El Capitel
Felipe Gómez: el 'Jordi Hurtado' emeritense
Tal vez no sea mala idea empezar a pensar en llamarlo, oficialmente, hijo adoptivo, aunque, en el fondo, ya lo es desde hace tiempo

El director del Instituto Santa Eulalia de Mérida, Felipe Gómez. / EL PERIÓDICO

Hay personas que parecen haber hecho un pacto secreto con el tiempo. Mientras los calendarios avanzan sin piedad, ellas permanecen inalterables, reconocibles, casi idénticas al recuerdo que guardamos de ellas. Eso fue exactamente lo que muchos pensamos el otro día al ver a Felipe Gómez Valhondo en una rueda de prensa. Era inevitable acordarse de Jordi Hurtado. No por la televisión, claro, sino por esa extraña capacidad de seguir siendo el mismo, como si los años, en lugar de pesar, simplemente pasaran de largo.
Quienes pasaron por las aulas del Santa Eulalia -especialmente los que ya peinan canas o están a punto de hacerlo- lo reconocen al instante. La misma sonrisa, el mismo tono cercano, la misma forma de moverse por la clase mientras hilaba historias que iban mucho más allá del temario.

Felipe Gómez, en su etapa de director general de Educación. / EL PERIÓDICO
Porque sus clases eran de las que no se olvidan. De esas en las que apenas había ausencias, en las que incluso el más despistado terminaba atento sin mirar el reloj esperando la campana. No era solo lo que contaba, sino cómo lo contaba. Convertía fechas en relatos, nombres en personajes y el pasado en algo cercano, casi tangible.
Historiador y docente de vocación profunda, Felipe siempre ha tenido algo que no se aprende en los libros, la capacidad de comprender al alumnado, sus problemas, sus inquietudes, incluso sus silencios. Esa mirada cómplice que detecta cuando algo no va bien, esa paciencia que convierte la enseñanza en acompañamiento.
Quizá por eso, cuando dio el salto a la gestión pública como Director General de Educación, no cambió su forma de hacer las cosas, sino que la amplió. Lo que antes ocurría en un aula empezó a sentirse en todo un sistema educativo, trasladando cercanía, sentido común y compromiso a una escala mucho mayor.
El Grecolatino
Y, sin embargo, nunca dejó de crear nuevas formas de acercar la historia a los jóvenes, de hacerla atractiva, viva, útil. Ahí está su impulso decisivo al Festival Juvenil de Teatro Grecolatino, hoy el más importante de España, con cerca de 12.000 estudiantes llegados de todos los rincones del país y del extranjero que, cada edición, convierten Mérida en una auténtica capital del mundo clásico.
Durante esos días, la ciudad cambia de ritmo. Se llena de mochilas, de nervios entre bambalinas, de risas en las gradas y de aplausos sinceros. Textos de Sófocles, Eurípides o Plauto cobran vida en las voces de jóvenes que no solo interpretan, sino que entienden y sienten el legado que representan.
Ahora, con ese mismo entusiasmo intacto, lanza una nueva idea que suena a futuro: los Juegos Grecolatinos para estudiantes en el Circo Romano. Una iniciativa que, con el paso de los años, tiene toda la pinta de convertirse en unas auténticas "olimpiadas romanas”, capaces de llenar la ciudad de alumnado, actividad e ilusión. Porque si algo define a Felipe Gómez es su capacidad de seguir pensando en lo siguiente.
Pero, más allá de los proyectos y los logros, hay algo que permanece, su forma de ser. Cercano, afable, siempre con una palabra a tiempo y un sentido del humor que suaviza cualquier situación. De esas personas que dejan huella, no solo profesional, sino profundamente humana.
En una ciudad como Mérida, tan dada a mirar a su pasado, quizá va siendo hora de poner también el foco en quienes construyen su presente. Y ahí, sin duda, su nombre aparece con letras propias. Puede que naciera en Trujillanos, pero hay personas que terminan perteneciendo al lugar donde dejan huella. Y la suya, en Mérida, es profunda, duradera y, sobre todo, querida.
Tal vez no sea mala idea empezar a pensar en llamarlo, oficialmente, hijo adoptivo, aunque, en el fondo, ya lo es desde hace tiempo. Porque hay reconocimientos que no necesitan trámite, basta con la memoria colectiva de la propia ciudad.
Y aunque uno no tuvo la suerte de sentarse en sus clases -esas de las que todo el mundo habla con una mezcla de nostalgia y admiración- sí ha crecido escuchando historias de quienes sí lo hicieron. Quizá por eso, sin haber sido alumno suyo, resulta fácil reconocer lo que dejó en cada uno de ellos. Al final, hay profesores que enseñan asignaturas y otros que, sin darse cuenta, terminan enseñando a toda una ciudad.
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