Cultura y tradición
Agustina Figueroa, la maestra de bordado que enseñó a generaciones y tejió historias en Calamonte
Con 73 años, aún dedica tiempo al bordado, transmitiendo su pasión y amor a través de cada puntada, un legado que perdurará en su familia

Agustina Figueroa, una mujer que ha dedicado su vida al bordado. / Esteban Valero Vizcano

Agustina Figueroa tenía 14 años cuando perdió a su madre. Su hermana mayor, Eulalia, de 17, tuvo que salir a trabajar, y Agustina quedó al frente del hogar familiar. Pero la joven no quería quedarse sin ingresos. Para darse a conocer, contó con la ayuda del repartidor de leche del pueblo, el señor Adón, que difundió entre los vecinos que daba clases de bordado, permitiéndole así generar una pequeña fuente de dinero para la casa. "Llegó un momento en que tenía a más de 60 niñas bordando conmigo. Habilité un espacio en el piso donde vivíamos, y durante 30 años enseñé con todo el corazón a bordar con bastidor".

Agustina Figueroa, con una imagen de sus antiguas alumnas. / Esteban Valero Vizcano
En 1999, cuando los jóvenes dejaron de interesarse en los ajuares porque ya no estaban de moda, fueron las mujeres mayores quienes acudieron a ella y a su hermana para aprender a bordar, tanto a máquina como a bastidor, así como a dibujar, en la Casa de la Cultura de Calamonte.
Tardes de café, risas y bordado
"Al principio dudamos, pero finalmente aceptamos. Allí estuvimos dando clases hasta a tres cursos de mujeres, durante 20 años. Me fui con dolor de espalda y de rodillas, ya no podía continuar, y me dio mucha pena dejarlo. Estaba muy a gusto con mis alumnas, y nos lo pasábamos de maravilla. Ellas decían que nuestras clases eran como terapias de psicología. Como siempre digo, mis alumnas eran mayores y lo que realmente querían era salir un poquito de casa. Recuerdo con cariño los veranos en la piscina y los inviernos, cuando a las cuatro comenzaba el primer turno, se sentaban a tomar su café muy tranquilas. Yo les decía: "Muchachas, vais a perder la tarde", pero ellas me respondían que estaban muy a gusto y que hasta que no terminaran su café, no empezarían a bordar".
Madrugadas y diseños inspirados en la tierra
"Hemos tenido muchísimo trabajo. Mi hermana tenía que levantarse a las seis de la mañana con sus dos niños pequeños para poder bordar. Además, juntas diseñamos las faldas del traje típico de Calamonte, la idea fue mía, me inspiré en las ramas de nuestra tierra, en el campo y en la flor de la jara".

Intervención de Agustina y Eulalia en la presentación del traje típico de Calamonte. / Esteban Valero Vizcano
Además, enseñaba a bordar mantones, que ella misma diseñaba, asegurándose de que cada pieza fuera única. Sus alumnas, mujeres de 60 y 70 años, llegaron a bordar varios mantones, algunas hasta cinco, siguiendo sus modelos. Hoy, con más tranquilidad y tiempo libre, ella termina uno de estos mantones, recordando todos los años dedicados a esta labor.
El bordado sigue siendo su vida
A sus 73 años, Agustina sigue dedicando ratitos al bordado, aunque ya no puede pasar largas horas frente a la máquina. Cada ajuar que crea para sus nietos lleva consigo paciencia y amor, un recuerdo que quedará cuando ella ya no esté. En nuestro pueblo, basta decir que eres nieto de "Agustina, la que borda", para que todos sepan de quién hablas. Para ella, cada puntada es una forma de dar felicidad a los demás, de dejar lo mejor de sí misma. Ha sido una empresaria de corazón y, aun así, nunca se ha creído todo lo que ha logrado. Estoy seguro de que seguirá bordando mientras tenga fuerzas, porque para mi abuela bordar no es solo un oficio: es su manera de vivir y de amar.
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