Extremadura en la mochila

Mérida, Fila 10, Mesa 24: una de Rebujitos

El grupo de Cádiz llena el Palacio de Congresos ante un público rendido a sus éxitos de ayer y hoy

Los Rebujitos cantan 'Todo los besos', este sábado durante su concierto en el Palacion de Congresos de Mérida

Miguel Ángel Muñoz Rubio

Miguel Ángel Muñoz Rubio

Miguel Ángel Muñoz Rubio

En la calle Calderón de la Barca andan las mesas de las terrazas a reventar. En la Brasería El Patio el camarero sirve jarras de Estrella Galicia que son una bendición para el gaznate en un sábado donde el sol de Mérida ha retado al mercurio y el termómetro ha hecho sacar las bermudas del cajón. El empleado atiende con amabilidad al avisar de que la cocina tiene lista de espera y que hasta pasadas las cuatro de la tarde no llegará el turno de la Mesa 24. Pero merece la pena la demora, que esas lagrimitas de pollo te hacen llorar de lo ricas que están y ese plato de papas fritas no se lo salta un galgo.

Justo al lado del Patio está la Cafetería Pizarrín, donde también es inevitable hacer parada, porque el café está riquísimo y los helados son de punto y aparte.

Es recomendable llegar a un concierto comido y convenientemente hidratado. Y más si se trata de una actuación de Los Rebujitos, que de tanto saltar acabas despojándote de todas esas calorías que han hecho mella en tu flotador cuajado de lorzas. 

El paseo hasta el Palacio de Congresos es un regalo para los sentidos porque implica un recorrido por el margen izquierdo del Guadiana cuando el cielo se refleja entre sus aguas a su paso por la ciudad, entre los puentes de Hierro y Lusitania. 

El edificio que acoge la actuación de Los Rebujitos, grupo gaditano de Tarifa, es mucho más que un bloque de hormigón. Acertó el estudio de arquitectura Nieto Sobejano cuando en 2004 puso en pie esta abstracción de la vista aérea de Mérida, obra de la artista Esther Pizarro, para demostrar que con la piedra también se puede hacer poesía.

Los Rebujitos llenan. Lo primero, claro, por la calidad de su cartel, pero hay también una labor de gestión detrás que es vital para que la cultura sea el baluarte de la dinamización económica de Extremadura (Victoria Bazaga, Óscar Mateos y Pedro Bautista ponen el cuidado para que la programación sea un atractivo más de la capital de Extremadura, plagada estos días de turistas, bodas y comuniones, también gracias a la labor del ayuntamiento y a la iniciativa privada, esta vez personalizada en Fabio, el manager del grupo).

Los Rebujitos se lanzaron definitivamente al estrellato cuando editaron ‘Todos los besos’, la canción que no falta en cualquier feria. Pero, indudablemente, son mucho más que esa canción. Suele pasar con los artistas (A Orozco con ‘Devuélveme la vida’, a Bisbal con ‘Ave María’ o a Rosa de España con ‘Europe’s living a celebration’).

La santidad

Fabio cuenta que Yerai Blanco sigue en el camerino. Ha comido y está vistiéndose, porque Yerai convierte las horas previas a su actuación en un ritual propio de los toreros antes de salir al ruedo. Son las nueve de la noche y la Fila 10 aguarda a este diario. El escenario lo han convertido en una especie de chiringuito de Conil, con palmeras y plantas, que solo falta el Daiquiri para que la cosa sea redonda.

Yerai entra en escena para hacer un recorrido por ‘Pureza al natural’, su último trabajo, aunque igualmente para hacer de la nostalgia el presente que queremos vivir. Es tarifeño puro, y tiene porte de emperador de los tendidos, con su zapato mocasín, su pantalón pesquero, anillos de plata que cuajan sus dedos, camiseta sin mangas y chaqueta; chaqueta con la que hace revoleras, como si fuera una bata de cola, mientras alza las manos al viento y pregunta aquello de: «¿Todo correcto, todo bien, lo primero de todo, cómo están los máquinas?», al más puro estilo bisbalero.

Y es que Yerai es a veces corazón latino y otras bulería, y siempre es como Lola Flores cuando se trata de hacer bandera del acento, a Dios gracias: «compromizo, rozarze con el de al lao, olvidar las cozitas feas, hay que quererze y restregarze, quien os mire mal lo apartáis, viva el ritmo zabrozón».

Y Yerai se vuelve quejío y melodía, brisa marinera. Saltar y saltar. Ovación. «Qué bonitos estáis», responde él, luciérnaga en libertad que corre con los pies descalzos. Aplausos.

Luego se pone flamenco y se quita la chaqueta. Sillas de enea. El grupo toma asiento. Son como la Jurado del ‘Que no daría yo’ de Azabache en su bravura. Y de ahí a la rumba, al cajón, a la guitarra. Alegrías de Cádiz, carnaval, viento y agua ‘salá’. Ovación y repeto. ‘Ay, como el agua’, de Camarón. Ya va hora y medio de concierto.

La platea es un mar de abanicos. «¡Viva la madre que os parió!». Y Yerai corre al galope por un patio de butacas que le besa, le da todos los besos. Dos niños, Lucía y Óliver, cantan a su lado. Yeray hinca la rodilla en el escenario. Ovación. Dos horas de concierto. Mérida. Fila 10. Mesa 24. 

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