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En mi atalaya

Memorias de fútbol y barrio en la Mérida que ya no existe

Una mirada nostálgica a la infancia

Un balón de fútbol.

Un balón de fútbol. / El Periódico Extremadura

Rafael Angulo

Rafael Angulo

Mérida

Mi infancia son recuerdos de mi padre, Artemio, llevándome los domingos al fútbol desde El Chamorro de San Bartolomé (lindera con las Abadías, cuando eran abadías) en un Citroen dyane 6 de capota dura. Él, ya había ido por la mañana a ver partidos de juveniles a la campa de la Paz, cuando ni había paz ni se la esperaba. Desde la Papelera hasta el Municipal (lo de Romano vino después y Romano José Fouto antes de ayer) mi papá se fumaba unos “entrefinos” o un par de farias y paraba en el Botero a ver si Paco Novillo andaba por allí (que andaba, casi siempre). Aparcaba en las traseras del Cuartel de la Guardia Civil, cerca del rollizo depósito del agua (otro monumento caído en desgracia) donde le esperaba su amigo Verdejo, el pastelero. Desde el campo sonaban marchas de Stauss, no he visto ese nivel musical desde entonces. Mi papá era del Valencia y entre los pliegues de mi memoria aún conservo la temporada en la que ascendió con Valdés y Claramunt. ¡Qué viajes a Málaga, Madrid o Sevilla para ver a su equipo, entonces todo de blanco…!, ¡Qué paellas tan ricas para celebrarlo!

Trofeo Ibérico

Ver a un equipo de primera era complicado en la capital extremeña, esas imágenes estaban reservadas a los resúmenes del NO-DO (con aquella voz de régimen que aún retumba en mis oídos) o en aquellas primeras televisiones en blanco y negro, con interferencias, que te aleccionaban a imaginar los partidos. Para ver equipos de fútbol de primera íbamos -en verano- a Badajoz a ver el Trofeo Ibérico (Atlético de Madrid, Bénfica, Vitoria de Setubal…). A ver, me explico, Badajoz, es un pueblo que se encuentra antes de llegar a Elvas, a la izquierda, todavía en España (el gran logro de la circunvalación/ronda para no entrar se ha visto frustrado por el Faro dónde hay que entrar por…balones); lo fundó un tal Abderrahman Ibn Marwan el Chiliqui nacido en Mérida (por eso también se le conocía como al Maridi, el emeritense) y todo hace suponer que desde el siglo IX se perpetúa esta especie de rivalidad. Pero, a lo que íbamos, a la capital pacense al Vivero. Una hora en coche para allá, atravesando Lobón y Talavera (que no fue hace tanto tiempo, se lo tengo que explicar a mis hijos) y otra de vuelta…llegábamos tan tarde que lo único abierto en Mérida era el Tabarín… la primera empresa que utilizó el marketing arriesgado para promocionarse en casetas y puntos kilométricos (desde Madrid hasta Lisboa). Recuerdos nostálgicos de otra época.

Lagartos y ranas

Mi infancia son memorias de mi barriada de Los Chinos, de cucaña e higos chumbos (del Albarregas, claro), de lagartos y ranas, de aquellos partidos (balonazos) en la era del ladrillar de Norberto del Río (hoy le llaman la Chimenea) donde yo me creía Mario Alberto Kempes y las áreas se solapaban con el pomposamente tildado Camino Viejo de Esparragalejo que, en realidad, era el basurero municipal gracias a los apaños de mi tío Rafael y Castelló. Si queríamos campo de hierba, todo un lujo entonces, río Guadiana abajo tras la desembocadura del Albarregas teníamos un prado a la altura de la alcantarilla romana. Si olía, si, pero entonces las cosas no importaban. Los goles, lo mismo. Eran tiempos bravos en los que los presidentes del Mérida eran inhabilitados a perpetuidad por el pequeño detalle de lanzarle una silla metálica al árbitro (Castañón, genio y figura), donde los futbolistas venían y se quedaban (Quintanilla, Prado, Soto, Boby, Boni…) y nuestra meta era ganarle al Badajoz. Tiempos de equipos con nombre propio: Calvo Sotelo, Boetticher, Plus Ultra, Metalúrgica, cuando jugábamos contra el Tetuán o el Tánger, y tiempos de buena gente del fútbol, pongamos que hablo de Diego Lozano y de Agustín Jimenez Villahoz. Mi infancia son recuerdos de Aurelio Martínez Parra el capitán del Imperio y mi amigo, el que hubiera sido nuestro mejor futbolista (digo yo, Rodri), son tiempos de una Mérida de arenilla de la vía del tren y de los mejores partidos de mi vida como profesional del balompié, aunque, esto último, quizás lo haya soñado. En todo caso, es un sueño de goles marcados por uno y no los que la vida me ha ido marcando desde entonces. Y los goles, goles son.

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