El capitel
Aquellas rebajas de enero en Mérida
La calle Santa Eulalia, siempre una calle eminentemente comercial, ardía de vida entre los años 60 y 90

Viandantes por la calle Santa Eulalia en época de rebajas. / EL PERIÓDICO
Mario Hernández
Aunque en la actualidad se han adelantado bastante, sobre todo con la copia de la costumbre americana del Black Friday -como sigamos así, pronto celebraremos hasta el Día de Acción de Gracias- las Rebajas de enero en Mérida siempre tuvieron y tienen algo de ritual, de cita marcada en el calendario sentimental de la ciudad, al igual que en el resto.
Apenas habían pasado los Reyes por el Paseo de Roma en la Cabalgata, con sus juguetes todavía por estrenar y sus regalos que no siempre acertaban del todo, los escaparates comenzaban a vestirse de carteles rojos, de números llamativos y la palabra tan esperada ‘Rebajas’ que llenaba las calles de un murmullo distinto, anteponiéndose a los escaparates tradicionales que conservaban, aún, el espumillón y las luces navideñas.
Era el tiempo para las devoluciones discretas, de cambiar tallas, de ir ‘a ver si lo mismo encontramos algo mejor’, pero también de pasear despacio y mirar la ciudad como si fuese otra, recién inaugurada con el año, con la nostalgia, al anochecer, de las recientes navidades con las luces apagadas y una calle Santa Eulalia que quedaba iluminada con los escaparates de los establecimientos comerciales, además del alumbrado público.
La calle Santa Eulalia, siempre una calle eminentemente comercial, ardía de vida entre los años 60 y 90. Allí estaba Aragoneses, con su ropa impecablemente doblada; Luis Díez, con ese aire de tienda seria donde siempre parecía que se encontraba ‘lo bueno’, fue el primer proveedor de la marca Levis o Lois en la ciudad que hasta tuvo un espacio denominado ‘territorio vaquero’; La Campana, tan reconocible, tan nuestra y cuyo edificio, lejos de tener actividad comercial, conserva su nombre como un centro de empresas de todo tipo -hasta este Periódico-; la Tienda Lys, con sus escaparates que brillaban incluso en los días fríos de enero.
También estaba el inconfundible Sanatorio de la Radio, nombre entrañable que ya por sí mismo despierta sonrisas y donde podíamos encontrar lo último en materia de sonido, o la revolución de la tienda Jeans, esa tienda pequeñísima en la que podrías encontrar todo lo vaquero imaginable -y en la que probarse unos pantalones era toda una odisea bajando por aquella estrechísima escalera- y El Buen Gusto, que hacía honor a su nombre y era punto de referencia obligatorio para muchos y que se convirtió en protagonista de un simpático chiste, ahora impronunciable. Aquellos establecimientos formaban casi un mapa emocional, una geografía íntima que todos los emeritenses llevaban aprendida sin necesidad de plano.
Las rebajas no eran solo compras. Eran la excusa perfecta para el paseo, la conversación, escuchar la radio anunciar descuentos mientras la gente entraba y salía con bolsas, comparar precios, probarse ropa con calma, o simplemente mirar. Era el deseo de empezar el año con algo nuevo, un abrigo rebajado o una camisa esperada desde hacía meses y que, prudentemente, quedaban pendientes de enero, con el riesgo de que se agotasen.
Con el tiempo la ciudad cambió y muchos de aquellos negocios se fueron apagando, prácticamente por la jubilación de sus propietarios. Hoy solo quedan Montosa, Mi tienda -a la que cariñosamente llamábamos ‘El tío cansino’- y Los Leones como testigos silenciosos de esa época de tiendas familiares de apellidos que aún se conservan en nuestro entorno más cercano, de escaparates cuidados -todavía sigue existiendo el limpia escaparates que, cubo en mano y con la esponja y el rascador que, a primera hora de la mañana, los dejaba limpio para su exposición-, de dependientes que te conocían por el nombre y te aconsejaban sobre modelos y tallas como si formaran parte de tu historia.
Pero basta cerrar los ojos y volver un momento a aquella Mérida de enero, con el frío en las manos, las calles llenas, los carteles de ‘rebajas’ como una fiesta y la sensación de que la ciudad, por unos días, sigue latiendo con una alegría distinta. Y entonces vuelve la nostalgia, cálida, con el rumor de la gente entrando y saliendo, en decenas de franquicias de ropa, perfumerías, zapaterías, y establecimientos de toda índole que se afanan por mantener vivo el comercio local frente a las grandes superficies comerciales, porque, en definitiva, la calle Santa Eulalia es el corazón comercial y sentimental de nuestras vidas, como cantaron Los Cazurros Romanos en su día ‘la conozco de algo’.
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