El capitel
La calle de Mérida que nunca quiso dormir (I)
La John Lennon fue durante años el gran corazón de la noche emeritense, que se extendía hasta la Plaza de Santo Domingo y adyacentes

El pub Telum de Mérida, en los años 80. / EL PERIÓDICO

Hubo un tiempo en que decir "nos vemos en la Lennon" no necesitaba explicaciones. Todo el mundo acababa en aquella calle que, hoy silenciosa, fue durante años el gran corazón de la noche emeritense, y que se extendía hasta la Plaza de Santo Domingo y adyacentes.
Una calle que ha tenido varios nombres, San Andrés, Comandante Castejón, hasta que, a mediados de los 80, el alcalde Antonio Vélez tuvo el acierto de rebautizarla con el nombre de John Lennon, el eterno soñador de Liverpool. Y pocas calles han hecho tanto honor a su nombre, porque allí también se soñaba. Se soñaba con amores que duraban una noche o una vida entera, con amistades que todavía hoy sobreviven al paso del tiempo o con canciones que ya son eternas.
La Lennon era una sinfonía de luces, risas y música que escapaba de cada local, cada uno con su personalidad aunque todos formaban parte de la misma familia nocturna.
Un mosaico de estilos en el que estaba El Pacá, donde acababan muchas noches, el Rick’s American Café, con ese aire distinto que hacía sentir que uno había viajado unos cuantos miles de kilómetros sin salir de Mérida; el Tertulia, que más tarde se convertiría en el inolvidable Odin, el Sopa de Ajo, el Rocio, el Lennon, cuyas ventanas hasta hace poco han conservado la forma de esas inconfundibles gafas redondas que vigilaban la calle como si esperaran que en cualquier momento volviera a sonar Imagine, el Gris.

Puerta del Odin. / EL PERIÓDICO
Y, en esa extensión en la que se convirtió la Plaza de Santo Domingo, el Telum, posteriormente Cine + Rock, con el amigo Grumete, que era una amalgama de diferentes tendencias juveniles, el garaje -y posteriores-, el Dada o el Bar Sala, que aún sigue existiendo y que, a pesar de no ser un pub como tal, servía también de punto inicial de encuentro.
Y luego estaban otros que forman parte, por derecho propio, de la historia de la noche emeritense, la DT, Maikel's, Menfas y La Rivolta. Locales que merecen detenerse en ellos sin prisas, porque cada uno escribió páginas inolvidables de la memoria colectiva de varias generaciones y, precisamente por ello, tendrán su espacio en esta serie de recuerdos.

Puerta del Rick's. / EL PERIÓDICO
Aquello era un río humano. Miles de jóvenes -y no tan jóvenes- la recorrían de un extremo a otro. Noches en las que resultaba imposible caminar sin detenerse a saludar a alguien, un compañero de instituto, un vecino, un primo o ese amigo al que solo veías los fines de semana y que parecía vivir exclusivamente de noche.
La Lennon era democrática. No importaba la ropa, ni la edad, ni el barrio del que vinieras, todos terminábamos compartiendo aceras, conversaciones y alguna que otra confidencia al amparo de la noche.
Pero su éxito acabó chocando con el legítimo descanso de quienes vivían en ella. Las protestas vecinales fueron creciendo hasta que las administraciones comenzaron a limitar horarios y licencias. Poco a poco fueron apagándose los equipos de música, cerrándose los locales y desapareciendo aquello que parecía eterno. Nadie pensó entonces que el silencio pudiera instalarse para siempre.

El bar Sala. / EL PERIÓDICO
Hoy cuesta imaginar que aquella calle llegara a ser una de la más marchosa de Extremadura. Donde antes había colas para entrar en los pubs, ahora abundan las persianas cerradas. Donde sonaban guitarras, rock, pop o sevillanas, hoy apenas se escucha el rumor de los pasos de quienes la atraviesan.
Y, sin embargo, aún queda una pequeña llama encendida. La Cervecería Bremen resiste -ahora en el local contiguo-, inasequible al desaliento, como esos viejos faros que siguen iluminando la costa aunque los barcos ya no pasen con la misma frecuencia. Allí todavía parece latir una parte del alma de aquella calle que se negó durante décadas a acostarse temprano.

Cervecería Bremen. / EL PERIÓDICO
Quienes conocimos la Lennon en su edad de oro sabemos que hay momentos irrepetibles y somos conscientes de que nunca volverá aquella generación que la convirtió en el escenario de sus mejores recuerdos.
Quizá John Lennon tenía razón cuando decía que "la vida es aquello que pasa mientras estás ocupado haciendo otros planes". Y la vida, para miles de emeritenses, pasó precisamente allí. Entre abrazos, canciones, primeras miradas, despedidas al amanecer y la certeza de que, mientras existiera aquella calle, la noche de Mérida siempre tendría un lugar al que regresar.
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