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En mi atalaya

Postrándome de hinojos en Mérida

Los tiesos siempre se ponen en las filas primeras

Vista del río Guadiana.

Vista del río Guadiana. / JORGE ARMESTAR

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Rafael Angulo

Rafael Angulo

Mérida

Planté hinojo en un lateral, lo regué, cuidé, limpié de malas hierbas y, ni por esas, crecía. Después veía en la orilla del Guadiana, allá por Miralrío, como crecía hinojo sin que nadie lo regara, cuidara ni le quitara forraje. Lo arrancaba a lo Gladiator, pasando la mano por encima suavemente, y con fruición venga chupa que te chupa, muerde que te muerde, disfrutaba del hinojo, el hinojo que se dobla, pero no se quiebra, que se arrodilla, pero después se levanta con más fuerza, como si se agachaba para coger fuerza. Con razón los pastores en Belén, postrándose de hinojos le adoraron. Porque se postraron de hinojos, es decir, de rodillas y, pienso en esto, ahora que algunos cristianos no se postran ante Dios y enhiestos miran de tú a tú al buen Jesús. Allá ellos. Hinojo es expresión milenaria con doble significado, por una parte, del latín antiguo “fenum”, heno, pero, también, del latín vulgar “genuculum”, o “genu”, rodilla y, de ahí, no me pregunten cómo, a “yenojo” y acabáramos en hinojo. A ver, que más difícil es pasar de Pax Augusta, paxaugusta, Badajoz y nos lo creemos. O sea que la palabra en castellano para designar la “planta herbácea de la familia de las umbelíferas, con tallos de doce a catorce decímetros...” es “hinojo” y con ese hinojo “Se postrarán ante ti, Señor, todos los reyes de la tierra”. Con estas palabras del salmo 71 nos indica la Biblia la actitud que debemos (deberíamos) adoptar para adorar a Dios. Y lo sorprendente es que la primera vez que se postran de rodillas los humanos ante el Hombre Dios lo hacen ante un Niño en un lecho de pajas. Y los pastores eran hombres hechos y derechos que no temían a los lobos, aunque, por si acaso, dejaron a uno de guardia. Además, se deduce que no tenían artrosis ni enfremadad alguna que les impidiera postrarse de hinojos ante Dios. Lo digo porque supongo que los que no se arrodillan lo harán por enfermedad ósea. Incluso Don Quijote se puso de hinojos junto a Sancho frente a la presunta Dulcinea y eso que la del Toboso desprendía un sospechoso aliento a ajos.

Supongo que uno debe escribir en línea con sus manías, errores, deseos o complejos, pero hay señales evidentes de una pandemia de anomalías físicas entre los practicantes (y por tanto creyentes) católicos, entre los que excluyo a ancianos o imposibilitados. Pero es lo que hay: o bien los feligreses no oyen (luego son sordos), o no entienden lo que escuchan, o no son conscientes ante quien están o parecen seriamente lastimados de cintura para abajo y no se pueden arrodillar. Así que el evangélico “Al nombre de Jesús toda rodilla se doble, en el cielo, en la tierra, en el abismo…” tiene una coletilla excepcional. “Menos en algunas iglesias dónde algunos no se arrodillan”.

Me temo que algunos feligreses no captan ese profundo “por ser vos quien sois”, ni saben ante quien están, ni que los pequeños pasos o gestos hacen camino. Si pensamos, como así es, que nuestro Dios está en el Sagrario no deja ser normal arrodillarnos ante Él, por respeto a la fe que profesamos, por reverencia a nosotros mismos. En Portugal esas normas de respetuosa convivencia se cuidan más, siguiendo la tradicional máxima de “Si vas, hazlo bien y con todas sus consecuencias”. Pero aquí, por no arrodillarse hay iglesias que incluso suprimieron el reclinatorio, no vaya a ser que alguien se arrodille sin querer. ¿Pero no les da pena? Estoy por preguntarle a alguien si es donante de órganos y no quiere lastimarse de cintura para abajo, aunque la respuesta sea una maldición gitana de esas que empiezan ¡Ojalá…!

Supongo que hay gente que considera peligrosa la genuflexión, que piensa que puede perder la pierna, a la que le tiene cariño porque le gusta andar con ella. Y, que conste que son buena gente, algunos llevan una vida más recta que el Dalai Lama, lo que no impide que nos hagan sentirnos solos a quienes nos arrodillamos, solos, como los egipcios sin Sinuhé, como los macedonios sin Alejandro, como Asterix sin Obelix, como una idea en mi cerebro… Entre las señales que nos ocupan hay otra reseñable, los tiesos siempre se ponen en las filas primeras, para que conste, supongo, que así destacan más. Si arrojamos euros al suelo me gustaría ver qué hacían…o que haría al verlos San Cucufato… para embridarles algo un rato. Yo, por si acaso, me voy a tomar una infusión de hinojos.

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