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El Capitel

Mérida sigue hablando desde sus entrañas

Hay ciudades que guardan su historia en los libros y en los museos y otras que, como Mérida, la esconden bajo nuestros pies y esperan pacientemente a que alguien levante una baldosa

Mérida sigue hablando desde sus entrañas

Mérida sigue hablando desde sus entrañas / Celia Lafuente

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Mario Hernández

Mario Hernández

Mérida

Hay ciudades que guardan su historia en los libros y en los museos y otras que, como Mérida, la esconden bajo nuestros pies y esperan, pacientemente, a que alguien levante una baldosa, abra una zanja o remueva la tierra para volver a hablar.

El reciente descubrimiento de una serie de sepulturas, una calzada y unas cloacas en el entorno de la Basílica de Santa Eulalia, en esa Rambla que lleva su nombre y que tantas historias guarda, no deja de ser la constatación de que Mérida acaba de abrir una nueva página de su interminable historia.

Excavación arquelógica que halló una necrópolis y la tumba de una niña cristiana en una casa de Mérida.

Excavación arquelógica que halló una necrópolis y la tumba de una niña cristiana en una casa de Mérida. / Celia Lafuente

Hasta el siglo VI

Unos restos que nos trasladan hasta el siglo VI y que nos recuerdan que bajo la Mérida actual existe otra ciudad, mucho más antigua, que permanece esperando su momento para volver a salir a la luz. Pero entre todo lo hallado hay una historia que emociona especialmente. La de una niña cristiana de 10 años, llamada Pascencia «la que nutre o alimenta», cuya lápida nos cuenta que falleció el 18 de mayo del 509.

De pronto, la historia deja de ser una sucesión de siglos para poner nombre, fecha y humanidad a una vida. Hace 1.500 años una familia lloró la pérdida de una hija en el mismo lugar por el que hoy paseamos con absoluta normalidad. Ese es el auténtico milagro de la arqueología, el de devolvernos personas, no solo restos.

Inscripción de la tumba.

Inscripción de la tumba. / Celia Lafuente

Y no debería sorprendernos porque todo el entorno de lo que durante siglos se conoció como el arrabal de Santa Eulalia fue un espacio estrechamente vinculado a la vida y a la muerte. Era habitual que los cementerios se situaran alrededor de lugares santos, como ocurrió también, siglos después, con el cementerio de Santa María, en la plaza que todavía conserva su nombre, o el del Calvario.

Y es que en Mérida la historia no está lejos, sino justo debajo de nosotros. Por eso, hacer una obra aquí siempre ha estado supeditado a las correspondientes catas, especialmente en esas denominadas «zonas calientes», donde cualquier excavación puede convertirse en un viaje inesperado hacia nuestro pasado.

Las temidas expropiaciones

Hasta los años ochenta, muchas de esas propiedades podían acabar siendo expropiadas cuando aparecían restos de especial interés, quizá por eso hubo quien prefirió mirar hacia otro lado, ocultar o tapar aquello que podía convertirse en un problema. Porque la historia, en ocasiones, también se ha escondido por miedo a que alguien la encontrara.

Hoy, afortunadamente, las cosas son diferentes porque, gracias al trabajo del Consorcio de la Ciudad Monumental, el descubrimiento de nuevos restos ya no tiene por qué significar la pérdida de una propiedad. El principal inconveniente, en muchos casos, es el tiempo necesario para documentar, catalogar y estudiar aquello que aparece y decidir, posteriormente, si debe conservarse o integrarse en el propio proyecto.

Excavación arqueológica en la casa donde se ha hallado una necrópolis y la tumba de una niña.

Excavación arqueológica en la casa donde se ha hallado una necrópolis y la tumba de una niña. / Celia Lafuente

Y aquí es posible, prueba de ello son los restos de la calle Baños, la Puerta de la Villa o la calle John Lennon, entre otros. Lugares donde la ciudad contemporánea convive, de una manera casi mágica, con la ciudad que estuvo aquí antes que nosotros.

El privilegio de Mérida

Porque quizá ese sea uno de los mayores privilegios de Mérida, caminar por sus calles sabiendo que, bajo el asfalto, bajo las casas y bajo las aceras, hay miles de historias esperando ser contadas y que cada obra puede convertirse en una ventana al pasado y que cada hallazgo nos devuelve un pedazo de lo que fuimos.

Por eso, dejemos que Mérida siga gritando su historia desde sus entrañas, levantando poco a poco las páginas que durante siglos permanecieron enterradas. No tengamos miedo a encontrarlas, ni ver el patrimonio como un obstáculo, sino como el privilegio de vivir sobre una ciudad que todavía tiene mucho que contarnos.

Porque cada sepultura, cada calzada, cada cloaca, cada muro que aparece bajo nuestros pies no es solamente una piedra antigua, es la voz de quienes vivieron aquí antes que nosotros, y también la de Pascencia, una niña cuyo nombre ha permanecido en silencio durante quince siglos hasta que Mérida ha decidido volver a pronunciarlo. Porque mientras otras ciudades cuentan su historia, Mérida todavía tiene la suerte de poder desenterrarla.

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