Cocina informal para compartir
El bar-museo Berlín 1989 de Mérida: máquinas de coser, huevos japos y la visita de Robe Iniesta
Así es el negocio gastronómico cuya barra emula al célebre muro de la capital alemana

Javier Cintas

No hace falta abrir la carta para intuir que aquí pasa algo distinto. El Bar Restaurante Berlín 1989, a un paso del Acueducto de los Milagros de Mérida, engancha primero por la atmósfera que lo envuelve y después por lo que llega a la mesa. Aquí se viene a tomar una cerveza, a comer y a disfrutar del espacio. Tras el umbral, el local deja de parecer un restaurante más y se convierte en un plan completo, casi multidisciplinar, donde importan la cocina, la música y la decoración. La idea es que el cliente no solo coma o beba, sino que viva una experiencia que muchos acaban describiendo como ir a un museo para hacer feliz al estómago e hidratar bien el hígado.
Formato informal
Detrás de este concepto están dos socios, Miguel Ángel García Muñoz (conocido como Miguelón) y Manuel de la Gala, cuya historia empezó a cocinarse años atrás, cuando se conocieron trabajando juntos en una cervecería de la ciudad y, desde entonces, la idea de abrir un local propio fue creciendo hasta hacerse realidad. Se entienden a la perfección y esa compenetración se percibe en la atención al público y en la forma de entender la gastronomía, con una propuesta de base tradicional española y guiños creativos, en un formato informal pensado para compartir, con una carta que va del picoteo clásico a platos elaborados, sin renunciar a opciones tan ricas como las paletillas de cordero al horno.

Cocina informal pensada para compartir. / Javier Cintas
Huevos japos
En el día a día, Miguelón se encarga de la barra, las reservas y la sala, mientras Manuel está volcado en los fogones, al frente de los pedidos de los clientes, la elaboración de los platos y la coordinación del equipo. La plantilla ronda las diez personas (cuatro en cocina y seis fuera), con refuerzos en verano, y el funcionamiento es claro, el interior del bar-restauante se reserva para comer y la terraza va por orden de llegada. Entre sus propuestas culinarias destacan los huevos japos, las tortitas de camarón con guacamole y langostinos al ajillo y el tataki de presa (con salsa hoisin y pesto de pistachos), además de otras elaboraciones muy demandadas como son los morros picantones con tomatito, el bacalao dorado o la burrata templada.
Roberto Iniesta
Y si el plato engancha al paladar, el entorno remata: es habitual que los clientes se detengan a preguntar por las máquinas de coser, las lámparas, los cuadros..., dentro de una decoración alimentada por viajes (alrededor de 30 países) y coronada por el guiño más icónico, los tramos inspirados en el muro de Berlín pintados por Miguelón durante el confinamiento. Entre sus recuerdos, guardan uno que nunca olvidarán: la visita de Robe Iniesta y la fotografía de su paso por el bar.
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