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Extremadura en la mochila

Mérida y Víctor Manuel: "Ay, amor, que despierta las piedras'

El mejor regreso del Stone&Music en la voz del cantante que es historia de la música de este país

Miguel Ángel Muñoz Rubio

Miguel Ángel Muñoz Rubio

Cáceres

Año 1986. Cerré la puerta del colegio de curas para nunca volver y abrí la del Negro, como popularmente se conocía al Colegio Mayor Empresa Pública, que entonces dependía del Instituto Nacional de Industria, el INI, y a cuyos hijos de sus trabajadores les daban una beca para costear su estancia en la capital. De modo que yo, como la mayor parte de los jóvenes que llegamos a ese centro de la Ciudad Universitaria de Madrid, era becado y, por tanto, consciente del esfuerzo que mis padres estaban realizando para que consiguiera lo que ellos, por las vicisitudes económicas de la España del franquismo, nunca pudieron alcanzar: una carrera para su hijo.

Llegué en tren a Madrid. Un tren de nombre TER que tardaba lo menos ocho horas en arribar a Atocha. Aquel día de octubre, pocas horas antes de que cumpliera los 18, me di cuenta de que mi vida había cambiado para siempre. Ese colegio abrió mi mente y me quitó por fin el olor a naftalina que tenía incrustado en la camisa, supongo que de tanto haber convivido entre sotanas.

Víctor Manuel emociona en el Teatro Romano

Jorge Armestar

Estábamos allí como 300 tíos, todos hombres, porque entonces El Negro era un colegio masculino. No tardé en hacer camaradería con unos chavales, asturianos todos ellos: Rubén, que le gustaba el boxeo y que ahora vive en Estados Unidos, otro al que apodaban Cochi, del que nunca he vuelto a saber y que tenía una amiga que se llamaba Mónica y que era altísima, rubia, de melena acaracolada y unas piernas más largas que la Autovía de Valencia, vamos, que Mónica era como la Piedad de Miguel Ángel, es decir, la perfección de la belleza.

Luego estaban José Antonio Alperi, al que conocíamos como Pepito y que era de Noreña (siempre ganaba a la Pocha y era más listo que el hambre, por eso estudiaba Teleco); y José Ángel Abad, de Gijón, que hoy es corresponsal de Estados Unidos en Antena 3 Televisión y que aún estudiando se fue de freeland a la guerra de Bosnia. Llevaba el periodismo en la sangre, en la mochila con la que hacía autostop, en la voz de su garganta y sobre todo en el corazón. De vez en cuando nos vemos o nos escribimos por email.

Pero de todos ellos el que más me caló fue Fernando Chamorro Santamarta, de Avilés, que trabajó durante años en La Nueva España y que su padre estaba empleado en Ensidesa, que contó con una planta de siderurgia integral en los concejos de Avilés, Corvera y Carreño. Esa empresa significó la transformación urbana, económica y social de toda la comarca de Avilés y se convirtió en la mayor siderúrgica de España.

Fernando llegó al Negro con un casete y una cinta de Víctor Manuel. Era su cantante favorito. La verdad es que poco había escuchado yo de ese cantante, más allá de La Puerta de Alcalá. Pero Fernando era 'victormanuelista' hasta la médula y conocía todas las canciones, las más puras y las más sociales, del hombre de este país que había conseguido casarse con Ana Belén.

77 años

Víctor Manuel tiene hoy 77 años y anoche llenó el Teatro Romano de Mérida. Inevitablemente y sin darme cuenta regresé a aquella habitación del Negro donde por vez primera entendí que Víctor Manuel era uno de los cantantes más cultos y más universales de la historia de la música en español.

Víctor llegó al Romano para reabrir, tras el parón de agosto, los conciertos del Festival Stone&Music y a mí me hizo viajar al pasado. El cantante está de gira repitiendo un modelo de concierto que hace 25 años lo llevó por cientos de escenarios y que comenzó con ese 'Asturias', un poema escrito por Pedro Garfias en 1937, pero popularizado y musicalizado en 1976 por el cantautor. "Millones de puños gritan su cólera por los aires, millones de corazones golpean contra tus cárceles. Prepara tu salto último, líbida muerte cobarde. Prepara tu último salto que Asturias está aguardándote. Sola en mitad de la Tierra, hija de mi misma madre". Y el Romano en pie, igual que en pie se ponía a finales de los 80 la discoteca La Sal, donde además de 'Oliver y Benji' hacían sonar esta canción del asturiano para anunciar que era la hora de cerrar el garito, entonces uno de los más concurridos de la movida madrileña.

Víctor Manuel cantó anoche con la Orquesta de Extremadura y el Coro de Cámara de Extremadura. Sobraría decir que estuvo sublime, pero hay que decirlo para dejar constancia de que un concierto sin esta sinfonía nunca hubiera sido un concierto.

Nosotros bailábamos mucho en La Sal porque éramos todos muy de verbena. Y anoche viajé a la verbena cuando Víctor me hizo la morriña de los 'Paxarinos': "Y si voy por el Carmen he de comprarle una cuerda muy corta para tus padres. Pa que te amarren fuerte, ¡ay! pa que te amarren, que tus padres no quieren verte que bailes"; del 'Cuélebre' y el 'Xiringüelo' (¡Ai colín, ai colán! baila xiringüelu, xiringüelu y nada más)".

Y esa otra que contaba la historia de dos pastores que se escapan de casa porque no conocian el mar, Juan el más grande y el otro Colás, y que acabaron con una multa de veinticinco pesetas de un policía municipal por verter aguas en la playa de San Lorenzo, como cuando la poli te fichaba por mear en los bajos de Aurrerá.

El Víctor Manuel más social

Víctor Manuel abordó en su amplia discografía los temas más candentes de la actualidad de su época. Porque en la movida murió mucha gente por culpa de la heroína, mientras las autoridades miraban hacia otro lado y los narcos campaban a sus anchas. Por eso 'La Madre' desgarraba anoche Mérida con ese relato trágico de una mujer que en un acto de amor extremo y desesperación, decide ayudar a su hijo a encontrar la paz de una manera que implica su propia perdición. 'Que me mate tu angustia, que me puede tu mal', que lo que hacen los padres por ti lo aprendes siempre cuando es demasiado tarde.

Los abuelos

Por eso Víctor Manuel nunca estará descontextualizado, especialmente si lo escuchas cuando canta que el abuelo fue picador allá en la mina y te viene el recuerdo de tus abuelos. Antes nos enseñaban a quererlos, ahora los apilamos en las residencias para que el coronavirus termine de rematarlos. Recuerdo a mi abuelo Antonio, que trabajaba con el gasoil y no se quitaba el mono de faena hasta que no llegaba el domingo. Cuando Juan, mi otro abuelo, murió de cáncer, el cáncer era una enfermedad tan maldita, proscrita y silenciosa que tras su marcha desinfectaron la casa, cerraron el cuarto, tiraron las sábanas, los cuchillos, los tenedores... El mismo día en que murió sonaron las campanas de la iglesia y una de mis tías, que padecía del corazón, no pudo evitar la pena más profunda y cayó fulminada por la tristeza. Los enterraron juntos el mismo día. Mi padre tiene 83 años, apenas 10 más que Víctor Manuel. Ahora no quiere hablar. Dice que no habla porque está cansado. En ocasiones le recriminamos su silencio. Pero yo me pregunto: ¿quién sale de la oscuridad habiendo perdido a su padre y a su hermana en tan trágico e injusto desenlace? A veces le escucho murmurar un 'Puta vida' mientras apura el chato de vino y da la última calada. "Temblorosa la mano va al bolsillo rebuscando el tabaco y su librito. Y al final como siempre murmurando que María le esconde su tabaco. El abuelo fue picador, allá en la mina. Y arrancando negro carbón quemó su vida".

Solo pienso en ti

El cáncer era en los años 60 algo tan silencioso como el síndrome de down y por eso, con valentía y arrojo, logró Víctor popularizar 'Sólo pienso en ti', una historia de amor entre dos personas con discapacidad intelectual que lucharon por estar juntas en una época en la que a las personas con discapacidad todavía se les apartaba de la sociedad y, por ende, se les impedía casarse o tener hijos. "Él nació de pie, le fueron a parir entre algodón. Su padre pensó que aquello era un castigo del señor. Le buscó un lugar para olvidarlo y siendo niño le internó, pronto cumplirá los 33. Solo pienso en ti".

Víctor no pasa de moda porque habla también de la España Vaciada. De cómo Mieres, su pueblo natal, tenía siderurgia y muchos reales, y ahora languidece, como languidece mi pueblo y todos los pueblos en esta España rota a la que Víctor Manuel tanto le ha cantado, porque él es de cantarle a la patria sin vergüenza implorando que borremos todas las lindes que dividen y separan, en una España camisa blanca de mi esperanza donde quepamos todos, que "aquí cabemos todos o no cabe ni Dios".

Quizá yo, como Víctor Manuel, soy un corazón tendido al sol y siempre quise ser lo que no era. Y por eso luché en El Negro para hacerme periodista. "Aunque soy un pobre diablo, se despierta el día y echo a andar, invencible de moral, qué difícil es buscar la paz, convivir venciendo a los demás. Nuestra sociedad es un gran proyecto para el mal".

Y otra vez el Romano en pie.

El periodismo

Creo que el periodismo es la vida: "Dejo sangre en el papel y todo lo que escribo al día siguiente rompería si no fuera porque creo en ti, a pesar de todo tú me haces vivir, me haces escribir dejando el rastro de mi alma. Y cada verso es un jirón de piel. Soy un corazón tendido al sol".

La canción siempre me ha recordado mi propia lucha interior. En El Negro aprendí dos o tres cosas nada más: "Sé con quién no debo andar, también sé guardar fidelidad, sé quien son amigos de verdad, sé bien donde están, nunca piden nada y siempre dan".

Y en El Negro también aprendí a amar. "Si fuera posible amarrar, tenerte siempre cerca, poderte controlar, saber cada paso que das, si sales o si entras, si vienes o si vas, las narices enseñar. ¡Ay, amor, como inmenso es el mar!". El amor que derriba fronteras, el amor que nos abre las puertas. Y Víctor Manuel, bajo la diosa Ceres, épico, sonando poderoso como en aquella cinta del casete de Fernando en su habitación del Negro. ¡Ay, amor, que despierta las piedras!, las piedras de un colegio mayor, las piedras de un teatro que se hizo orgullo bable en la voz de aquel niño de Mieres que consigue que la música, igual que la vida, siempre merezca la pena.

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