El capitel
El ejército invisible que sostiene el Carnaval de Mérida
El febrero emeritense late mucho antes de que se alce el telón en el Teatro María Luisa

Imagen de una actuación del Concurso de Agrupaciones del Carnaval Romano. / Ayuntamiento de Mérida

Mérida vive estos días en una frontera invisible entre la memoria y el deseo de celebración mientras en las calles, todavía, cuelgan algunas luces de la cercana Navidad y aún flotan en el aire abrazos que no quisieron marcharse.
Pero esta ciudad no sabe quedarse quieta. Apenas termina una fiesta cuando ya piensa en la siguiente, que ya lleva tiempo preparándose en muchos rincones de la ciudad. Desde septiembre, mientras el otoño comenzaba a caer despacio sobre los tejados, Mérida lleva el Carnaval escondido en el pecho, latiendo al ritmo del 3x4.
Noches robadas
Porque quien crea que el Carnaval empieza cuando se alza el telón del María Luisa se equivoca. El Carnaval comienza mucho antes, en noches robadas al descanso, a la familia y a los amigos, en locales humildes donde el tiempo se mide en compases. Allí, voces cansadas aprenden a volar juntas hasta conseguir la melodía perfecta.
Comparsas que afinan como quien reza. Chirigotas que persiguen una rima que provoque una carcajada salvadora. Pasacalles que se niegan al silencio, porque saben que el silencio no es sinónimo de Carnaval.
Murmullo creciente
Ahora enero avanza deprisa y el murmullo de la ciudad crece. Ríen las esquinas. Cantan los barrios. El frío se vuelve menos frío cuando un punteo de guitarra, el compás de la caja y el bombo, o una copla lo atraviesa.
En estos fríos días de enero se configuran los repertorios con letras llenas de vida diaria, de lo que duele y de lo que brilla, de lo que indigna y de lo que se agradece. Coplas que no buscan solo aplausos, sino algo mucho más difícil: "el pellizco", esa emoción repentina que nos recuerda que seguimos vivos y que seguimos juntos.
Es una vocación
Detrás de todo eso late un ejército invisible. Carnavaleros y carnavaleras que sostienen la fiesta con ingenio y con fe. Que ensayan cuando el cuerpo pide tregua. Que inventan cuando faltan medios. Que siguen adelante aunque duelan las ausencias y apriete el calendario porque mantener vivo el Carnaval no es una costumbre: es una vocación. Un acto de amor obstinado. Una manera de resistir desde la alegría.
Este año el escenario tendrá cicatrices. Habrá huecos donde antes sonaban voces queridas, nombres que no se anunciarán, agrupaciones que echaremos de menos. Ausencias que dolerán como duelen las sillas vacías en la mesa familiar de Nochebuena.
Paréntesis
Pero nadie las vive como una despedida. Son paréntesis. Son silencios que están llenos de futuro. Porque esas agrupaciones que hoy no estarán ya sueñan con volver, afinan en secreto, guardan letras nuevas para el próximo febrero porque el Carnaval de Mérida no pierde a los suyos: los espera.
Prueba de ello será la presencia de aquellos que, en su día, decidieron tomarse un descanso sobre las tablas (que no en la calle) y que regresan con la ilusión de ese primer día cuando el telón mágico de la risa y la copla se alza a los sones de esa fanfarria que forma parte de nuestras vidas.
Templo
En apenas cinco días se alzará el telón del Teatro María Luisa, nuestro Templo del Carnaval. Allí la ciudad se mirará al espejo disfrazada de copla. Allí convivirán la risa y la nostalgia, la ovación y el suspiro, la memoria de quienes faltan y la fuerza de quienes resisten. Porque aunque el concurso empiece ahora, la fiesta lleva meses caminando por dentro. Meses en los que las agrupaciones han ido tejiendo sus tipos y sus repertorios como quien escribe un diario secreto de la ciudad.
Porque el Carnaval no es solo un espectáculo. Es memoria y es denuncia. Es homenaje y es carcajada. Es una crónica cantada de lo que somos y de lo que nos pasa. Por eso, quienes suben al escenario no son solo chirigoteros, comparsistas, coristas y cuarteteros, son los auténticos cronistas de Mérida, los notarios de sus alegrías y de sus heridas.
Cantar para no olvidar
Hay tan poco espacio entre una fiesta y otra que la tristeza apenas encuentra dónde sentarse. Mérida no se despide: se transforma. De la luz al disfraz. Del villancico a la copla. De diciembre a febrero sin cerrar nunca del todo el corazón. Y así, sin freno y sin miedo, vuelve a entregarse a su rito más antiguo: cantar para no olvidar, reír para resistir, disfrazarse para decir la verdad.
Porque mientras haya una voz ensayando en mitad de la noche, una letra buscando justicia o ternura, una sonrisa aguardando detrás de una máscara, esta ciudad seguirá siendo fiesta.
Y aunque este año falten algunos y algunas, nadie duda de su regreso.
Porque quien ha cantado una vez en febrero nunca se marcha del todo.
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