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El Capitel

De Imanol a Daniel: 36 años después Mérida vuelve a aplaudir a un Arias

Cada verano se representan nuevas historias en el Teatro Romano, pero también regresan otras que solo existen en la memoria del espectador

De Imanol a Daniel: 36 años después Mérida vuelve a aplaudir a un Arias

De Imanol a Daniel: 36 años después Mérida vuelve a aplaudir a un Arias / José M. Moreno

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Mario Hernández

Mario Hernández

Mérida

Hay recuerdos que permanecen durante años y que, sin previo aviso, regresan con una fuerza inesperada. Basta un escenario o un gesto para que la memoria haga el resto y eso me ha ocurrido esta semana en el Teatro Romano de Mérida.

Mientras disfrutaba de Cómicos de Roma, no pude evitar viajar 36 años atrás, a aquel 26 de julio de 1990, cuando Imanol Arias conquistó el Festival de Mérida con un inolvidable Calígula que, quienes tuvimos la suerte de contemplar aquella interpretación, difícilmente la hemos olvidado. Fue una de esas actuaciones que terminan formando parte de la historia del Festival y, sobre todo, de la memoria sentimental de quienes tuvimos el privilegio de presenciarla.

Imanol Arias interpretando a Calígula, en el Teatro Romano de Mérida en 1990.

Imanol Arias interpretando a Calígula, en el Teatro Romano de Mérida en 1990. / TVE

Por eso resulta inevitable sentir un escalofrío al ver, sobre la misma arena, a otro Arias. Esta vez no era Imanol quien salía a escena, sino Daniel, su hijo. Pero el padre también estaba allí, no bajo los focos, sino entre el público, siguiendo cada escena de quien debutaba en el Teatro Romano, porque hay imágenes que no necesitan palabras para transmitir toda su emoción, y esa era una de ellas.

El amor por el oficio

No es cuestión de comparaciones, porque serían injustas para ambos, cada actor tiene su tiempo, su voz y su propio camino. Daniel Arias no llegaba a Mérida como una promesa, sino con una trayectoria que ya habla por sí sola. Sin embargo, hay algo profundamente conmovedor al comprobar que el amor por un oficio puede transmitirse de generación en generación y que un mismo escenario puede convertirse en el punto de encuentro entre dos momentos distintos de una misma historia.

Daniel Arias en 'Cómicos de Roma', en el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida.

Daniel Arias en 'Cómicos de Roma', en el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida. / José M. Moreno

En un reparto lleno de 'nombres', Daniel no solo cumple, sino que brilla con naturalidad sorprendente, con seguridad y con una presencia escénica que consigue atraer la mirada del público sin necesidad de artificios. No destaca por su apellido; destaca por su trabajo y ese, probablemente, sea el mejor elogio que puede recibir un actor que lleva sobre los hombros el peso de su apellido.

Mientras lo observaba, no podía evitar dirigir también la mirada hacia el lugar donde se encontraba Imanol Arias imaginando qué debía estar sintiendo. No asistía al debut de un hijo en el Teatro Romano, sino que asistía, quizá con una emoción difícil de describir, a su primera vez en Mérida, al encuentro entre su hijo y el escenario que marcó una parte de su propia carrera. El protagonista de aquel inolvidable Calígula contemplaba ahora desde la grada cómo otro Arias se enfrentaba, con personalidad y talento propios, al mismo Teatro. Pocas veces el relevo generacional encuentra una imagen tan poderosa.

Daniel Arias en el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida.

Daniel Arias en el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida. / José M. Moreno

El escenario misterioso

El Teatro tiene algo de misterioso. Las mismas piedras que un día acogieron a Imanol Arias contemplan hoy a su hijo que escribe su propia historia. Treinta y seis años separan ambas imágenes, pero el escenario parece borrar el tiempo. Incluso el extraordinario parecido físico entre padre e hijo contribuye a esa sensación de continuidad que solo el Teatro Romano es capaz de provocar.

Quizá una de las mayores grandezas del Teatro Romano es que conserva algo más que piedra milenaria, conserva emociones. Cada verano se representan nuevas historias, pero también regresan otras que solo existen en la memoria del espectador y que, de vez en cuando, nos regala momentos capaces de unir pasado y presente en una sola imagen.

Porque hay apellidos que pueden abrir una puerta, pero solo el talento permite permanecer al otro lado. Daniel Arias demostró en Cómicos de Roma que no llegó a Mérida para prolongar el recuerdo de Imanol, sino para escribir el suyo propio. Y el Teatro Romano, una vez más, volvió a demostrar que hay lugares donde el tiempo no pasa, simplemente cambia de protagonistas.

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