En mi atalaya

Una de churros en Mérida

Son un placer inaudito, español y mañanero. Créanme, no hay mayor gozo en el desayuno

Churros con chocolate.

Churros con chocolate. / El Periódico

Rafael Angulo

Rafael Angulo

Cuando mis nietos vienen a ver a sus abuelos a Mérida me piden churros para desayunar. Como abuelo responsable sus deseos son órdenes y empecé a recorrer las churrerías emeritenses hasta que la cata diera sus frutos y encontraran el churro ideal; me ha costado pero al fin parece que he dado con la masa que les agrada sobre el chocolate. No sé si hay más pero siete u ocho sí que he recorrido desde el polígono industrial hasta la Rambla, pasando por la rotonda o los Milagros (alguna como la de Noe ha cambiado de sitio durante la inspección). Para cerciorarme de la calidad primero los probaba yo, no fuera a escuchar eso tan manido de “Papá que les has dado a los niños”, así que he alcanzado un saber churrero apreciable y unos bultos en la barriga considerables. Es lo que tienen los nietos. Los churros con chocolate y, a ser posible, con restos del cacao en los labios son un placer inaudito, español y mañanero. Créanme, no hay mayor que el gozo del chocolate aderezado con cariño y banderilleado con unos churros calentitos (quemando, vaya).

Un churro hace familia, humaniza la vida y el ritual preciso de hundir el churro en la taza (por favor, de porcelana) es liturgia apropiada para empezar la mañana o terminar el día (el churro es polivalente, vale para la mañana y la noche). Y esto sirve para el invierno y también para el verano que, como es sabido, son junto a la estación del tren las únicas estaciones de Mérida. El churro, en su apoteosis, huele a infancia, la de mis nietos y la mía a la que verlos comer me retrotrae; huele a feria porque sin coches de choque y sin churrería no se puede llamar feria al evento de septiembre. Y el churro evoca la artesanía porque hay que ser artista para trabajar, como la churrera o el churrero (he visto más mujeres que hombres, bastantes más), la maquinita, creo que se llama extrusora, expeliendo la masa de harina y agua sobre el aceite hirviendo y con precisión cirujana formar espirales crepitando, utilizando unos palitos de madera, o no tan palitos para remover y tender la circunferencia apetitosa. Después cortar, milimétricamente y con agilidad, los trozos de la espiral con una tijera de diseño (diseño del siglo XVIII) de forma tal que ni un rayo láser ajustaría tanto las medidas. Los churros, obvio es decirlo, no se chupan, los churros se comen, lo contrario es profanar su liturgia y, como diría el poeta “no lo toques ya más, que así es el churro”.

Es cierto que en Mérida siempre hubo churrerías pero sospecho que, de un tiempo a esta parte, han proliferado, tanto que de las que he catalogado bastantes eran recientes. A mí me parece estupendo que haya churrerías en Mérida, es de agradecer que se mantenga la tradición a la que, con clientes como mis nietos, le auguro porvenir pues empecé trayéndoles tres y la cifra va subiendo… Así que “marchando una de churros”.