Si esta columnita la hubiera escrito hace un mes fijo que apostaba por volver a la catalítica y rebuscar en el baúl de los recuerdos uh uh uh aquella Buta Therm que calentaba pero no quemaba gracias a su calor blanco y seguro pero, tal como se está poniendo el butano, lo aconsejable será buscar el brasero y la badila y enterarse dónde comprar picón, pese al riesgo de tufo que aquellos recipientes que desprendían calor en mi infancia emanaban. Que en esto de dar calor también lo que no puede el viento puede a veces la brisa. En sus debidas proporciones la mezcla, en cursi maridaje, de brasero y vino era preludio de siesta memorable (etílica por supuesto) al calor del hogar y en mesa camilla a ser posible. El truco de la catalítica, creo recordar, era esa pantalla que transformaba el gas en calor sin quemarte, sin humos ni olores y casi sin llama. El manejo debía ser fácil y rápido porque incluso yo que soy torpe y lento era capaz de encenderla y moverla al compás del traca-traca de sus ruedas cuando iba del saloncito al cuarto de baño.

Creo que algunas se llamaban catalíticas precisamente por el panel que irradiaba el susodicho calor (de hogar, vuelvo a decirlo) y se distinguían de las de llama azul en que unas se apagaban con la llama. Dicen que la bombona duraba en la catalítica unas 130 horas, mejor no comparar con factura actual. Por supuesto que en aquellos tiempos ni había que reducir emisiones de dióxido de carbono, ni pululaban agentes de efecto invernadero ni el respirar era dañino para las vías respiratorias ni los pedos de vaca fastidiaban la atmósfera, Y mira que había vacas por el Guadiana. Debido a las leyes inexorables de la vida eso ha venido después.

He olvidado decir, porque lo sabe todo el mundo, sobre todo el mundo progresista, que la culpa de la subida del butano la tiene quien la tiene... Efectivamente, la confabulación judeo masónica bolchevique o como llame ahora el gobierno a quienes tienen la culpa, que siempre son los otros. Nada nuevo en el brasero.