En los albores de la democracia (¡vaya manera cursi de empezar una columna!) Pelín estaba empeñado en elaborar un Catálogo de Rotondas para irlo presentando a los alcaldes o concejales pues ahí veía tajo dado que de todos es bien sabido que la democracia que nos trajo Adolfo Suárez (hasta ahora ninguno como él) conllevó rotondas y después algún político sobrecogedor (de coger sobres se entiende); en ese aspecto lo sobrecogedor se ha ampliado a algunos sindicalistas, que por eso están tan callados pues el sobrecoger enmudece. Tengo a Pelín como pionero del municipalismo, labor que ejercía conjuntamente a la de ahuyentador de criaturas, y en tanta estima que le voy a pedir a Guillermo Fernández Vara que en una de las tres o cuatro legislaturas que le quedan como presidente le entregue una Medalla de Extremadura (que recogería yo) por sus méritos como probo funcionario municipal experto en el arte de la bilocación (¿qué haces aquí Pelín?, le preguntaban y respondía: «No estoy aquí, estoy en el ayuntamiento»).

Esa iniciativa de las rotondas fue efímera pues los miembros de las corporaciones municipales (otra cursilada) tenían horario cambiado respecto al de Pelín, él por las mañanas estaba operativo pero las tardes las dedicaba a las rondas ad libitum que es cosa distinta a las rotondas. Inasequible al desaliento ahora anda queriendo hacer un censo de los carteles que ve por Mérida para contrastarlos con los de nuestra época pues aún recuerda aquel del bar de la barriada donde, sin rodeos, se advertía: ‘Se prohíbe hablar de religión y de política, por la cuenta que nos tiene’. Este lema lo han imitado parcialmente los masones pues dicen que hablar de eso divide a la humanidad. Hablar de política sigue siendo peligroso hoy, excepción hecha de mi peña Impresentables y de mi cuate Domingo que dice lo que le da la gana. Tampoco existen ya aquellos carteles de ‘No se fía’ en desuso desde que hay tarjetas de crédito. Este no-se-fía existía en una barbería emeritense donde un cliente al ser preguntado cómo quería que le cortaran el pelo contestó secamente: «En silencio», extendiendo el no hablar a todo lo expresable.