La historia de Extremadura tiene nombre de mujer

Maruja Martín: 'La Comadrona' de Mérida

Apenas había cumplido 14 años cuando asistió un primer parto que se saldó como "desastre". Sin embargo, desde que vio brotar la vida humana, ese mismo día, de las costuras del vientre de una gestante, sus manos no dejaron de dar vida a generaciones de neonatos del área de salud de la capital autonómica

María Martín durante su entrevista con este diario en 1991

María Martín durante su entrevista con este diario en 1991 / Cedida

Las hebreas Séfora y Fúa, la griega Agnódice o la romana Scribonia Attice son algunas de las parteras, cuyos aportes a la historia de la obstetricia en los siglos XIV a.C., III a.C. y II d.C, respectivamente, resultaron claves, pese a que en algunas sociedades -como en el caso de la segunda de ellas- el oficio de ayudar a los nonatos a llegar al mundo le estuviera prohibido a las mujeres.

Víctimas del estigma que pesaba sobre su oficio, estas brujas y charlatanas, a ojos de los más escépticos, y mujeres sabias, a los del resto, iban de casa en casa y de pueblo en pueblo para acompañar y guiar a las parturientas en la recta final de su etapa como gestantes. 

Así, convencida de que las mujeres «siempre han sido sanadoras», además de «las primeras médicas y anatomistas de la historia occidental», la ensayista y activista estadounidense Bárbara Ehrenreich insistió en Brujas, parteras y enfermeras que «durante siglos», ellas fueron «médicas sin título excluidas de los libros y de la ciencia oficial». Muestra de ello fue María Martín Galán (1931-2007), una de las tres únicas matronas que ejercieron la profesión con la debida certificación académica, durante la década de los cincuenta, en la ciudad de Mérida. 

Hija de Josefa Galán y Ricardo Martín, de quien heredó el apodo de ‘la limpiabotas’ por el oficio que éste desempeñaba en el Casino de Mérida, no pudo acudir a la escuela hasta los siete años. El nombre del centro era ‘Grupo Trajano’. El de la maestra que cambiaría su vida y despertaría en ella el deseo de convertirse en profesora, Aurelia Pardo y García de Vinuesa. 

«A ella se lo debo todo», admitió la propia María Martín en una entrevista con este mismo diario fechada en el año 1991, donde explicó que gracias a dicha docente, tras perder a su padre a los trece años, el consistorio emeritense le otorgó una beca con la que pudo culminar 5º de Bachillerato. Todo ello, en el seno de una región donde, en 1940, la tasa de población analfabeta ascendía al 47,1%, según recoge Francisco Javier Rodillo en ‘Datos para la historia escolar de Extremadura’.

La protagonista de esta histoia posa rodeada de sus compañeras.

La protagonista de esta histoia posa rodeada de sus compañeras. / Cedida

Revelación y desastre en el San Juan de Dios

Apenas había cumplido los catorce años cuando Martín Galán tuvo la oportunidad de asistir a su primer parto en el antiguo Hospital San Juan de Dios de Mérida -actual sede de la Asamblea de Extremadura-. El mismo se saldó como «un desastre».

«Fue tal el terror que me invadió que me acurruqué tras un foco del quirófano y allí me lo pasé llorando», rememoró la misma sobre aquel momento en que «sorpresa», «miedo» y «vergüenza» se aliaron para regalarle, el día de su debut, una espléndida cara de susto.

Sin embargo, antes de plantearse la sola idea de abandonar aquella suerte de prácticas formativas, Martín fue llamada a formar parte de la intervención que determinaría el rumbo de su vida profesional: su primera cesárea.

«Sentí tal admiración por quienes eran capaces de hacer aquello que decidí, en ese instante, mi colaboración a facilitar la vida a los que habían de nacer», explicó tras tildar de «belleza impresionante» el acto de «ver brotar por la sutura del vientre la cabeza de un niño que quería vivir».

Desde entonces, las palmas de sus manos no cesaron en su cometido de palpar vientres, ubicar cabezas, enderezar cuerpos que ‘vienen mal’ o liberar a los neonatos de las vueltas de cordón umbilical con las que arribaban al mundo. 

Sus cuerdas vocales, tampoco dejaron de vibrar al compás de atronadores eslóganes de aliento que oscilaban entre el «¡empuja, empuja!», «¡haz fuerza!» o «¡cágate, cágate!». 

Ni José María Iglesias -segundo de los tres hijos de Martín-, ni Ana Trinidad M. -sobrina de la misma-, sabrían decir cómo la protagonista de este texto conoció al doctor Andrés Valverde López. No obstante, no dudan en aseverar que este no solo se convirtió en su «profesor» y «mentor», sino también en su «padre» y en el «espejo» donde se miró durante las más de cuatro décadas en las que ejerció la vocación que la llevó a ser rebautizada como ‘Maruja la comadrona’.

‘Marujita’, la ‘comadrona’ de todos

«Lo de ‘Maruja’, en realidad, no era de casa sino de fuera», precisa Iglesias apuntando que fueron las comunidades gitanas, cuyos partos atendió sin cobrar nada a cambio, quienes comenzaron a llamarla ‘Marujita’. 

Este desinterés por «nunca» pedir dinero alguno a las parturientas asistidas, según relató la propia Maruja Martín, lo heredó del doctor Valverde, quien «dispensaba el mismo trato a todos los enfermos sin preguntarles quiénes eran», especialmente en el transcurso de «aquellos años en los cuales la compensación económica estaba casi descartada por la carencia de la sociedad».

«Recogía lo que buenamente me podían dar. Era normal en mis primero años 25 pesetas, hasta llegar al máximo que cobré, siempre por voluntad de la asistida, de 125 pesetas», explicó la matrona. Otras veces, en los domicilios «más humildes» que, a menudo, se escondían entre calles embarradas y sin alumbrar, la retribución por sus servicios se hacía carne en forma de productos como tomates, huevos o zanahorias.

Una mujer adelantada a su tiempo

Segura de que fue una mujer «muy adelantada» para una época en la cual la identidad nacional de ese sexo, según los preceptos en los que se apoyaba la Sección Femenina, tenía más que ver con la fórmula ‘sumisión-docilidad’ que con la de ‘libertad-independencia’, Ana Trinidad Martín reivindica a su tía como una de aquellas pocas mujeres que cursaron estudios superiores.

Concretamente, fue en el año 1950 cuando Maruja Martín obtuvo el título de ATS en Salamanca y en 1951 cuando se hizo con el de matrona y enfermera en Sevilla, certificado que no hubiera sido posible sin el «sacrificio familiar» que forzó su madre para pagar la matrícula académica con el dinero obtenido de la venta de la vaca que les ayudó a subsistir, tras la muerte de su padre, en una Extremadura donde hambre y escasez se sentaban a comer a diario en las mesas de miles de hogares de la posguerra.

José María Iglesias, por su parte, no olvida cómo el germen de haber crecido en un hogar «matriarcal» en el que el sufrimiento, por momentos, se hizo tan presente como un animal de compañía, sembró en su madre un mantra que, a diario, repetía como rezo: «nunca depender de nadie».

Un Seat 850 blanco

Por ello, a fin de evitar que su marido tuviera que llevarla, a lomos de su vespa, a los domicilios en los que había de prestar sus servicios, Maruja Martín decidió sacarse el carnet de conducir y comprar su primer coche: un Seat 850 color blanco, al que posteriormente le sucederían un Renault 7 que fue bautizado con el nombre de ‘Platanito’ y un Peugeot 205.

Fiel a la hipótesis de que mientras los médicos «salvan vidas», la enfermería «salva médicos», la enfermera oriunda de la localidad pacense de Montijo y especializada en Pediatría, Noelia Martín Pérez, reivindica como uno de los principales aportes de Maruja ‘La Comadrona’ a la obstetricia, el seguimiento a sus parturientas, tras haber dado a luz, frente al «abandono» que estas suelen enfrentar incluso en la actualidad.

En este sentido, Martín Pérez, quien escribió sobre la vida de la matrona emeritense en el libro 101 relatos de Enfermería, insiste en la importancia de dejar de romantizar el momento del parto en la medida en que, asegura, «no es un proceso fácil» y hay «mucho desconocimiento», especialmente entre madres primerizas que, a veces, «no son capaces de detectar» posibles «signos de alarma».

La propia Martín Galán daba cuenta de esto al precisar cómo «era habitual» que, finalizada la labor con la madre y el niño, solía tomar café en la residencia familiar para «disimular la espera sin que sirviera de alarma», al menos durante la media hora en la que había riesgo de hemorragia.

Fue precisamente esta «humanidad» la que abrió las puertas de la residencia de la familia Iglesias-Martín a mujeres que querían saber el tiempo que les restaba hasta romper aguas, progenitores que no sabían cómo bañar a su recién nacido o maridos que ignoraban cómo curar a sus esposas. 

«Mi casa era un constante ir y venir de gente», recuerda entre risas José María Iglesias al rememorar cómo creció viendo a su madre recostar sobre su cama a centenares de parturientas para «revisarlas» o a familias agradecidas que llegaban con figuritas de todas clases y siempre se ganaban un espacio en alguna de las instancias del hogar. 

Una calle para Maruja

Defensora de que los partos fueran lo más natural posible y testigo de la rápida evolución que vivió el ámbito de la obstetricia desde que ella se inició él, María Martín se jubiló en el Hospital de Mérida en el año 1991 para poder cuidar de su marido, quien enfermó de cáncer y falleció cuatro años más tarde.

«La jubilación supuso para ella un trago amargo porque su trabajo era su vida, su locura y su verdadera vocación», señala su sobrina agregando emocionada cómo, pese a su retirada oficial de la vida profesional, pidió estar presente en el nacimiento de las nuevas generaciones de su familia. 

Cuantificar el número de partos asistidos por ella es una tarea que ni la misma Martín Galán fue capaz de concretar. Sin embargo, el recuerdo de su labor en la ciudad de Mérida y alrededores se ha mantenido tan vivo en la memoria de algunos que en 2010, tres años después de su muerte, se aprobó en la Junta de Gobierno de Mérida que una de las calles de la capital autonómica llevara su nombre. 

La misma, según ha confirmado el consistorio emeritense a este medio, se materializó el 25 de febrero de 2011 en una de las nuevas calles de la zona de Los Bodegones, bajo el nombre de ‘María Martín Galán’, mujer cuya mano dio de nacer a varias generaciones de niños que fueron entregados a sus madres por los brazos de Maruja ‘La Comadrona’. 

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