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Patrimonio histórico

Del campo al barrio: la ermita que sobrevivió al Albarregas en Mérida

La Ermita de la Antigua, construida a finales del siglo XV, es un símbolo de la Mérida medieval y renacentista, que ha sobrevivido a siglos de historia y transformaciones

Alberto Manzano Cortés

Alberto Manzano Cortés

Mérida

La Ermita de Nuestra Señora de la Antigua es uno de los rincones más emblemáticos y menos masificados del rico patrimonio histórico emeritense. Aunque la ciudad es mundialmente conocida por su legado romano, esta pequeña ermita representa la Mérida medieval y renacentista, con una historia llena de avatares que la han convertido en un símbolo de resiliencia.

Los primeros datos documentados sobre la ermita se remontan a finales del siglo XV (alrededor de 1490-1500). En aquel momento era una ermita rural situada bastante alejada del casco urbano, en una zona de huertas y campos próximos al río Albarregas. Su construcción original responde al estilo gótico tardío, con una estructura sencilla y austera típica de las ermitas campestres extremeñas de la época.

La ermita consta de una sola nave cubierta por una bóveda de crucería gótica, rematada en un ábside poligonal ligeramente marcado al exterior. Los muros son de mampostería pobre con refuerzos de sillarejo en esquinas y centros, lo que le da un aspecto robusto pero humilde.

Transformaciones a lo largo de los siglos

A finales del siglo XVI (1578), la ermita adquirió gran relevancia al convertirse en sede temporal de un convento de franciscanos descalzos (Orden Tercera o frailes descalzos de San Francisco). El traslado se debió a problemas de abastecimiento de agua en su ubicación anterior. Durante este periodo se le adosaron dependencias conventuales y se realizaron modificaciones.

Sin embargo, en 1712 los frailes se trasladaron de nuevo, esta vez más cerca de la población (al actual convento de San Andrés), por el aislamiento y la pobreza que les generaba estar en pleno campo. La ermita quedó entonces abandonada o con uso muy esporádico.

Graves daños

A lo largo de los siglos sufrió graves daños por crecidas del río Albarregas (destaca una inundación importante en 1638 que afectó huertos y tapias). En el siglo XIX y buena parte del XX pasó por manos particulares y periodos de abandono, llegando a estar en riesgo de ruina.

En la década de 1990 se inició un proceso de recuperación. Fue adquirida con fondos públicos, restaurada y devuelta al culto de forma regular en 2008, tras casi 170 años sin celebraciones litúrgicas estables. Hoy pertenece al patrimonio municipal y es gestionada en parte por el Consorcio de la Ciudad Monumental de Mérida.

Bóveda de crucería gótica

Aunque su interior es sobrio, conserva varios elementos de interés. Destacan la portada renacentista principal, con elementos manieristas en otra de las fachadas; la bóveda de crucería gótica en la nave única, uno de los pocos ejemplos conservados en ermitas extremeñas de esta época; y la torre de piedra y sillares adosada, de traza sencilla pero elegante.

El conjunto se encuentra rodeado por un pequeño recinto amurallado con dos accesos, manteniendo el carácter rural que tuvo durante siglos.

Avenida Juan Carlos I

Hoy la ermita se sitúa en la avenida Juan Carlos I, ya integrada en la expansión urbana de Mérida, en el barrio que lleva su nombre (barrio de la Antigua). Está protegida como Bien de Interés Cultural desde la Ley de Patrimonio de 1985.

Aunque no es tan visitada como el Teatro Romano o el Acueducto de los Milagros, forma parte de las rutas de turismo religioso y patrimonial de la ciudad. Se utiliza ocasionalmente para celebraciones litúrgicas, bodas y eventos culturales puntuales. Su entorno tranquilo invita a una visita pausada, ideal para quienes buscan descubrir la Mérida más íntima y menos turística.

Raíces medievales

La Ermita de la Antigua representa la historia viva de la ciudad más allá de su esplendor romano, como reflejo de la devoción popular, la presencia franciscana, las dificultades de supervivencia de pequeños templos rurales y la capacidad de renacer tras siglos de vicisitudes. En una Mérida que crece con nuevos barrios y desarrollos urbanísticos, esta ermita recuerda las raíces medievales y la importancia de conservar el patrimonio modesto pero significativo.

Si visitas Mérida, dedica unos minutos a acercarte. Su silencio contrasta con el bullicio del centro histórico y ofrece una perspectiva diferente, más humana y cercana, de una ciudad que lleva más de dos mil años habitada.

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