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El capitel

Reyes de infancia lenta, de una Mérida cercana y de corazón grande

La noche en la que todo parecía posible

Rey Mago de Galerías de las Heras, en 1973, en la entrada de la calle John Lennon del actual Centro Cultural Alcazaba.

Rey Mago de Galerías de las Heras, en 1973, en la entrada de la calle John Lennon del actual Centro Cultural Alcazaba. / Ángel de las Heras

Mario Hernández

Mario Hernández

Mérida

Los Reyes Magos de nuestra infancia (la de los que superamos la cincuentena) llegaban a Mérida con ese calor que ni el frío podía superar. Nuestras madres se encargaban de parapetarnos para que fuéramos bien abrigados con esos abrigos (casi siempre heredados de nuestros hermanos mayores), que nos quedaban un poco grandes, que pesaban, olían a naftalina, a hogar, a familia y... a invierno. Las bufandas, largas, nos tapaban media cara. Y los pasamontañas, que cubrían por completo nuestras cabezas, bajaban hasta las cejas, aunque nunca conseguían tapar la ilusión que se vivía presintiendo esos momentos mágicos que se avecinaban, cuando los sueños volaban entre la ilusión de aquellas cartas interminables que escribíamos a los Reyes Magos (Papa Noél todavía no había llegado a la ciudad.

La Giralda

Con las manos calentitas, gracias a los guantes que nos obligaban a poner (no teníamos Smartphone), pegábamos la nariz a la única pantalla táctil que teníamos: el escaparate de La Giralda, en la calle Santa Eulalia (hoy, curiosamente una óptica), dejando un círculo de vaho en el cristal tras el que, ojipláticos, contemplábamos cómo dentro estaban los juguetes que más deseábamos y que estaban en nuestras cartas.

“Me lo pido... me lo pido”

Tras el cristal nosotros, apretados contra nuestros padres o hermanos mayores, saltábamos para entrar en calor y señalábamos con el dedo el juguete deseado repitiendo, una y otra vez, “me lo pido... me lo pido”. El frío no importaba, porque el deseo y la ilusión nos daban el calor que nos faltaba, ante la sonrisa cómplice de nuestros padres que disfrutaban del momento con la consabida frase: “los Reyes os están viendo, así ya podéis ir portándoos bien”.

Los días previos las familias visitaban los economatos como quien cumplía una tradición. Una tradición navideña anclada en el olvido y que nos trae recuerdos de una infancia perdida y que poco a poco se fue perdiendo con la marcha de las grandes empresas de la capital extremeña.

Renfe, el Matadero y La Corchera

Los más señeros eran los de Renfe, el Matadero y La Corchera. Las madres (y nosotros) miraban, comentaban precios en voz baja, y los niños aprendíamos a medir la esperanza porque, al fin y al cabo, en ocasiones no siempre llegaba lo que estaba en aquella carta, pero siempre llegaba algo… y eso era suficiente.

Carta doblada y manoseada

La última esperanza la guardábamos con la visita al Rey Mago de los almacenes Galerías de las Heras. Serio, solemne y cercano a la vez, en la puerta de entrada por la calle John Lennon del edificio que hoy alberga el Centro Cultural Alcazaba. Allí llegábamos con la carta doblada y manoseada en el bolsillo del abrigo, repasando mentalmente la lista para no equivocarnos a la hora de hablar con Su Majestad.

Al hablarle, la voz salía tímida, casi temblando, no sólo por el frío sino por la enorme ilusión de encontrarnos con uno de aquellos que podría hacer realidad nuestros sueños y al que la carta, y nuestro mensaje, llegaba sí o sí. Aunque hay que reconocer que a veces nos interpelaba con tal seriedad que parecía que conocía, una a una, todas nuestras ingenuas trastadas.

Los tiempos han cambiado

Los tiempos han cambiado y ahora, los niños y niñas, ven a los Reyes Magos, en sus más variadas vertientes, desde las fiestas de navidad del colegio, las asociaciones vecinales, los carteros reales o en cualquier Centro Comercial. Es curioso, eso sí, que haya tradiciones que se mantienen como el hecho de escribir la carta manuscrita a Sus Majestades. Ese rito de escribirla, cerrar el sobre, y echarla en el buzón más cercano, o en el del cartero real, son ya los únicos momentos en los que, en la vida de cualquier persona, se escriben cartas manuscritas. Al menos siempre les quedará el recurso de que, algún día, a pesar de las nuevas tecnologías, realizaron ese proceso postal.

Don José Álvarez Sáenz de Buruaga

Eran unos Reyes de bufanda bien apretada, de calles con poca (o ninguna) iluminación navideña, de ilusión sencilla y compartida. Reyes de infancia lenta, de ciudad pequeña y corazón grande. Y aunque hoy el frío sea distinto, y los niños lleven otros abrigos, gorros, o bufandas, aquellos Reyes siguen vivos, perfectamente guardados, en algún rincón caliente de la memoria. Y en Mérida, como respondía Don José Álvarez Sáenz de Buruaga ante la pregunta que le hacía, cada seis de enero, su hijo José María Álvarez Martínez, “Los Reyes volverán a irse con la niebla”. Y este año además, con el frío.

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