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El Capitel

Mario Hernández desde Mérida: "El chiringuito de creer"

Silvia Abril generó debate al calificar de "chiringuito" a la Iglesia en los Premios Goya, aunque la crítica se extiende a otros ámbitos con intereses particulares

Silvia Abril.

Silvia Abril.

Mario Hernández

Mérida

Últimamente la palabra chiringuito se ha convertido en un arma arrojadiza. Ya no evoca aquella caseta de madera frente a la charca donde uno pedía una cerveza fresquita y tortilla de patatas mirando al horizonte, sino algo mucho más moderno: cualquier espacio donde alguien crea en algo que no coincide con nuestra propia fe -política, cultural o espiritual-.

La actriz Silvia Abril decidió, en la gala de los Premios Goya, señalar lo que llamó, con cierta ligereza, el “chiringuito” de la Iglesia, apelando a esa nueva tendencia -según ella- de jóvenes que necesitan creer en algo. Lo dijo con ironía, buscando la risa inmediata y, quizá también, ese foco efímero que solo conceden los titulares del día siguiente cuando realmente no tienes nada que contar, ni motivos profesionales para aparecer en ellos.

Cuando creer es sospechoso

Porque hoy creer parece sospechoso. Tener fe -la que sea- despierta más sarcasmo que respeto. Como si la ausencia de convicciones fuese una conquista intelectual y no, en ocasiones, una forma discreta de intemperie espiritual.

Y, sin embargo, resulta curioso: durante generaciones, muchos padres bautizaron a sus hijos por costumbre social, casi administrativa. Después llegaron otros padres -más modernos, más prudentes- que decidieron algo profundamente democrático: que sus hijos eligieran cuando tuvieran uso de razón. Eso se llama libertad de conciencia y de creencia.

Hoy, muchos jóvenes deciden bautizarse voluntariamente en la fe cristiana. Otros abrazan religiones distintas u optan por no creer en nada. Y todos ejercen exactamente el mismo derecho: buscar sentido.

La paradoja española

Aunque la paradoja más española quizá sea otra: padres que no pisan una iglesia en años, que incluso reniegan abiertamente de la fe religiosa, organizan comuniones convertidas en auténticas bodas en miniatura. Banquetes interminables, trajes imposibles, fotógrafos, candy bar e interminables listas de regalos. Todo menos lo esencial que supuestamente se celebra. La Fe desaparece, pero la fiesta permanece. Y nadie habla entonces de chiringuitos.

Tal vez convendría recordar aquella película inolvidable, 'La misión', donde las misiones no eran caricaturas ideológicas sino hombres y mujeres dejando su comodidad para convivir con los más pobres, defendiendo dignidades olvidadas en rincones del mundo donde no llegan ni los focos ni las galas televisadas. Allí no hay chiringuitos, hay entrega.

Ayuda social

Y sí, la Iglesia -con sus errores humanos, como cualquier institución formada por personas- sigue sosteniendo hospitales, comedores sociales, proyectos educativos y misiones en países donde pocos influencers aceptarían pasar una semana sin wifi. Conviene recordar también algo incómodo para el relato fácil: su financiación en España depende en gran medida de la famosa X que millones de contribuyentes marcan libremente en la declaración de la renta. Nadie obliga a nadie. Libertad, otra vez.

Quizá por eso sorprende la crítica simplificada. Porque mientras algunos buscan el aplauso inmediato desde un escenario, otros trabajan en silencio donde no hay cámaras, ni focos. Entre ambos mundos media una diferencia esencial: unos opinan sobre el compromiso; otros lo practican.

Naturalmente, el derecho a expresarse de Abril merece el mismo respeto que cualquier otro. Forma parte del oficio -y también del espectáculo- saber provocar titulares y generar conversación pública, especialmente en una gala como los Goya, donde no todos los papeles ocupan el centro del foco.

Libertad de expresión

Pero la libertad de expresión funciona en ambas direcciones: protege tanto la ironía pronunciada bajo los focos como la discrepancia serena de quien decide responder. Opinar implica aceptar la réplica; esa es, precisamente, la condición adulta de una sociedad libre.

Y puestos a hablar de chiringuitos, tampoco conviene olvidar los propios. Porque en la industria del entretenimiento -como en tantas otras- existen estructuras, programas y proyectos levantados al calor de la popularidad compartida y de las subvenciones públicas que se pagan, queramos o no, con nuestros impuestos, sin necesidad de poner la X en ninguna casilla.

Resulta curioso señalar los supuestos chiringuitos ajenos mientras ella mantiene, junto a su marido, un espacio profesional sólido y legítimo que vive, como todos, de la confianza del público y de la exposición mediática. No es un reproche, sino una evidencia: todos habitamos, en mayor o menor medida, aquello que criticamos.

Crítica fácil

No deja de ser paradójico que se ridiculice a jóvenes que buscan espiritualidad mientras crece, de forma mucho más inquietante, la radicalización hacia extremos ideológicos que añoran tiempos que ni siquiera conocieron sus propios padres. Eso sí debería preocuparnos. Eso sí merecería debates largos y menos bromas rápidas.

Pero no. Hoy tenemos de nuevo a Silvia Abril en portada. La crítica fácil sigue garantizando minutos de gloria. Es un método antiguo: señalar a la Iglesia continúa siendo rentable mediáticamente, incluso cuando ya no resulta especialmente valiente.

A mí, sinceramente, me gustaría verla -y a tantos otros y otras- haciendo algo verdaderamente desinteresado por los demás. Sin focos, sin guion, sin alfombra roja. Algo que no dé titulares, pero sí esperanza.

Porque al final, el verdadero chiringuito no es creer. El verdadero negocio consiste en aparentar que uno tiene todas las respuestas mientras otros, en silencio, continúan haciéndose las preguntas importantes.

Y quizá ahí resida la diferencia esencial: unos viven de las certezas que proclaman; otros siguen buscando, con humildad, aquello en lo que merece la pena creer. Y cada cual, por supuesto, puede poner la X donde quiera. Incluso -y sobre todo- en su propia conciencia.

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