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Orgullo emeritense

Cuando un emeritense pisa Roma y entiende por qué Mérida es la Roma española

Un viaje personal entre ruinas, fe y memoria que une a Augusta Emerita con la ciudad eterna

Dos turistas contemplan el teatro romano de Mérida.

Dos turistas contemplan el teatro romano de Mérida. / EL PERIODICO

L. Jiménez Cortés

Mérida

Por fin he visitado Roma, invitado por mis hijos. Para un emeritense, orgulloso de su antigua Augusta Emérita y de su pasado grandioso, conocer la gran Roma no es un simple viaje: es casi una obligación moral, una cita con la historia y con uno mismo. Uno no puede morirse sin haber, sentido y vivido la magna Roma, la ciudad de las siete colinas, la ciudad eterna; la ciudad de los antiguos dioses y de Dios, la Roma espiritual y terrenal ¡Roma maravillosa! Dicen que preguntando se llega a Roma y… se vuelve más alegre!

Desde el primer momento comprendí que Roma y Mérida están unidas por algo más que por la herencia del Imperio. Ambas nacieron para ser eternas, ambas fueron símbolos de poder, de civilización y de orden, y ambas conocieron el olvido, el saqueo y la destrucción antes de ser redescubiertas y valoradas de nuevo. Roma, arrasada por invasiones y por el paso implacable del tiempo; Mérida, sepultada durante siglos bajo la tierra, las huertas y el silencio. Y, sin embargo, las dos resurgieron orgullosas, mostrando al mundo la grandeza de su pasado.

El Foro

Al caminar por el Foro romano, entre columnas rotas y templos incompletos, no pude evitar pensar en nuestro foro emeritense. Al contemplar elgran Coliseo, majestuoso incluso herido por los siglos, recordéel Anfiteatro de Mérida, que siguen desafiando al tiempo con la misma dignidad. Al igual que el teatro Marcelo (no comparable con el nuestro que es una joya), la loba capitolina, observando todo lo que ocurre, las estatuas y bustos del emperador Augusto, los puentes sobre el Tiber,  templos,los acueductos, las termas, el circo, lugar en el que nuestro famoso e invencible auriga, Diocles alcanzó cientos de victorias, durante los mandatos de los buenos emperadores Adriano y Antonino Pio. Roma habla en latín de piedra, y Mérida también. Sus calles, sus puentes, sus acueductos y sus calzadas cuentan una historia común: la de un Imperio que quiso ordenar el mundo y dejó su huella para siempre.

Restos del templo romano emeritense.

Restos del templo romano emeritense. / Alberto Manzano

Pero este viaje tuvo, además, una dimensión espiritual profunda. Con motivo del Año Santo acudí a Roma, capital de Dios, para honrar devotamente a San Pedro y San Pablo, pilares de la fe cristiana. Cruzar las Puertas del Perdón de sus basílicas fue un acto de recogimiento y esperanza, un gesto cargado de simbolismo. Atravesarlas significó buscar mayores dones espirituales, renovar la fe y ganar el jubileo. Y recordar a nuestros santos mártires y patronos: San Germán, San Serván y Santa Eulalia.

Roma es también la ciudad donde conviven lo sagrado y lo profano, la fe y el turismo, la oración silenciosa y el bullicio de las plazas, museos y terrazas. Esa mezcla no me resultó ajena: Mérida, salvando las distancias, también es así. Aquí convivimos cada día con la historia, celebramos festivales, espectáculos y grandes acontecimientos entre ruinas romanas y caminamos sobre siglos  de historia sin apenas notarlo.

Regresé de Roma con la certeza de que Mérida es, con razón, la Roma española. No por imitación, sino por herencia. Porque ambas comparten el mismo espíritu: el de ciudades que cayeron y se levantaron, que fueron olvidadas y redescubiertas, y que hoy siguen enseñándonos que la verdadera grandeza no desaparece. Roma y Mérida, son unas amadas a las que nunca terminas de conocer y a las que nunca dejas de amar.

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