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El Capitel

Mérida, la ciudad que Lorca soñó

Mañana martes, 18 de agosto, se cumplirán noventa años de su asesinato, aunque jamás pudieron matar sus versos

Federico García Lorca y Margarita Xirgu.

Federico García Lorca y Margarita Xirgu. / Web Margarida Xirgu

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Mario Hernández

Mario Hernández

Mérida

Hay nombres que, con el paso del tiempo, dejan de pertenecer únicamente a quienes los pronunciaron por primera vez y terminan haciendose de una ciudad, de una generación hasta hacerse universales.

El de Federico García Lorca es uno de ellos. Mañana martes, 18 de agosto, se cumplirán noventa años de su asesinato, aunque jamás pudieron matar sus versos. Noventa años después, y como destacó Jesús Torres, director de El Aedo Teatro, al recoger en el Teatro Romano el Max a la mejor produccion privada, Lorca sigue estando en los escenarios, en las bibliotecas, en las aulas, a lo que añado que, de alguna manera, también en Mérida.

Porque Lorca también es de Mérida, por el teatro, por Margarita Xirgu y, sobre todo, por Santa Eulalia. Federico y Mérida parecen estar unidos por una de esas casualidades que, cuando uno las mira con perspectiva, dejan de parecerlas.

La Barraca

El poeta soñaba con acercar los clásicos al pueblo, sacar a los grandes autores de los lugares solemnes y llevarlos allí donde estaba la gente. Ese era el espíritu de La Barraca, aquella compañía universitaria que recorrió España llevando el teatro a plazas y pueblos. Y Mérida tenía algo que parecía hecho para ese sueño, un Teatro Romano que llevaba siglos esperando volver a escuchar la voz de los actores.

Lorca quiso que La Barraca llegara a Mérida, en aquel viaje de teatro y cultura, para devolver la palabra de los clásicos a unas piedras que, durante siglos, habían permanecido en silencio y que, por la sinrazón de la época, no pudo hacer.

Montaje teatral en el Teatro Romano de Mérida.

Montaje teatral en el Teatro Romano de Mérida. / Festival de Mérida

Lo hizo, en cambio, quien mejor podía hacerlo por él, Margarita Xirgu, su gran amiga, su actriz, su compañera de tantas aventuras teatrales. Y lo hizo de la manera más hermosa el 18 de junio de 1933, cuando la actriz volvió a poner en pie el Teatro Romano con Medea. Las piedras dejaron de ser ruinas para convertirse otra vez en escenario, el público volvió a sentarse frente a ellas y, durante unas horas, el pasado se convirtió en presente y, sin saberlo, en futuro, siendo el comienzo de una historia que todavía continúa; la historia del Festival de Mérida.

Lorca no pudo traer La Barraca hasta Mérida, pero su sueño terminó llegando de la mano de Margarita Xirgu. Y quizá no haya mejor homenaje a un poeta como el que su gran amiga hiciera realidad, sobre la arena del Teatro Romano, aquello que él había imaginado.

Santa Eulalia

Pero hay otra conexión mucho más íntima, una conexión que está escrita. Lorca escribió sobre Mérida y escribió sobre nuestra Eulalia. En Romancero gitano, publicado en 1928, aparece Martirio de Santa Olalla, uno de esos poemas a los que uno debería volver de vez en cuando para comprender hasta qué punto un poeta puede mirar una ciudad y transformarla.

Lorca mira Mérida y ve sus ruinas, sus piedras y sus restos romanos, pero también ve a una niña, a Olalla, nuestra Eulalia que, siglos después de su martirio, llegó hasta los versos del poeta granadino que felizmente ha traído a la actualidad el coro Juan del Encina.

Y entonces sucede algo extraordinario, Federico no habla de Mérida como una ciudad arqueológica, sino como una historia y un símbolo convirtiendo el martirio de aquella joven emeritense en poesía. Quizá por eso resulta tan emocionante comprobar que, casi un siglo después, sigamos encontrándonos con él, representando a los clásicos en el mismo escenario que recuperó Margarita Xirgu, hablando de Santa Eulalia, llenando el Teatro Romano de historias y, sobre todo, sigamos leyéndolo.

Por eso pienso que el sueño de Federico se quedó en ese Teatro Romano que quería recuperar para el pueblo, pero sobre todo, en aquellos versos que un día hicieron que una niña mártir de la antigua Emérita Augusta se convirtiera también en una criatura de la poesía.

Noventa años después de que quisieran silenciarlo, Lorca sigue hablando. Y quizá una de las cosas más bonitas de nuestra ciudad sea precisamente esa, que aquí los muertos no terminan de marcharse, sino que siguen entre nosotros, en las piedras, en los escenarios, en la memoria y, a veces, en unos versos.

Como los de Lorca hacia Santa Eulalia que, hoy, noventa años después, nos recuerdan que hay voces que ni siquiera la muerte consigue callar.

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