Dejando atrás una lar- guísima enfermedad y una vida tan dura co- mo vibrante en lo político y tan intensa como des- graciada en lo personal, murió ayer Adolfo Suárez. Tiene ya por tanto su lugar en la historia el domingo, 23 de marzo de 2014, como el día en que falleció uno de los arquitectos de la democra- cia en España. El país está de lu- to. Por decreto del Gobierno. Pe- ro también por ser ese el senti- miento que puede albergar hoy buena parte de la ciudadanía -especialmente aquellos que por edad vivieron o crecieron en la transición- a tenor de lo que en los últimos años han apuntado los estudios sociológicos sobre la figura de Suárez. Eso pese a que ha cobrado fuerza un movimien- to revisionista de la etapa que ce- rró la puerta a la dictadura y abrió las ventanas al Estado de derecho y que, ahora, reclama no idealizar en exceso el pasado para afrontar con mayor realis- mo el futuro. Pero eso es compatible con que el expresidente Suárez lo- grara ayer que dentro y fuera de España se alabara de forma ge- neralizada su personalidad y se valorase su legado gubernamen- tal (los matices a algunas de sus medidas se aparcaron para otra ocasión) elaborado a contrarre- loj, en los apenas cuatro años y medio que estuvo en el poder: la ley de amnistía del 77, la legali- zación de los partidos, incluido el comunista y la liquidación del movimiento nacional; los pactos de la Moncloa; la Constitución; la primera reforma fiscal de cala- do, la ley de libertad de prensa o de huelga, la del divorcio... RELACIÓN CON EL REY / “El falle- cimiento de Adolfo Suárez me llena de consternación y de pena. Tuve en él a un amigo leal y, como Rey, a un colaborador ex- cepcional que, en todo momen- to, tuvo como guía y pauta de comportamiento su lealtad a la Corona [...]”, dijo ayer Juan Car- los de su amigo Adolfo, “un hombre de Estado”. Fue en el 76 cuando un joven monarca eligió a un joven políti- co, apellidado Suárez, para capi- tanear la transición. Esa elección sería legitimada en las urnas en junio de 1977, en las primeras elecciones de la democracia. El presidente de la Unión de Cen- tro Democrático (UCD) hizo mu- cho en poco tiempo ayudado por su capacidad para dialogar y en- contrar acuerdos, aunque el rui- do de sables, el estruendo de las bombas de la banda terrorista ETA y el inconformismo de los que añoraban la figura de Fran- co amargaron una presidencia que fue escueta y que tardó dos décadas en ser medida en sus justos términos.

Ese joven Rey que colocó a Suárez en primera línea de la historia es ya abuelo, tiene salud delicada y, hoy, estará en la capilla que se va a instalar en el Congreso de los Diputados para despedirse del presidente. De su presidente. El adiós de Juan Carlos, de las autoridades del Estado y de los miles de españoles que previsiblemente acudirán a la Cámara se producirá en el Salón de los Pasos Perdidos, después de que el féretro con los restos de Adolfo Suárez atraviese la Puerta de las Leones, la que se abre en ocasiones contadas.

El Congreso en que se despedirá al expresidente es el mismo en el que se enfrentó el 23 de febrero de 1981 al grupo de guardia civiles que, sin éxito, trató de imponer un golpe de Estado aprovechando que Suárez había decidido dimitir y se preparaba su relevo por parte de Leopoldo Calvo Sotelo. El mismo Congreso que lo recibió con extremado respeto cuando se cumplieron 25 años de las primeras elecciones. Con motivo de esa conmemoración pudo entender que su etapa al frente del Ejecutivo había pasado a la historia y era respetada hasta por los que, en los años 70, con tanto ahínco le habían hecho oposición, Felipe González a la cabeza. Del relato que el propio Suárez fue haciendo de su trayectoria política se deduce que sufrió zancadillas del resto de grupos; cuchilladas de sus propios compañeros de filas en UCD e indiferencia de una sociedad que, según las palabras del expresidente del puedo prometer y prometo, le quería, pero no le votaba lo suficiente cuando volvió con el Centro Democrático y Social (CDS).

Arrojó la toalla en 1991 porque se sentía "solo". Qué paradoja. Además, cuando dejó la política se llevó a casa un crecido sentimiento de culpabilidad por haber robado demasiado tiempo a su familia. Eso decía. El destino se lo puso más difícil: su mujer, Amparo Illana Elórtegui, murió de cáncer. Su hija mayor, Marian Suárez, también. Pero jamás llegó a enterarse de que Marian se había ido para siempre, porque el alzhéimer llegó a traición y le borró la memoria. Murió ayer, sereno y rodeado de los suyos. Y hoy recibirá el adiós de un país agradecido.