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El capitel

La dulce memoria del Domingo de Ramos en Mérida

El Domingo de Ramos es la algarabía de las palmas, sí. Es la emoción contenida antes de que todo empiece. Pero también es ese hilo invisible que une el ayer con el hoy

Procesión de la Cofradía Infantil, en el Domingo de Ramos.

Procesión de la Cofradía Infantil, en el Domingo de Ramos. / JAVIER CINTAS

Mario Hernández

Mario Hernández

Mérida

El Domingo de Ramos siempre llega con una emoción que se siente en lo más hondo. No es solo el inicio de la Semana Santa. Es, sobre todo, el regreso a una memoria que huele a infancia, a calles recién barridas y a un cielo que parece pintado con la ilusión de los más pequeños que protagonizan la primera jornada de la Semana Santa.

Había un momento -sencillo, casi invisible para quien no supiera detenerse- que marcaba de verdad que todo estaba a punto de comenzar. Era aquel paseo detenido frente al escaparate de la Confitería Gutiérrez, en nuestra querida Plaza de España.

Allí, como cada año, nos esperaban las figuritas de barro de los nazarenitos. Pequeñas, humildes, pero cargadas de una vida que no se explicaba, sino que se sentía. Sus túnicas inmóviles parecían, sin embargo, a punto de echar a andar en cualquier instante, como si guardaran dentro el secreto de todos los Domingos de Ramos vividos.

Mirarlas era reconocerse. Era volver a ser niño. Era entender que la Semana Santa también empieza en esos detalles que no hacen ruido, pero que se quedan para siempre.

Y junto a esas figuritas, inseparables del recuerdo, estaban los recordados caramelos de la Mártir. Que no eran solo dulces, sino símbolos apegados al nombre de la ciudad. Pequeños tesoros envueltos en papel con la imagen inconfundible de Santa Eulalia que han pasado de mano en mano, de generación en generación, como una herencia silenciosa, y cada año, como si el tiempo no avanzara, vuelven a aparecer gracias al gesto generoso y constante de María del Carmen Antón, que los lleva con mimo a los costaleros y portadores de la Cofradía Infantil, el Domingo de Ramos y el Lunes Santo.

Torrijada

Pero el Domingo de Ramos también tiene sabor. Un sabor profundo, dorado, que cruje levemente al morderlo y que se deshace después en dulzura y memoria. Es el sabor de la torrija, la de esa torrijada que se ha convertido en leyenda al ser la más grande de España.

Una torrijada que no solo se mide en tamaño, sino en lo que representa. En las manos que la preparan, en la expectación que despierta, en las miradas que se acercan a desgustarlas como si fuera un pequeño milagro repostero.

Porque en ella también está todo. Está la tradición, el esfuerzo, la convivencia, la risa compartida, la foto que inmortaliza el momento, el orgullo de un pueblo que sabe hacer de lo sencillo algo extraordinario. Y está, sobre todo, esa emoción difícil de explicar que aparece cuando comprendemos que lo importante no es el evento en sí, sino cuánto significa.

Ahí está la verdadera magia. En ese instante en el que un niño recibe un caramelo y no sabe que está recibiendo mucho más: una tradición, un vínculo, una historia que lo abrazará toda la vida. En ese instante en el que los mayores miran y, sin decirlo, se reconocen en esos mismos gestos de hace décadas. En ese instante en el que una torrijada reúne a todos alrededor de lo mismo, la alegría de estar juntos, de seguir siendo, de seguir sintiendo.

El Domingo de Ramos es la algarabía de las palmas, sí. Es la emoción contenida antes de que todo empiece. Pero también es ese hilo invisible que une el ayer con el hoy. Es la certeza de que, mientras recordemos que había figuritas en un escaparate, de quien siga repartiendo caramelos con el corazón y quien siga haciendo de una torrijada un símbolo de identidad, la Semana Santa seguirá latiendo donde de verdad importa.

Llegan momentos mágicos y, como cada año, vamos a saborearlos.

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