En mi atalaya

Siervo bueno y fiel de Mérida

Juan Cascos es una persona de verdad, sin doblez ni engaño, un hombre fiel y un trabajador incansable al servicio de la Iglesia. Que trata a la gente con mucho cariño

Juan Casco cumplió 50 años de sacerdote.

Juan Casco cumplió 50 años de sacerdote. / Basílica de Santa Eulalia

Rafael Angulo

Rafael Angulo

Alrededor de Juan Cascos nos reunimos el pasado domingo gentes de todo pelaje y condición para conmemorar sus 50 años de sacerdocio y otro aniversario que ha marcado al mismo tiempo su vida. La Basílica de Santa Eulalia se estremecía bajo los sacros sones que entonaba el Coro “Manuel Domínguez” mientras una fragancia llenaba todos los rincones del Templo de la Mártir Bendita que, no en balde, el incienso es aroma del espíritu y sosiego de las almas. Había allí mucho fan de Jesús el Nazareno que, impregnados por el escrupuloso cumplimiento de las bien llevadas rúbricas de la liturgia, se veían envueltos de un momento de trascendencia, como un latigazo en la vida que hace que veas las cosas con cierta serenidad, con alma y con calma, con claridad, como si hubiera allí más dimensiones que en las que vivimos, más colores que no conocemos, muchos más sentidos que los cinco sentidos, como si del curita se desprendiera un halo de paz, ese que envuelve a las personas que aspiran a la santidad.

Llegados a este punto conviene aclarar que don Juan Cascos no tiene ni costumbre ni tiempo de leerme, luego estas letras quedarán entre nosotros sin necesidad de reproches (por su parte). Resumo: Juan Cascos es una persona de verdad, sin doblez ni engaño, un hombre fiel y un trabajador incansable al servicio de la Iglesia. Que trata a la gente con cariño (el cariño no cura, pero casi). Aquí podría terminar, pero como el artículo resulta corto… Prosigo: Si tener fe es vivir confiados y felices pese a contrariedades y penas, ahí tenemos un ejemplo. Dedicó Deán Cascos parte de su intervención final a mirar hacia atrás, pedir perdón a quien haya podido lastimar sin querer y a recordar a muchas personas que ha conocido y atesorado su amistad, por eso nunca se ha sentido solo. Las buenas, las malas las ha olvidado. ¡Qué largo y hermoso es el camino de la vida!, si luchas por recorrerlo así, añadiendo vida a los días.

Cascos cree en la generosidad y predica con el ejemplo, piensa que las personas están por encima de cualquier ideología y cualquier política (que se lo pregunten a Herrerita, penúltimo comunista vivo), que la vida es continuidad, perseverar, compartir: una alegría, un canto, una risa… una copa (con don Juan es una y nada más) que con Fe podemos más de lo que pensamos, que la vida no hay que entenderla, hay que vivirla, que hay que amar el amor, es lo único que se puede hacer: amar, aunque no se pueda explicar.

Conclusión: Yo, que soy cristiano creo que hay ángeles que nos ayudan, que hay vida después de la vida, que siempre encuentras personas que te dan lecciones de generosidad y desinterés, pongamos que hablo de Juan Cascos, que hay que ser muy ceporro para escuchar a este cura y no aprender. Que “La vida es corta /no la dejes pasar. /Entra en ella. / Y vívela/ Esto no se acaba aquí”. Al final, algunos vimos como la Mártir Santa Eulalia le guiñaba un ojo a Juan Cascos mientras le susurraba “Bien, siervo bueno y fiel”.