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El Capitel

Mérida convierte la atravesá en una noche de glamour total en la Gala Drag

Lo que fue casi clandestino hoy es foco, pluma y tolerancia en la plaza de España

Actuación en la gala drag de Mérida, con música en directo y puesta en escena, en imagen de archivo.

Actuación en la gala drag de Mérida, con música en directo y puesta en escena, en imagen de archivo. / Javier Cintas

Mario Hernández

Mario Hernández

Mérida

¡Qué cosas tiene Mérida! Uno sale a la calle un Lunes de Carnaval creyendo que va a ver disfraces y vuelve con una lección acelerada de historia, tolerancia y ojeras. Porque este día fue, durante mucho tiempo, el “Día de la atravesá” esa noche en la que los hombres se vestían de mujeres y las mujeres de hombres -cada cual según sus gustos, su valentía y su espejo-, y en la que el Carnaval hacía de aduana que marcaba “aquí se cruza”, “aquí se pasa”. Una noche en la que, a diferencia de ahora, ni había focos, ni tacones de quince centímetros desafiando las leyes de la física. Se llamaba, sencillamente, el “Día de la atravesá”.

Un lunes que era una travesura colectiva, una pequeña revolución, una travesía íntima y gamberra por los caminos prohibidos del qué dirán. Irreverente, contra las normas, un “hoy no manda nadie” con purpurina prestada, casi un acto de desobediencia civil en miniatura, como si ponerse una peluca o un bigote postizo fuera, en el fondo, una forma de levantar el puño contra las normas no escritas. Durante unas horas, el Carnaval hacía lo que mejor sabe hacer: dar permiso para ser otro… o para ser uno mismo, pero sin que te regañen.

Claro que entonces estaban los más arcaicos -todavía quedan, y no tan mayores-. Esos guardianes del armario ajeno que miraban, y miran, por encima del antifaz pensando que aquello era una osadía o, peor, una confesión, y estigmatizaban al que se sumaba a la fiesta. Como si ponerse un traje fuese firmar un destino, como si el Carnaval fuese un detector de verdades incómodas y el armario un lugar con más historias que perchas.

Cómo se viste el prójimo

Pero el Carnaval, bendito él, no está para juzgar sino para barajar y repartir de nuevo. La cuestión de siempre: gente muy preocupada por cómo se viste el prójimo, probablemente porque tenían su propio armario lleno de cosillas guardadas en el fondo, entre el abrigo del domingo y la sotana del miedo, desatando la sospecha, la etiqueta, el cuchicheo, como si el Carnaval no fuera una broma.

Porque, seamos sinceros, si uno se viste de policía, bombero, carnicero, enferemero, cura, fraile o cardenal, nadie piensa que ese fuera su destino soñado ni su vocación reprimida que se destapa cada mes de febrero. Nadie supone que el del traje de romano vaya mañana a pedir plaza en el Circo Romano, ni ser extra en la tercera entrega de Gladiator.

Y mira tú por dónde, aquel “Día de la Atravesá”, que nació casi como un susurro irreverente, se convirtió en la Gala Drag Queen que cumple ahora su mayoría de edad convertida en un Concurso Nacional en el que artistas de toda España, con plumas que pesan más que los prejuicios, maquillajes que tapan complejos y música a todo volumen le ponen a Mérida, por una noche, las pestañas postizas de la tolerancia.

Lo que antes era un acto casi clandestino hoy es la gran fiesta del glamour, la diversidad y la libertad sin pedir permiso. Donde antes había miradas torcidas, ahora hay aplausos. Donde antes había murmullos, ahora hay focos.

Lunes de cuchillos

Mientras ocurre esto en la plaza de España, en las casetas de las agrupaciones carnavalescas, con los cantacalles aún serpenteando por la calle Santa Eulalia, la madrugada se pone juguetona y trae el famoso “Lunes de cuchillos”. Cuchillos que no cortan, pero escuecen; no hieren, pero retratan.

Una madrugada en la que salen a relucir esas cositas que el Carnaval va dejando: rencillas antiguas, pullas con rima, verdades envueltas en papel de chiste. El Carnaval es muy bonito, sí, pero también es un espejo en el que te ríes y, a veces, te ves. Cositas que quedan olvidadas, eso sí, mientras avanza la madrugada.

Y en algún lugar, en ese tanatorio imaginario del Carnaval, empieza a velarse a la sardina, que tiene la delicadeza de morirse justo cuando más ganas hay de seguir viviendo la fiesta. Una madrugada en la que se presiente el final de la fiesta, el entierro simbólico de la alegría prestada, el regreso a la normalidad planchada y sin lentejuelas.

Pero antes de todo esto, quédate un poco más. Mira a la Drag que baja del escenario aún con el brillo en los ojos. Recuerda al chaval que, hace años, se puso una peluca temblando por lo que dirían. Piensa en lo mucho que ha cambiado Mérida y en lo mucho que todavía le queda por reírse de sí misma.

Porque al final, el lunes de Carnaval siempre fue un permiso para atravesar. Así es Mérida, capaz de convertir una travesura en tradición, una frontera en pasarela y una noche en un manifiesto con lentejuelas. Atravesando la frontera ridícula entre lo que “se puede” y lo que a uno le da la gana porque al final, la atravesá no iba de cruzar de un lado a otro, sino de cruzarnos, mirarnos, reírnos, entendernos un poco mejor. Y en esa atravesá, Mérida, poco a poco, ha ido aprendiendo a caminar con tacones sin torcerse el alma.

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