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El Capitel

Cuando la Ciudad de la Infancia de Mérida costaba una peseta

Quizá la diferencia no esté en los parques, sino en quienes los llenan de vida: ojalá los niños de hoy la disfruten con la misma intensidad con la que nosotros disfrutamos de aquella

Cuando la Ciudad de la Infancia de Mérida costaba una peseta

Cuando la Ciudad de la Infancia de Mérida costaba una peseta / El Periódico

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Mario Hernández

Mario Hernández

Mérida

Hubo un tiempo en el que nuestra Ciudad de la Infancia estaba en la parte alta de la Rambla, sin grandes estructuras de colores, ni suelos de goma, ni carteles con normas para todo. Tampoco era gratuita, costaba una peseta y, curiosamente, nadie protestaba por pagarla. Aquella moneda era el pasaporte a un mundo donde las tardes parecían no tener fin y la imaginación hacía el resto.

Eso sí, también estaban los más espabilados que buscaban algún hueco entre los setos que rodeaban el parque, desde la calle Santa Juan hasta la Travesía de la Rambla para ahorrarse la peseta. Algunos lograban la hazaña y se convertían en héroes de la pandilla. Otros tenían menos suerte y acababan frente al guarda, que los invitaba a abandonar el recinto con una contundencia poco diplomática y, lo que era aún peor, con el aviso correspondiente a los padres. La regañina en casa estaba garantizada y solía doler bastante más que perder aquella peseta.

Lugar de encuentro

Para muchos niños y niñas emeritenses de los años setenta y principios de los ochenta, aquel parque era el gran lugar de encuentro en una ciudad donde los barrios apenas disponían de algún columpio aislado o un rincón con dos hierros mal contados y donde la Rambla era un auténtico parque de atracciones. Allí nos esperaban los columpios, los balancines, las ruedas giratorias, los toboganes de hierro -auténticas planchas al rojo vivo cuando llegaba julio-, las piscinas, las fuentes, y hasta espacio suficiente para aprender a patinar sin miedo... o con bastante miedo.

Vídeo | Mérida ya disfruta de la Ciudad de la Infancia

Jorge Armestar

El suelo era una mezcla de arena y piedrecillas que hoy provocaría más de un infarto entre los padres de ahora. ¿Quién no recuerda aquellas rodillas despellejadas después de una carrera, un resbalón o una frenada imposible? La solución médica de entonces era infalible, bastaba un poco de saliva, soplar un instante y... «anda, sigue jugando». Milagrosamente, funcionaba.

No era extraño ver a media ciudad infantil luciendo aquellas rodilleras de skay a las que, con el paso de los años, se le fueron incorporando dibujos, colores y adornos, convirtiéndose en un complemento de moda.

Suelos blandos y acolchados

Si hoy apenas se venden será porque los parques han cambiado tanto como los niños y los suelos son blandos, acolchados y seguros. Nosotros caíamos sobre piedras, nos levantábamos, nos sacudíamos el polvo y seguíamos corriendo como si nada. Quizá por eso algunos dicen, con cierta ironía, que entonces éramos de goma y ahora los niños son de cristal.

Ir al parque casi siempre incluía una parada obligada en los quioscos. Juan, Isabel o, un poco más abajo, el de la señora Carmen, junto al Parque de los Enamorados, donde los pequeños ni entrábamos ni entendíamos muy bien qué tenía de especial aquel lugar reservado para los mayores. Con unas pocas pesetas comprábamos pipas, regaliz, chicles, caramelos o aquellas golosinas que parecían durar toda la tarde.

Después llegaron otros tiempos. El parque se convirtió en una estructura de hormigón que nunca consiguió ocupar el lugar que guardábamos en la memoria. Después volvió el verde con algunos juegos y la Rambla recuperó parte de su esencia, pero ya nada era igual.

Hoy Mérida disfruta de una espectacular Ciudad de la Infancia. Un espacio amplio, moderno, accesible, con juegos para todas las edades, zonas de agua y unas instalaciones que cualquier niño soñaría tener cerca de casa. Un magnífico lugar para crecer jugando.

Pero conviene recordar que esto no es una novedad. Los niños y niñas de hace medio siglo también tuvimos nuestra Ciudad de la Infancia. La de la Rambla, que costaba una peseta y que tenía arena, hierro, rodillas peladas, alguna trastada, muchas risas y un puñado de recuerdos que el tiempo no ha conseguido borrar.

Quizá la diferencia no esté en los parques, sino en quienes los llenan de vida. Ojalá los niños de hoy la disfruten con la misma intensidad con la que nosotros disfrutamos de aquella.

Porque los parques cambian, las ciudades evolucionan y los juegos se modernizan, pero hay algo que nunca debería perderse, la capacidad de convertir una simple tarde de verano en un recuerdo para toda la vida.

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