaje. Entonces la llamó su editor para decirle que no regresara a la redacción, que fuera a casa y se pusiera a salvo. Volvió al trabajo durante tres días más; era la única. Los talibanes la amenazaron de muerte. Entonces aceptó que debía huir del país. La evacuó el Ejército español. En Madrid la recibió la ministra de Defensa, Margarita Robles. Cinco años después, recuerda sobre todo la velocidad del derrumbe: "Yo no sabía que se podían perder tantos derechos tan rápido".
El cerco sobre las mujeres
"Ningún otro grupo en la historia reciente ha desmantelado hasta este punto los derechos de mujeres y niñas mediante leyes, políticas y prácticas", asegura a este diario Sarah Knibbs, representante adjunta de ONU Mujeres en Afganistán. Si hace cinco años el Gobierno talibán aseguraba que esta vez sería más inclusivo con las mujeres, la realidad no ha podido ser más distinta: desde entonces, los talibanes han aprobado 100 decretos que han ido "institucionalizando la discriminación de las mujeres" y creando lo que Knibbs define como "la crisis de derechos de las mujeres más grave del mundo".
Afganistán es el único país del mundo que prohíbe a niñas y mujeres acceder a la educación secundaria y universitaria. Más de la mitad de las afganas asegura que solo sale de casa una o dos veces al mes, y siete de cada diez describen su salud mental como mala o muy mala. Si las restricciones continúan, la ONU calcula que el país puede perder más de 25.000 profesoras y trabajadoras sanitarias de aquí a 2030, agravando las crisis educativa y sanitaria.
"Uno de los mayores riesgos que afrontan hoy las mujeres y las niñas afganas es la normalización: que el mundo se acostumbre a las restricciones que pesan sobre sus vidas", advierte Knibbs. Más de 10,7 millones de mujeres y niñas necesitan asistencia humanitaria. La OMS ha advertido de dificultades para mantener programas sanitarios por la falta de financiación, mientras los países más ricos destinan más fondos a defensa y menos a cooperación internacional. A ello se suman las dificultades para desplegar sobre el terreno a personal humanitario femenino capaz de llegar hasta las mujeres que precisan asistencia. Knibbs define a las organizaciones de mujeres como "uno de los últimos salvavidas que quedan".

Niñas afganas que aprenden el Corán en una madraza o escuela islámica a las afueras de Kabul / AFP
Ausencia de guerra y libertades
El ascenso de los talibanes ha dejado paso a una "paz negativa": "la ausencia de una guerra abierta, pero sin verdadera seguridad ni libertad", en palabras de Halema Wali, cofundadora de Afghans for a Better Tomorrow. Esta ONG, con sede en Nueva York, teje una red de afganos en la diáspora que se apoyan mutuamente, así como a sus parientes en el país: "Hay una angustia compartida: los que pudimos salir vivimos preocupados por los que se quedaron", añade.
"Veo a mi propia familia sufriendo con problemas de salud mental, con un país que va a peor y nada que les dé esperanza", comparte Wali. Lo señala especialmente en el caso de las mujeres que han quedado confinadas a sus hogares, con sus proyectos de vida interrumpidos de golpe y "sin otra opción real que aceptar el statu quo de los talibanes", ya que exigir la recuperación de derechos puede implicar detención, agresiones físicas o muerte.
Esa normalización avanza por la vía diplomática. Wali cita el caso de Alemania, que ha aceptado funcionarios consulares afganos para facilitar deportaciones, y denuncia las concesiones de Occidente en materia de derechos humanos a cambio de cooperación para reforzar sus fronteras, mientras aumentan las restricciones a las llegadas, incluso por razones humanitarias. "Se están cerrando los caminos hacia la regularización tanto por las restricciones de los países vecinos de la región como por las imposiciones de la Administración Trump", añade.
También recuerda que activistas y organizaciones afganas como la suya reclamaron ya en 2018 que las mujeres debían participar en las conversaciones de Doha con los talibanes para garantizar su papel en el Gobierno, algo que jamás sucedió.
La resistencia que queda
Desde Madrid, Khadija Amin, con la ayuda de ACNUR, fundó la ONG Esperanza de Libertad, que conecta a mujeres afganas que hacen bolsos y pulseras en sus casas y comercializa esos productos en España. Los ingresos íntegros regresan a Afganistán, a veces mediante mecanismos informales, porque muchas carecen de cuenta bancaria, lo que les proporciona una forma de subsistencia.
Amin conoce esa fragilidad en primera persona: sus tres hijos están en Afganistán con su padre, que no le permite verlos, y asegura que, en materia de custodia, las madres no tienen "ningún derecho". Con todo, trata de mantenerse positiva. "La situación es muy difícil, pero ver a esas mujeres que siguen luchando, a pesar de todo, nos da esperanza de que algún día la situación pueda cambiar".
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Fuente: El Periódico
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