La última instantánea
Los fotógrafos Patón cierran 46 años retratando Mérida: "Dejamos muchos amigos"
Los hermanos Patón Carrasco, fotógrafos durante más de cuatro décadas en la ciudad, cierran su estudio tras retratar a varias generaciones, dejando atrás millones de imágenes de bodas, bautizos y comuniones

Vicente (izquierda) y Félix Patón Carrasco posan en su estudio de la calle Romero Real / Alberto Manzano

En la capital extremeña y su comarca hay casas donde una pared entera se ha ido llenando, año tras año, con fotos hechas por los Patón. Por eso, cuando Vicente Patón Carrasco y Félix Patón Carrasco dicen que les quedan los últimos compases, no hablan solo de un negocio en la céntrica calle Romero Real (muy cerca del Templo de Diana). Hablan de una ciudad retratada por dentro a lo largo de 46 años, con millones de imágenes de bodas, comuniones e instantáneas del pasado. Hermanos, socios y compañeros de trabajo toda la vida, antes de enfocar ya sabían lo que era pelear cada jugada, porque también jugaron al fútbol, y esa constancia se les ha quedado en el oficio. Se despiden con “buenas sensaciones” y con una frase que lo resume todo: “Dejamos muchos amigos y nos sentimos agradecidos con toda la gente de Mérida porque llevamos bastante tiempo viviendo de la fotografía”.
Vicente Patón Burgos
No se hicieron fotógrafos por elección, sino porque la vida les empujó a ello. Su padre, Vicente Patón Burgos, un profesional muy reconocido de la ciudad, enfermó con 52 años y la casa se quedó de repente sin su sostén. Vicente hijo, que tenía la idea de irse a estudiar Historia del Arte a Cáceres, vio cómo aquel golpe lo cambiaba todo y no dejaba espacio para planes de futuro. “Lo tuvimos que coger sin saber nada”, apunta. Entre la mili, los nervios y un aprendizaje a contrarreloj, asumieron el estudio como quien se agarra a una cuerda para que nada se rompiera del todo, y empezaron como se empezaba entonces, a pie de calle y llamando a los timbres por Mérida y alrededores.
Sin negocio propio, encontraron una ayuda decisiva en el cura Antonio Campo, que les echó una mano en aquellos años de bautizos y comuniones creciendo en la emeritense barriada del Polígono de Nueva Ciudad. Con excelente hacer y paciencia, fueron puerta a puerta presentándose como “los hijos de Patón”, y el apellido les dio la primera oportunidad; después llegaron el local, las inversiones, los talleres y el salir a aprender para volver con una idea fija, que nunca se termina de saber del todo.
Y en toda esta trayectoria contribuyeron de forma notable sus cuñados Juan Francisco y Justo, "que fueron grandes profesionales y que formaron parte también de esta hazaña. Estuvieron 28 años con nosotros. Sin ellos no hubiésamos llegar al lugar al que hemos llegado. Estamos eternamente agradecidos a ambos por su profesionalidad", manifiestan con emoción.

Los hermanos Patón trabajan codo con codo en la trastienda del oficio, revisando y retocando en el ordenador las imágenes del día. / Alberto Manzano
Ibarra y Vara
A base de repetir esa rutina, su archivo se ha convertido en una biografía sentimental de Mérida y sus vecinos. Vicente calcula a ojo de buen cubero “8.000 o 9.000 niños” de comunión y temporadas con 70 u 80 bodas al año, además de bautizos, retratos y reportajes familiares que han unido tres generaciones delante del mismo objetivo. También pudieron disfrutar de una etapa institucional muy emocionante. Trabajaron como fotógrafos de Juan Carlos Rodríguez Ibarra durante alrededor de 15 años y de Guillermo Fernández Vara otros cuatro. Y en lo pequeño, que es lo que más pesa, han sido más que fotógrafos, los que asesoran, escuchan y consiguen que alguien se viera bien cuando no tenía el día. Esa fue su firma durante décadas, tratar a la gente como si fuera de casa. En medio han cambiado las cámaras, el mercado y hasta la forma de mirar una imagen. Del analógico al salto digital, con inversiones grandes y dudas, y después la crisis, cuando notaron que su oficio era “un artículo de lujo”, los Patón tuvieron que aprender a resistir sin perder el pulso. Aun así, se quedan con lo que no se compra. “Maravillosos momentos, un mundo muy agradecido”. Y por eso, mientras cierran esta etapa, lo que de verdad les emociona no es bajar la persiana, sino dejar atrás una vida entera de personas que ya no son clientes. Son amigos.
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