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Crítica musical

Antonio Orozco, Dios ha llegado a Mérida

El Teatro Romano se rinde a los pies de un concierto bestial

Miguel Ángel Muñoz Rubio

Miguel Ángel Muñoz Rubio

Mérida

Está bien por fuera porque ya no está roto por dentro. Se llama reconstrucción emocional. Por eso este concierto de Antonio Orozco en Mérida es ver pasar la vida de cualquiera de nosotros en dos horas que transcurren como un soplo. Suave como el poniente, se acabaron los desafinos, la desgana y la ronquera. Vi a Orozco hace años en una actuación en Cáceres, noté que algo fallaba en aquel corazón que pedía clemencia y suplicaba ayuda a un público, por otro lado, siempre agradecido y siempre fiel.

Otro Orozco

Pero este Orozco de Mérida es otro Orozco. Es, en este minuto de la brisa, el rey de los romanos. Lo es porque "es un placer increíble poder estrenar la gira de mi vida aquí", confiesa nada más salir a un escenario imponente, al tiempo que la cavea y la orchestra le lanzan piropos, "olés", "te como la cara", "viva la madre que te parió", "queremos un hijo tuyo" y, en fin, toda esa retahíla españolista para que no perdamos la perspectiva de que hay cosas extraordinarias que solo ocurren en las noches de saturnalias.

Video | Antonio Orozco, a la conquista del público romano en Mérida

Javier Cintas

Orozco sale de una cabina efectista, único atrezzo que ha dejado en este Teatro Romano de Mérida, donde no le valen las pantallas gigantes de su montaje original, porque no hay nada más elenfatiásico que este templo de Marco Agripa diseñado para los dioses. Y el Dios Orozco, en lo alto del tejado, comienza su relato, que es como la emoción de un niño, como el lamento de Federico, como Júpiter Elicius, ese otro dios supremo que daba la luz en el origen de la Antigua Roma.

El grito

Y no hay más gritos que esa voz, que va tan fuerte que también se asusta el aire. Y el público ya está en pie. Y eso que es solo la segunda canción, pero todos se levantan de sus asientos, frente las columnas corintias, coreando; miles de brazos en alto se mueven como las velas de un velero, como un bamboleo, como una bata de cola haciendo reboleras. Y Antonio, en el centro, ya bendecido por Augusta Emérita.

El himno

Para agradecer tanto calor, Orozco responde con un himno. Pero no lo hace de cualquier manera, lo hace bajando del púlpito, bajo la atenta mirada de Ceres, Plutón y Proserpina. La gente lo agarra, se hace selfies con su héroe. Y Antonio, entre esa multitud, sonríe, como el general de la cuadriga llegando triunfante a la ciudad. 'Devuélveme la vida' es la historia de un hombre que tenía que pedir perdón y como no sabía cómo hacerlo escribió esta canción, que también forma parte de nuestras vidas.

En aquella época, el cantante anhelaba redimir errores del pasado. "Cuándo me perdonaron, la sensación era como que me habían devuelto la vida". Lo más curioso de este éxito de Antonio, según ha confesado, es que no quería que la canción entrara en el álbum porque era una historia demasiado personal que a nadie iba a interesar, pensó. Sin embargo, de pronto se coló en el disco 'Semillas del silencio' y se hizo el milagro: "Yo no volveré a quererte de nuevo a escondidas, no intentaré convertir mi futuro en tu hiel, no viviré entre tantas mentiras, intentaré convencerte que siempre te amé". Sube, baja por las escaleras del teatro, entregado a sus seguidores. Es un momento único: la fiesta del Sol Invictus.

Como un emperador

"Mérida, te como la cara", grita Antonio, que en mitad de la orchestra se arrodilla y besa el suelo como el emperador Trajano extendiendo el puerto de Ostia, como si llevara años planeando este viaje, sin maletas, sin diccionarios, cargado de caricias por los senderos del sentir y del amor. Y en el amor encuentra hueco 'Ni vencedores ni vencidos', una profunda reflexión sobre el dolor emocional y la resiliencia a pesar de las adversidades. Es ese dolor, el más profundo, que sube de las rodillas al estómago, que explota al caer la noche, cuando la cabeza viaja en busca de sus por qués. Y uno recuerda cuando se era tormenta en la cama, se era alba. Pero Antonio siempre sale del hueco de la desolación, sabiendo que hay una vida esperando las puertas, un despertar de miradas abiertas.

En este instante, en el que Mérida es la capital de la música de España gracias al Stone&Music, otro himno aflora. "Estoy temblando, de pensar que ya te tengo aquí a mi lado. Y prometo no soltarte de la mano. Ahora sé que hoy ya tus pasos son mis pasos". Antonio se encumbra, muy cerca de tus pasos para que no te caigas, muy cerca y muy callado, y así me vas contando. El teatro es, en este momento, una explosión. "Mérida, p'arriba", y el poder de la música manda. La dignidad superior a la del rey grita: "¡Qué bonito!". Y claro que sí, es bonito, mucho. Es bestial. "Cómo te quiero, Mérida'. Y así una canción tras otra, sin pausa. El emperador de negro y dorado, ungido por el pueblo, laurel y corona, ser o no ser. Pigmalion enamorado de Galatea. "¡Antonio, Antonio!", exclama Extremadura, rendida a su mito. "Te juro que no hay un momento que no piense en ti. Y Orozco se hace susurro", y se hace incendio, lamento callado. El mundo está a sus pies y siente que todo puede ser.

La paternidad también es cosa de Antonio. Su hijo se había graduado en Bachillerato este jueves y, seguramente, hoy viajará a Mérida para estar al lado de su padre en el segundo concierto, con lleno absoluto, que ofrecerá en la capital del imperio. Madrid, Barcelona, Méjico, San Juan de Puerto Rico, Mérida. En Mérida es capaz de desplegarse el mar. Desde que era un niño Antonio Orozco soñó con pisar este encenario, que "no es comparable a nada en el mundo".

La confesión

"Ahí tus cojones". Vuelve el españolismo, esa manía nuestra de centrarlo todo en los huevos, mis huevos, por huevos, los huevos, te como los huevos, etc, etc. Y de nuevo, el mar bravío. 'Pedro Sánchez, dimisión'. Que aquí hay de todo y para todos, como en botica. Menos mal que llega la confesión que apaga los eructos: "Creyendo que lo tenía todo, había algo que me recordaba que no todo. Y es que hay veces que uno tiene tanto, que le sobra". A mí también me pasó.

Hora de la despedida. Que realmente más que un adiós parece una obertura de Chaikovski, y que habla de ese amor que se fue de tu vida y que te dejó un gran vacío. "Y sobraron los veinte puñales y es que a veces la vida no atiende a razón". O sí, porque siempre llegará quien te devuelva la vida y la fe y el valor, y la luz y el color, en medio de tu gran revolución. Hasta pronto Antonio Orozco. Y ténganlo claro: Dios ha llegado a Mérida.

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