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referente culinario en la capital extremeña

El templo de la casquería está en Mérida

El Bar Carlos arrasa con sus callos, morros e higaditos en la calle Calderón de la Barca

Los Carlos posan para El Periódico Extremadura, en la barra de su establecimiento.

Los Carlos posan para El Periódico Extremadura, en la barra de su establecimiento. / JORGE ARMESTAR

Alberto Manzano Cortés

Alberto Manzano Cortés

Mérida

Tiene la emeritense calle Calderón de la Barca un bullicio incesante, en buena medida propiciado por la presencia y la actividad de uno de los locales más reclamados y aclamados en Mérida. El Bar Carlos es un templo de la casquería. Y es que este establecimiento modesto aunque muy formal forma parte de los rincones más aconsejados y visitados de la capital extremeña, con callos, morros, riñones, higaditos finamente cortados y encebollados, chanfaina, prueba de cerdo, lengua, cocido, judías, albóndigas, calamares fritos, papas con choco, sardinas...

Para Carlos Vicente Sánchez (tío) y Carlos Isidro Rodríguez Sánchez (sobrino) estos productos no guardan ningún misterio. Son expertos en cocinarlos y servirlos. De hecho, cualquier día de la semana, la barra de su negocio se convierte en todo un homenaje a las vísceras. «Nuestro éxito con la casquería radica en que la hacemos muy rica, y en que es una elaboración que es costosa de hacer en casa. Lleva tiempo, mucha limpieza y por eso, la mayoría prefieren venir y tomarlo aquí, en una agradable compañía», destacan.

Cocina casera y ambiente familiar.

Cocina casera y ambiente familiar. / JORGE ARMESTAR

El Bar Carlos cuenta con un espacio destinado para las mesas y la amplitud de su barra ofrece toda la comodidad a la hora de picar y tapear. El aforo lo aumenta, si el tiempo ayuda, la terraza que poseen. «Este es un bar familiar, donde siempre hay buen rollo, una sonrisa y buen ambiente», describen los Carlos con gran orgullo a El Periódico Extremadura. Nadie se sentirá engañado tras dar cuenta de la propuesta gastronómica y sus precios populares. Lo que hay es lo que se ve, y lo que se ve es lo que se come. Un valor cada vez más al alza y más demandado por la clientela.

Dos buenos amigos en el interior del local emeritense.

Dos buenos amigos en el interior del local emeritense. / JORGE ARMESTAR

«Al final vivimos mucho de la gente del barrio. Tenemos muy buen género y eso se nota y lo saben también los vecinos de otros puntos de Mérida, que vienen a menudo al local», manifiestan. Tío y sobrino hacen un excelente equipo. «Nos sentimos muy bien aquí porque nos gusta la gente y el tener siempre con quien hablar. La verdad es que la hostelería es una profesión que cansa mucho pero nos encanta», concluyen los hosteleros.

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