Adolfo Suárez ya resucitó una vez. Defenestrado por sus propios socios de UCD, el expresidente del Gobierno tuvo aún aliento en verano de 1982 para fundar un nuevo partido, el CDS, y bajo esas siglas se presentó a las elecciones del 28 de octubre, las de la mayoría absoluta del PSOE. Los dos únicos escaños que cosechó --uno para él, por Madrid, y otro para su eterno amigo, Agustín Rodríguez Sahagún, por Avila-- parecían confirmar la definitiva muerte política del líder.

Sin embargo, Suárez iba a disponer de un último cartucho, y se la jugó cuatro años más tarde, en las elecciones del 22 de junio de 1986. Sorprendiendo a los que le habían dado por amortizado, el rostro de Suárez fue aquella noche uno de los más sonrientes del país: el CDS acababa de recibir 1,8 millones de votos y sus 19 escaños le convertían en la tercera fuerza. El líder renacía de sus cenizas y volvía a seducir.

Aquel milagro tuvo explicaciones demoscópicas, pero también encerró ciertos secretos. Resultaba plausible interpretar que el electorado centrista que había quedado huérfano tras la estampida de UCD y no se identificaba con los tirantes rojigualda de Fraga, se hubiera inclinado por el CDS. Lo que no se comprendía tan fácilmente era cómo un nombre que cinco años atrás había sido la diana de todos los ataques, desde la derecha a la izquierda pasando por el centro, volviera a resultar atractivo.

En esa resurrección del líder influyó de manera definitiva la campaña que el CDS organizó en la primavera de 1986. En aquellos años --y aún ahora--, lo habitual era que las campañas las diseñaran figuras del núcleo duro de los partidos. Pero a José Ramón Caso, secretario general del CDS, se le ocurrió la extravagante idea de poner esa misión en manos de una persona ajena: Alfredo Fraile, quien desde hacía año y medio ya no era el mánager del cantante Julio Iglesias.

"El encargo fue: 'Alfredo, si has conseguido que Julio venda millones de discos, haz que Suárez reúna millones de votos", cuenta Fraile en su libro de memorias, Secretos confesables (Península), recientemente publicado. En su primera reunión cara a cara, Fraile tuvo que convencerle a Suárez, y le soltó: "Adolfo, aquí todos te llaman presidente, pero fuera de esta sala ya no lo eres para nadie. Estamos obligados a hacer guerrillas para cambiar tu imagen, y tú tienes que ser el primero en ese frente".

Demasiadas innovaciones para un líder que venía de pilotar el país de la dictadura a la democracia y ahora debía dejarse guiar por un mánager musical que había formado un equipo de asesores con figuras tan variopintas como los humoristas Forges y Guillermo Summers, los periodistas Raúl del Pozo y Fernando Onega, el sociólogo Carlos Malo de Molina y el psiquiatra Rafael Cruz.

Fraile titula un capítulo de sus memorias "Suárez aprende a quitarse la chaqueta". El enunciado describe la nuez de aquella metamorfosis. "Adolfo llevaba un lustro fuera de la Moncloa, pero seguía siendo un hombre de Estado. Pero en aquel momento yo necesitaba bajarlo a la arena, que abrazara a la gente, que aprendiera a arrojarle al público la chaqueta en los mítines, como Julio Iglesias. Y lo logró", recuerda.

Bastó que Suárez aceptara desvestirse de su aura de timonel de la transición para que volviera a brillar el encantador de masas que llevaba dentro: "Te estrechaba la mano y te hacía sentir que en ese momento eras el único ser del universo que había para él".

Al asesor no le costó hacerle entender la misión que le encomendó de cara a la trascendental entrevista de Mercedes Milá en su programa de televisión, De jueves a jueves . "Adolfo, arrímate a ella y agárrala del brazo, sedúcela". Lo que no le contó es que tenía un topo en el programa que le había facilitado las preguntas. "Suárez no lo habría permitido".