El capitel
Santa Clara, donde Mérida guarda otra de sus almas
La antigua iglesia alberga desde hace cuatro décadas más de 800 piezas que revelan el esplendor visigodo de una ciudad todavía por descubrir

Fachada de la antigua iglesia de Santa Clara. / El Periódico Extremadura

Hay lugares que forman parte de nuestra ciudad desde siempre y, sin embargo, pasan casi desapercibidos para la mayoría de los emeritenses. Los vemos una y otra vez al caminar por sus calles, conocemos su fachada, sabemos dónde están, pero rara vez cruzamos su puerta. Algo así ocurre con el Museo Nacional de Arte Visigodo, la sección visigoda del Museo Nacional de Arte Romano, instalada desde hace cuarenta años en la antigua iglesia de Santa Clara.
Es curioso que una ciudad que presume, con razón, de su extraordinario legado romano no termine de valorar otro de los periodos más importantes de su historia. Porque Mérida no dejó de ser relevante cuando desapareció el Imperio romano; muy al contrario, durante la época visigoda siguió siendo una de las ciudades más influyentes de la península, sede episcopal y referente político, religioso y cultural. Buena parte de aquel esplendor permanece hoy custodiado en un rincón que muchos emeritenses jamás han visitado.
Atmósfera especial
La antigua iglesia de Santa Clara ya merece por sí sola una visita. Su sobria belleza barroca, el silencio que envuelve el templo y la luz que se cuela entre sus muros crean una atmósfera especial. Es uno de esos lugares donde parece que el tiempo camina más despacio y donde las piedras conservan intacta la memoria de quienes las levantaron hace siglos.
Cuando en 1986 abrió sus puertas la nueva sede del Museo Nacional de Arte Romano, la colección visigoda quedó instalada allí de forma provisional, una solución temporal que ha terminado convirtiéndose en una espera de más de cuatro décadas. Mientras tanto, Santa Clara ha seguido acogiendo con dignidad un conjunto arqueológico excepcional que quizá nunca ha recibido la atención que merece.
Más de ochocientas piezas narran la historia de aquella Mérida tardoantigua y visigoda. Muchas proceden de la basílica de Casa Herrera y constituyen una de las colecciones más importantes de España. La majestuosa Cátedra del Obispo, los canceles, las placas-nicho, los tenantes de altar, los capiteles o las pilastras delicadamente decoradas hablan de una ciudad llena de vida, de fe y de arte. En la Sala de los Escudos, además, se conservan piezas medievales de enorme valor, entre ellas la inscripción fundacional de la alcazaba ordenada por Abd al-Rahman II en el año 835, otro testimonio de las muchas civilizaciones que han ido escribiendo la historia de Mérida.

La colección visigoda convive con la arquitectura barroca del antiguo templo de Santa Clara. / El Periódico Extremadura
La primera vez que entré, me sorprendió comprobar que aquel edificio, por el que tantas veces había pasado sin apenas reparar en él, escondía un auténtico tesoro. Pensé entonces que, probablemente, a muchos emeritenses les ocurriría lo mismo, ya que tendemos a admirar lo de fuera mientras olvidamos lo que tenemos a unos pocos metros de casa.
Es cierto que la colección merece un edificio concebido específicamente para exponer unas piezas de semejante relevancia. Ojalá algún día ese proyecto llegue a hacerse realidad y el arte visigodo disponga del espacio que merece. Pero también es verdad que Santa Clara posee un encanto difícil de explicar. Sus muros parecen dialogar con cada una de las piezas que alberga, como si el continente y el contenido hubieran aprendido a convivir durante estos cuarenta años.
Ojos curiosos
El Museo Visigodo sigue siendo el gran desconocido de Mérida. Tal vez por eso conserva intacta esa capacidad de sorprender a quien decide dedicarle una mañana tranquila, sin prisas. Porque hay lugares que no necesitan grandes campañas de promoción, solo necesitan que los emeritenses volvamos a mirarlos con los mismos ojos curiosos con los que contemplábamos nuestra ciudad cuando éramos niños y descubríamos que, en cada rincón de Mérida, siempre había una historia esperando a ser contada.
Solo entonces se comprende que aquellas piedras no son restos de un pasado remoto, sino fragmentos de nuestra propia historia. Que cada capitel, cada inscripción y cada relieve hablan también de nosotros, de la ciudad que fuimos y de la que seguimos siendo.
Quizá ese sea el verdadero milagro de Mérida, una ciudad capaz de seguir emocionándonos después de más de dos mil años. Solo hace falta detenerse un instante, entrar donde nunca entramos y dejar que sus piedras nos hablen. Porque quien visita Santa Clara no sale únicamente conociendo mejor el arte visigodo; sale queriendo un poco más a Mérida.
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