Corría el año 1979 y en el recién estrenado ayuntamiento democrático de Mérida se decidió grabar los plenos y abandonar las notas a mano para elaborar las actas. El bueno de Tomás Acosta donó al Consistorio un magnetófono de casete para tal fin, pero olvidaron comprar las cintas de audio que se utilizaban (iba a poner cassette pero es término francés) y quien hacía de secretario municipal, José Valero, le dijo a Pelín: “José Luis, haga usted el favor de ir a comprar unas cintas para grabar el pleno”. Con su acostumbrada diligencia Pelín marchó en busca de las cintas volviendo tras un tiempo prudencial que en su caso y dada su idiosincrasia fueron dos horas. Al entregar las cintas Valero comprobó que una era de Marisol, otra de Manolo Escobar y la tercera de Los Pekenikes. “¿Don José Luis, esto que es?”. “Pues las cintas para animar el pleno que usted me dijo”. “¡Animar no, José Luis, animar no, grabar!”. Pelín debió pensar algo así como “Pues haber de-le-tre-ado bien chistx”.

Eran las cosas de Pelín, inasequible al desaliento y probo funcionario que entre otras múltiples tareas municipales se encargaba de llamar, desde una ventana del ayuntamiento, a los mozos del reemplazo para realizar el servicio militar (entonces gratis, ahora cobran), mozos que esperaban en los soportales de la plaza a ser llamados para su medición y ser declarados aptos (o no) a la espera de destino (entonces en lo universal). Pelín, con voz engolada y diáfana iba llamando uno a uno por su nombre a los mozos, citaba el primer apellido y entre primer apellido y segundo siempre introducía un “de” tipo “Pedro Gutiérrez de Mendoza” y así “de” tras “de” hasta que alguien le preguntó el porqué. Añadió Pelín que estaba certificado fehacientemente que era hijo de su madre porque lo había parido pero que el primer apellido podía ser dudoso. Alta tecnología, punto cero, empleaba Pelín que, tras el llamamiento a filas, sacaba tiempo para ir a cobrar, casa por casa, los recibos del ayuntamiento y en paralelo los de la OJE. Y eso que decía que era más divertido trabajar cuando no le importaba cobrar. Por cierto, las cuentas de la recaudación las echaba en el Nevado.