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Concierto en el Teatro Romano

Sobrehumano Raphael en Mérida

Vídeo | Así cantó el público 'Estar enamorado es' y 'Escándalo' de Raphael en Mérida

El Periódico

Miguel Ángel Muñoz Rubio

Miguel Ángel Muñoz Rubio

Mérida

El 5 de mayo Raphael cumplió 81 años convertido en la metáfora de que el edadismo es un invento. Más de 30 canciones de corrido, sin pestañear, así, del tirón, que hasta podría decirse que Raphael no necesita orquesta, ni músicos, ni coros, ni micrófonos, que apenas respira, que solo canta. Raphael es Dios. Un Dios terrenal, pero un Dios que ha dedicado su vida por entero a eso, a trabajar, a cantar, que el trabajo nace de su persona, que no tuvo juventud como cualquiera, porque pasó de la niñez a los asuntos, de la niñez a su garganta y que lo lleva haciendo desde que solo tenía 16 años.

Raphael es un ejemplo de que la divinidad existe, de que a los 81 puedes bailar, contonearte la cintura y rebolear tus manos como si fueran un par de amapolas ungidas por la fuerza del espíritu. Raphael es la personificación de que la edad no es un impedimento para amar, para sentir, para desear, para explorar el cuerpo del otro con tus manos. La dualidad existe y existe en Raphael. La ambigüedad es un hecho personificado en Raphael. 

Chaqueta negra de lentejuelas, el cantante de la gente sigue siendo aquel, el de siempre, el que dice que cierra los ojos para que continúen queriéndolo libremente. El Teatro Romano de Mérida es el escenario donde Raphael es más Raphael que nunca. Será Augusto, será César, serán todos los emperadores juntos. Será la gran urbe romana la que envuelve su cuerpo en tragedia romana, porque Raphael es romano, indiscutiblemente volcado en su forma de entender el espectáculo, aunque se rebele a sabiendas de no estar en armonía con el conjunto del mundo.

La gran noche de Raphael en Mérida

Jorge Armestar

Digan lo que digan, Raphael hace de uno de sus himnos un hit discotequero de los 70, que irradia la misma fuerza leona de Tina Turner en la segunda noche, la gran noche de Raphael, en el Stone&Music. Raphael es la voz de España, qué pasará, qué misterio habrá para que esta canción aúpe al foso al delirio, y vengan todos los tigres y todos los osos del coliseo a aplaudir su victoria en la batalla.

Maravilloso corazón

Raphael pone la acústica y hace que los violines suenen melódicos. Maravilloso corazón, maravilloso. Él es Rapha. Rapha es Él. Todo corazón, ‘Maravilloso corazón’, maravilloso, «porque la vida tú me das y cuando pido mucho más, tú estás conmigo. No dejes nunca de soñar, ni dejes nunca de sentir las emociones, maravilloso corazón, maravilloso, eres la llama que se anida aquí en mi pecho, para que siempre exista amor, para llevarlo a donde voy, te doy las gracias por lo bien que tú lo has hecho».

Portentoso Raphael por hacer de su corazón maravilloso un melódico ‘New York, New York’, como Frank Sinatra, como Liza Minelli. Adoro la noche en que nos vimos. Raphael y su público en pie. Se cumple con creces el desafío, que es igual que una confesión, el retrato de una forma de sentir. Raphael versiona a Pablo López en ‘Lo saben mis zapatos’ y se hace mayestático. Allí, solo, en el escenario, sentado en una butaca de oficinista, como si fuera un milagro de la Quinta Avenida en las postrimerías del domingo. «Cuando tú no estás no tengo nada. No me queda más que mi dolor, por eso envidio al mar, que tiene agua, y al amanecer, que tiene sol».

De la canción número 20 a la canción número 30, Raphael es el mejor Raphael. Ahí llega la fuerza, porque es como el postre, que se saborea siempre al final de la comida. Digan lo que digan, el postre es la guinda en el festín romano de Raphael. «Y pensar que te adoraba tiernamente, que a tu lado como nunca me sentí. Y por esas cosas raras de la vida, en el beso de tu boca yo me vi». Es la evocación de María Dolores Pradera, del puente a la alameda. Es la transmutación de Chavela Vargas, Lola Beltrán y David Zaizar en 'La Llorona'. Canta Raphael arropado por sus tres guitarristas en un corro de corrido sentido, y llorado. «Llévame al río y tápame con tu reboso porque me muero de frío». Luz en la voz. Gracias a la vida, que me ha dado tanto, me dio dos luceros, me dio el alto cielo, el cielo estrellado. Raphael es oído, es sonido, abecedario. «Se nos rompió el amor de tanto usarlo», y el Romano se llena de luces como si estuviera Rocío Jurado acunando la playa de Chipiona. «Jamás pensamos nunca en el invierno, pero el invierno llega aunque no quieras».

Estar enamorado es la sexta sinfonía de Beethoven en la garganta de Raphael, que es como un coro de trompetistas, un escándalo, «qué sabe nadie lo que me gusta o no me gusta de este mundo», el mayor himno de libertad que le compuso Manuel Alejandro. Que Raphael ha vivido la inmensidad y la ha vivido a su manera «Como yo te amo, olvídate, nadie te amará... nadie porque, yo, te amo de una forma sobrehumana, yo». Sobrehumano Raphael en la imponente colonia romana de la eterna Hispania.  

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