El capitel
Mérida y sus 'haters'
En Mérida no sale el sol sin que alguien comente que brilla demasiado, ni cae una gota de lluvia sin que aparezca un coro griego denunciando la tragedia

Turistas en el Templo de Diana de Mérida. / AYUNTAMIENTO DE MÉRIDA

Mérida es una ciudad maravillosa que podría vivir de su belleza, de su historia milenaria, de sus piedras que hablan y sus calles que respiran vida… pero no. Mérida tiene un talento extra, algo muy nuestro y genuino: los haters. Aquí no hace falta ser experto en nada para tener opinión, que si es negativa, te convierte en ciudadano ilustre.
En Mérida no sale el sol sin que alguien comente que brilla demasiado, ni cae una gota de lluvia sin que aparezca un coro griego denunciando la tragedia. Se critica que haya gente, que no haya nadie, que haya eventos, que no los haya. Si se organiza algo, está mal organizado; si no se organiza, la ciudad está muerta.
Y lo mejor es que criticamos a quienes critican. Los haters tienen sus propios haters, y los que opinan mal son juzgados por los que opinan peor sobre cómo se opina mal. Es casi poético, un círculo virtuoso… o más bien vicioso, una cadena infinita de negatividad con acento extremeño, de amor invertido, algo tan nuestro como el Teatro Romano, pero menos fotogénico.
Si no opinas, parece que no existes. Y si opinas, alguien llegará para explicarte por qué tu opinión es equivocada, apareciendo detrás ese aroma inconfundible a política, ese sesgo que convierte hasta la farola de la esquina en asunto ideológico de primer nivel.
Redes sociales
Las redes sociales deberían utilizarse para compartir momentos bonitos, presumir de lugares mágicos, enseñar rincones preciosos. Pero en Mérida no. Son como un gigantesco buzón de reclamaciones de las administraciones públicas, un formulario oficial de quejas al universo, como si cada muro de Facebook fuera una ventanilla de reclamaciones con sello y número de registro: que si el tráfico, que si el calor, que si el frío, que si el ruido, que si el silencio… aquí todo tiene su club de haters. Y se hace con pasión, entrega, como si fuese un deporte local.
Cada publicación parece un expediente, cada comentario una denuncia formal y cada debate termina en algo parecido a una sesión plenaria… pero con emoticonos. Y luego está ese detalle maravilloso: cada crítica es una pequeña obra teatral, con su personaje principal, su momento de gloria. Cada cual quiere su pequeño escenario, su protagonismo digital. Da igual de qué se trate: un banco mal colocado, un evento cultural, una farola, una feria… todo puede convertirse en debate de Estado, como si cada post asegurase un escaño invisible en el Parlamento de Facebook.
La paradoja
Luego está la gran paradoja: criticamos todo… pero luego participamos en todo. Nos quejamos de la feria y al rato estamos dando vueltas en las atracciones. Renegamos de los eventos, pero allí estamos, en primera fila, móvil en mano para grabarlo todo. Protestamos por las actividades, pero luego no nos perdemos ni una, criticamos las fiestas, pero somos los últimos en irnos. Es como si la crítica fuera nuestro ritual previo antes de disfrutar.
Y entre queja y queja, nadie parece darse cuenta de algo muy sencillo: cuanto más negatividad publicamos, menos ayudamos a nuestra ciudad. Cuanto más gritamos lo malo, menos brillo dejamos ver al mundo. Sin querer vamos apagando la luz de Mérida con cada comentario ácido, cada crítica exagerada, cada publicación cargada de mala leche disfrazada de “opinión constructiva”.
Y aún hay más: también criticamos a quienes defienden la ciudad. A los que la aman sin medida, a los que la muestran bonita y que se atreven a decir en voz alta que Mérida es maravillosa. Esos, para muchos, son sospechosos, 'seguro que están vendidos', dicen algunos. Querer a Mérida se convierte en motivo de juicio público, como si amar la ciudad fuese un pecado capital.
Y mientras tanto, Mérida sigue ahí, paciente, hermosa, eterna. Aguanta nuestras quejas, nuestros dramas digitales, nuestros debates infinitos y nuestras batallas ideológicas con la misma calma con la que ha soportado siglos de historia. Nos deja patalear, protestar, hacer ruido… porque sabe que, en el fondo, detrás de tanta crítica, hay algo muy simple: nos importa, nos duele, nos mueve. Y, como todo lo que se quiere, a veces la tratamos mal.
Querer a Mérida
Quizás algún día descubramos que hablar bien de lo nuestro no nos quita razón, ni carácter, ni voz; que la crítica no siempre construye; que el 'hatereo' no enamora, y que hablar bien de nuestra tierra es también una forma de cuidarla. Porque Mérida es una ciudad increíble esperando que la amemos un poco más en voz alta. Una ciudad que sigue siendo ese lugar que, incluso criticándola, seguimos eligiendo para vivir, para disfrutar, para sentir… y para querer. La negatividad no trae nada bueno; y Mérida merece más amor en voz alta y menos tormenta en comentarios.
Mérida tiene mucho para querer, para presumir y para contar bonito. Es una ciudad llena de historia, magia, vida, belleza y alma que se merece que la miren también con ternura, con humor y con ese cariño que escondemos detrás de un 'esto podría estar mejor'. Hasta entonces, seguiremos así: quejándonos, criticando, replicando… y, por supuesto, participando en todo. Porque esa es Mérida: apasionada hasta para protestar, intensa hasta para opinar… y tan entrañable que, incluso cuando se pone hater, no deja de ser adorable.
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