Aula con alma
El profesor de Música de Mérida que enseña "Clavelitos" a sus alumnos con alma de tuno carnavalero
Javier Aláez, conocido como Yuyi en el carnaval y como el Rana en la Tuna de Magisterio de Cáceres, reúne cerca de 90 instrumentos en el aula de Las Josefinas y lleva 25 años enseñando a sus estudiantes a querer la música

Javier Cintas

A Javier Aláez Cidoncha le basta una guitarra, una canción de las de siempre y esa manera tranquila de explicar las cosas para que una clase de Música deje de ser solamente una asignatura. En el mundo carnavalero de la capital extremeña lo conocen como Yuyi y en la tuna también quedó ligado a otro mote, el Rana, por esos ojos verdes que forman parte de su historia. En el colegio Nuestra Señora de Guadalupe de Mérida, conocido como Las Josefinas, lleva 25 años demostrando que en un aula se puede viajar, descubrir otros sonidos y despertar el amor por las notas musicales.

Javier Aláez Cidoncha comparte con sus alumnos una forma de entender la música ligada a la enseñanza, el carnaval, la tuna y la tradición. / Javier Cintas
Javi es tan músico como profesor. O tan profesor como músico. La enseñanza y la música son sus dos grandes pasiones, aunque ponerlo a elegir sea casi una encerrona. "Me pones entre la espada y la pared, si me haces elegir", reconoce a este periódico entre risas. Lo dice con la determinación tranquila de quien no necesita levantar la voz para defender lo que ama. En su caso, el aula y el escenario nunca han estado demasiado lejos: la tuna, el carnaval, las orquestas, los desplazamientos y las canciones populares han terminado entrando por la puerta del reconocido centro educativo.

Javier Aláez Cidoncha comparte con sus alumnos una forma de entender la música ligada a la enseñanza, el carnaval, la tuna y la tradición. / Javier Cintas
Un aula para viajar
En su clase se viaja sin moverse del pupitre. Se viaja a Cuba, a Brasil, a Egipto, a los países árabes y a todos esos lugares de los que han ido llegando instrumentos con historia propia. Algunos los compró durante sus viajes por medio mundo, otros se los regalaron amigos y otros llegaron después de pequeñas aventuras, como aquella vez en Egipto en la que tuvo que comprar una maleta solo para poder traerlos de vuelta. Hoy reúne cerca de 90 instrumentos, algunos tan especiales como el sitar (instrumento de la India y Pakistán),en una clase que parece un pequeño museo musical, pero con algo que no tienen los museos: niños tocando, preguntando, riéndose y descubriendo que el mundo también puede sonar distinto.

Instrumentos de distintos lugares del mundo forman parte del paisaje cotidiano del aula de Música de Las Josefinas. / Javier Cintas
Padre músico y madre cantante
La música le viene de casa. Su padre era músico y su madre cantante, así que creció rodeado de canciones, ensayos y voces, con la música presente de una forma natural, sin solemnidad y sin distancia. Antes de entender del todo qué significaba dedicarse a esto, ya había aprendido que una canción podía acompañar, emocionar y quedarse prendida en la memoria. Esa herencia, que empezó casi como un juego de niño, ha terminado transformándose en su manera de estar delante de los alumnos y de enseñarles que la música no se estudia solamente para aprobarla, sino para sentirla, compartirla y quererla.

Instrumentos de distintos lugares del mundo forman parte del paisaje cotidiano del aula de Música de Las Josefinas. / Javier Cintas
Ukelele, xilófono y pandereta
En sus clases, hace ya tiempo que no suenan flautas. La pandemia del coronaviros terminó de sacar del aula aquel instrumento escolar por excelencia y abrió paso a otras formas de tocar sin perder el contacto directo con la música. En su lugar entró el ukelele, junto al xilófono y otros instrumentos de percusión como la pandereta, que han permitido a los muchachos seguir cantando, acompañando ritmos y haciendo música con las manos.

Instrumentos de distintos lugares del mundo forman parte del paisaje cotidiano del aula de Música de Las Josefinas. / Javier Cintas
El Rana
Si hay una etapa que explica perfectamente esa forma suya de entender la música es la tuna. Empezó con una rondalla en el instituto Santa Eulalia, después llegó la tuna de Politécnica de Mérida y, ya durante sus estudios de Magisterio en Cáceres, la tuna de Magisterio, una etapa que recuerda como una de las mejores de su vida. Allí la música no era solo práctica: era calle, convivencia, noches de canciones y una manera de aprender que después igualmente ha llevado al aula. De aquellos años conserva del mismo modo el mote de el Rana, un nombre que forma parte de esa retentiva tunera que todavía lo acompaña.

Javier Aláez Cidoncha comparte con sus alumnos una forma de entender la música ligada a la enseñanza, el carnaval, la tuna y la tradición. / Javier Cintas
Café Quijano
Asimismo, el carnaval ocupa un lugar esencial en su trayectoria. Cidoncha ha formado parte de chirigotas durante muchos años y guarda con orgullo el recuerdo de haber integrado la primera chirigota extremeña que pisó las tablas del Gran Teatro Falla. A esa faceta se suman sus orquestas, los escenarios de fin de semana, los viajes que le han permitido recorrer Europa y cantar incluso en Brasil, y una relación muy estrecha con Café Quijano y con Manolo Quijano, con quien ha llegado a hacer canciones para orquestas. Un recorrido vital y musical que se cuela cada día en su enseñanza.

Instrumentos de distintos lugares del mundo forman parte del paisaje cotidiano del aula de Música de Las Josefinas. / Javier Cintas
Profesor de lujo
En el aula, toda esa trayectoria se vuelve cercana y toma forma en canciones populares, temas tradicionales y piezas que forman parte de una memoria colectiva que no quiere dejar perder. Entre ellas está "Clavelitos", que en Las Josefinas no suena a canción antigua, sino a puente entre generaciones. Cuando Aláez Cidoncha la canta con sus alumnos, no solo recupera una melodía de toda la vida, sino que deja caer, como en la propia canción, un clavelito de música popular en la mente de los niños. Frente a una generación acostumbrada al consumo rápido de canciones, al reguetón y al autotune, él propone otra manera de escuchar: atender a la letra, descubrir la emoción de una melodía y reconocer cuándo una música está bien hecha. Para él, un buen profesor debe tener una cualidad por encima de todas: amar su profesión. Lo dice sin grandilocuencia, como quien ha comprobado durante años que esa es la base de todo. Y en sus calses esa idea no suena a frase hecha, sino a práctica diaria. Entre guitarras, ukeleles, xilófonos, instrumentos llegados de medio mundo, ecos de tuna, recuerdos de carnaval y canciones de antaño, Yuyi, el Rana o simplemente el profesor de Música de Las Josefinas sigue demostrando que la música no es solo una materia escolar, sino una forma de viajar, de mirar la vida y de conseguir que los chavales emeritenses quieran escucharla. Porque de lo que no hay duda es de que sus alumnos tienen un profesor de lujo.
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