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El Capitel

La Charca, el Río. Aquellos veranos de Mérida

El Guadiana era parte de nuestra vida y sus aguas formaban parte de nuestra educación sentimental

Emeritenses bañándose en el río Guadiana.

Emeritenses bañándose en el río Guadiana. / EL PERIÓDICO

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Mario Hernández

Mario Hernández

Mérida

El verano en Mérida siempre ha tenido un olor especial a tardes interminables, a bicicletas apoyadas en cualquier esquina, a amigos llamando a la puerta con la famosa frase "te dejan bajar a jugar" y, sobre todo, al agua fresca del Río y la Charca en mitad de un calor que parecía capaz de derretir hasta las piedras romanas de nuestra ciudad.

Con la llegada junio finalizaban las clases por la tarde y comenzaba una de las épocas más felices del año. No hacían falta grandes planes, sólo bastaba una toalla al hombro y las ganas de correr hacia la orilla de nuestro milenario río. Allí aprendimos a nadar muchos emeritenses y descubrimos la libertad entre chapuzones, risas y algún que otro susto provocado por las famosas pocetas o por aquella temida advertencia de nuestras madres: "No te bañas hasta que no hayas hecho la digestión" (tres horas).

Eran otros tiempos en los que nadie se planteaba tantas cosas. El Guadiana era parte de nuestra vida y sus aguas formaban parte de nuestra educación sentimental, nos bañábamos sin más preocupaciones que regresar a casa antes de que anocheciera.

La Charca

Y lo mismo ocurría con nuestra Charca. Porque antes de denominarla el 'Embalse Romano de Proserpina', antes de los paseos perimetrales, de las duchas y de tantos servicios, simplemente era la Charca. Nuestra Charca.

Todavía muchos recuerdan aquellos viajes familiares en los que parecía imposible que cupiera una persona más dentro de aquel viejo Renault 4L en el que hasta siete miembros de una misma familia viajaban hacia ese paraíso que aparecía de repente cuando asomaba la vieja casa del guarda, blanca, encalada, como una puerta abierta al verano.

Allí nos esperaban los chiringuitos de caña y madera, sencillos, humildes, auténticos. Lugares donde los tintos de verano sabían mejor que en ningún sitio, que se bebían a gargo ayudados por una caña, y donde las tortillas de patatas parecían cocinadas para alimentar la felicidad de generaciones enteras.

La Charca era entonces un espacio casi salvaje que no necesitaba más, nosotros tampoco. Nos bastaban sus orillas, la sombra de los eucaliptos y la sensación de que el verano era infinito.

Hasta las famosas larvas de mosquito, que se pegaban a nuestras piernas, tenían menos importancia de la que hoy les damos pensando que son sanguijuelas. Nuestras madres las retiraban con un simple gesto de la mano mientras nosotros ya estábamos pensando en volver al agua. Entonces nadie hablaba de grandes instalaciones, ni de playas de interior, porque no hacía falta ponerle nombres grandilocuentes a aquello que ya era perfecto.

Hoy, cuando escuchamos hablar de certificaciones, distintivos y servicios, resulta inevitable sonreír al recordar aquellos veranos sencillos. Porque la Charca sigue siendo la Charca, y el Río, el Río. Lo demás son añadidos de nuestro tiempo.

Conservación

Pero lo que nunca debería cambiar es el respeto por esos lugares que forman parte de nuestra memoria colectiva y por eso duele, especialmente, encontrar basura abandonada junto a la orilla, duele ver cómo algunos olvidan que estos espacios son de todos y que cuidarlos es una responsabilidad compartida.

Nuestros padres nos enseñaron que no se dejaba un papel en el suelo, que una bolsa vacía volvía a casa y que el privilegio de disfrutar de aquellos parajes llevaba aparejado el deber de conservarlos. De hecho, pocos castigos resultaban más temibles que quedarse sin ir el domingo a la Charca por haber hecho algo mal. Quizá por eso aquellos recuerdos siguen vivos, porque hablan de una forma de vivir y de entender la ciudad.

El río y la Charca guardan todavía las risas de miles de niños y niñas emeritenses que hoy peinan canas. Guardan meriendas familiares, primeros amores, pandillas de amigos y veranos que parecían no terminar nunca.

Y aunque el tiempo pase y cambien los nombres y las costumbres, siempre habrá una parte de nosotros que seguirá regresando a aquellas tardes luminosas en las que la felicidad cabía en una toalla, un bocadillo y un chapuzón en nuestros pequeños paraísos. Porque hay recuerdos que no vuelven y lugares que jamás abandonan nuestra memoria.

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