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El Capitel

El valor de la exclusividad del Teatro Romano de Mérida

El prestigio de los grandes espacios culturales no surge por casualidad, sino que se construye a través del tiempo, del respeto a determinadas reglas y de la capacidad para preservar aquello que los hace únicos

Un concierto en el Teatro Romano de Mérida.

Un concierto en el Teatro Romano de Mérida. / EL PERIÓDICO

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Mario Hernández

Mario Hernández

Mérida

La reciente suspensión de los conciertos de Pablo López y Sanguijuelas del Guadiana ha abierto debate sobre la normativa, en este caso de exclusividad, vinculada al uso del Teatro Romano de Mérida. Como suele ocurrir en estos casos, las redes sociales y algunos foros de opinión se han llenado rápidamente de críticas hacia Mérida, los promotores e incluso hacia quienes defienden la singularidad del principal monumento de Extremadura.

Sin embargo, conviene analizar la cuestión con serenidad, lejos de los tópicos, ya que no se trata de soberbia, ni de que Mérida pretenda situarse por encima de ninguna otra ciudad extremeña y, ni mucho menos, de una cuestión de elitismo cultural. La exclusividad responde a una lógica más rotunda como es la de preservar el valor diferencial de un espacio único en el mundo.

Espacio protegido

La normativa del Consorcio (que es quien protege, afortunadamente, el conjunto arqueológico de la ciudad) establece que cualquier espectáculo con ánimo de lucro que se celebre en el Teatro Romano no puede representarse durante ese mismo año en otro punto de Extremadura.

Una condición conocida por las productoras y representantes de los artistas antes de firmar cualquier contrato. No es una norma improvisada, ni una decisión adoptada a última hora, sino que forma parte de las condiciones que se exigen desde hace años y que, quienes desean actuar en el monumento, deben aceptar.

En el caso de Pablo López, la incompatibilidad ha surgido al tener ya programado otro concierto este año en Cáceres, renunciando a Mérida. Otra artista, ante la misma situación, Malú, ha optado por aplazar su actuación en la capital cacereña al próximo año para poder ofrecer su espectáculo en el Teatro Romano.

El cantante Pablo López, en una imagen de archivo durante uno de sus conciertos.

El cantante Pablo López, en una imagen de archivo durante uno de sus conciertos. / El Periódico Extremadura

Ambas opciones son legítimas, pero lo que no parece razonable es responsabilizar a la ciudad de una normativa que todos conocen de antemano ya que actuar en el Teatro no es hacerlo en un recinto cualquiera. Es un escenario monumental con más de dos mil años de historia, un lugar cargado de simbolismo y de una atmósfera difícilmente comparable con cualquier otro espacio escénico.

Escenario único

Son muchos los artistas que han reconocido, públicamente, que actuar en él constituye uno de los momentos más especiales de su carrera. Ese privilegio lleva asociadas determinadas condiciones, exactamente igual que ocurre en otros espacios singulares de referencia nacional e internacional.

Además, la exclusividad no es la única exigencia, también existen limitaciones técnicas, de aforo, de horarios y de conservación patrimonial mucho más estrictas que buscan compatibilizar la actividad cultural con la protección de un legado histórico excepcional, resultando paradójico que, precisamente, la norma menos compleja de todas sea la que más polémica genere.

Algo parecido ocurre con el Festival Internacional de Teatro Clásico. Muchas de las producciones que posteriormente recorren otros escenarios son montajes estrenados el año anterior precisamente para respetar esa singularidad que otorga el Teatro Romano. Gracias a ello, Mérida mantiene una identidad propia y una programación diferenciada que contribuye a reforzar su prestigio cultural.

Sangüijuelas del Guadiana

El caso de Sanguijuelas del Guadiana resulta también ilustrativo. La banda ya congregó, el pasado septiembre, cerca de 8.000 personas en la Plaza de España durante un concierto gratuito con motivo de la Feria. El espectáculo es el mismo, lo que cambia es el escenario y es ahí, precisamente, donde radica el valor añadido que ofrece el Teatro Romano, un marco incomparable capaz de transformar cualquier actuación en una experiencia distinta.

Puede que haya quien no comparta estas normas. Es legítimo, porque siempre existen discrepancias cuando una regulación limita determinadas opciones. Pero conviene recordar que el prestigio de los grandes espacios culturales no surge por casualidad, sino que se construye a través del tiempo, del respeto a determinadas reglas y de la capacidad para preservar aquello que los hace únicos.

Porque, al final, no se trata de que Mérida se crea más que nadie, sino, simplemente, de reconocer y proteger el valor extraordinario de uno de los escenarios más emblemáticos del patrimonio cultural español.

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