Historia
Sin aire acondicionado ni ventiladores: así combatían el calor los romanos de Mérida hace 2.000 años
Madrugaban para trabajar, descansaban en las horas centrales y aprovechaban el agua, la sombra, las termas y una arquitectura concebida para hacer más llevaderos los duros veranos

El Imperio Romano luce sus tropas en Emerita Augusta. / Javier Cintas
L. Jiménez Cortés
¿Cómo se protegían del calor los habitantes de Mérida hace casi dos mil años? En estos días en los que las temperaturas superan con facilidad los cuarenta grados y las olas de calor apenas dan tregua, resulta inevitable mirar hacia atrás y preguntarse cómo afrontaban el verano quienes vivían en la antigua Augusta Emerita, una de las grandes ciudades de la Hispania romana. No tenían ventiladores, aire acondicionado ni modernos sistemas de refrigeración, pero aquellos primeros emeritenses aprendieron a adaptar su forma de vida al clima mediante una combinación de ingenio, organización y aprovechamiento de los recursos que tenían a su alcance: agua, sombra, patios, vegetación y edificios pensados para hacer más llevaderas las temperaturas.
La arquitectura romana no consistía únicamente en levantar grandes monumentos. Implicaba igualmente pensar cómo se relacionaban las personas con el sol, el agua, el aire y los espacios comunes. Buena parte de la actividad comenzaba muy temprano, con la hora prima, poco después del amanecer, cuando las temperaturas todavía permitían trabajar con cierta comodidad. Era el mejor momento para desarrollar labores agrícolas, artesanales o comerciales antes de que el sol alcanzara su máxima intensidad.

Javier Cintas
Al llegar la hora sexta, alrededor del mediodía, el ritmo disminuía de forma notable. Llegaba el momento de comer y descansar, y muchos buscaban refugio en las zonas más frescas de sus viviendas, sobre todo en las estancias situadas alrededor de patios interiores, donde la sombra y la circulación del aire ayudaban a soportar mejor el calor. De aquella sexta hora procede precisamente nuestra palabra siesta. Más tarde, con la llegada de la hora nona y el descenso progresivo de las temperaturas, la actividad podía recuperarse hasta el final de la jornada.
Una alimentación adaptada al verano
La comida podía convertirse en otra aliada durante los meses más calurosos. En las mesas aparecían productos como higos, uvas, aceitunas, verduras, legumbres, queso, pan y otras frutas de temporada, acompañados del omnipresente aceite de oliva. El pescado y otros alimentos disponibles en el territorio completaban una dieta que podía resultar bastante más sencilla que los grandes banquetes con los que habitualmente identificamos a Roma. Era frecuente, además, beber vino rebajado con agua y preparar distintas mezclas con miel, hierbas o especias.
El agua, el gran aliado de Augusta Emerita
Si Augusta Emerita disponía de un recurso decisivo para hacer frente al verano era, sin duda, el agua. La ciudad contó con un extraordinario sistema hidráulico que permitió abastecer a una de las urbes más importantes de la Hispania romana. Tradicionalmente se conocen las conducciones de Cornalvo-Aqua Augusta, Proserpina-Los Milagros y Rabo de Buey-San Lázaro, a las que las investigaciones arqueológicas sumaron posteriormente otra importante conducción localizada en la zona de Las Abadías.
El espectacular acueducto de Los Milagros formaba parte de ese complejo sistema encargado de conducir y distribuir el agua hasta la ciudad. Aquella infraestructura permitía abastecer fuentes, termas, depósitos y distintos puntos urbanos, convirtiendo el agua en un elemento imprescindible no solo para beber o cocinar, sino para la higiene y la vida cotidiana. Podía conservarse, además, en recipientes de barro poroso, cuya evaporación ayudaba a mantenerla más fresca. Dos mil años antes del frigorífico, el botijo ya tenía sus antepasados.
Las termas eran mucho más que un lugar para bañarse
Las termas constituían otro de los espacios en los que encontrar alivio frente a las temperaturas. No eran únicamente lugares destinados a la higiene, sino auténticos centros de convivencia en los que se conversaba, se hacía ejercicio, se cerraban negocios y se disfrutaba del tiempo libre. El recorrido termal podía incluir estancias a distintas temperaturas y el frigidarium, destinado al baño frío, permitía refrescar el cuerpo después de pasar por zonas templadas o calientes.
Los ríos Guadiana y Albarregas y los espacios próximos con vegetación ofrecían, por su parte, ambientes naturalmente más agradables que aquellos completamente expuestos al sol. A ello se sumaba una vestimenta adaptada al verano, con tejidos ligeros, principalmente lino, y sandalias abiertas. Entre las clases más acomodadas existieron parasoles y abanicos fabricados con distintos materiales. Cambian los diseños y las modas, pero buscar una sombra o mover un abanico cuando aprieta el calor sigue funcionando casi dos mil años después.

El Imperio Romano luce sus tropas en Emerita Augusta. / Javier Cintas
Casas pensadas para encontrar el fresco
La propia configuración de Augusta Emerita contribuía a proteger a sus habitantes del calor. Los grandes pórticos proporcionaban sombra en los espacios públicos y permitían caminar o desarrollar determinadas actividades sin permanecer continuamente bajo el sol. En algunas zonas, las calles estrechas y la cercanía entre los edificios reducían la exposición solar durante parte del día, mientras las viviendas de las familias más acomodadas se organizaban alrededor de atrios y peristilos, en ocasiones acompañados de jardines, estanques o pequeñas fuentes.
El agua, la vegetación y los espacios interiores contribuían a generar ambientes más agradables. La arquitectura funcionaba así como una especie de climatización pasiva mucho antes de que existiera ese concepto. No había ningún mando a distancia que pulsar: había que aprovechar las corrientes de aire, buscar una orientación adecuada, crear sombra y reducir la incidencia directa del sol sobre las habitaciones y los lugares en los que transcurría buena parte de la vida cotidiana.
Cuando caía el sol, la ciudad recuperaba el pulso
Con el descenso de las temperaturas, Augusta Emerita volvía a respirar. Las calles, plazas y pórticos recuperaban actividad y, en las jornadas en las que había espectáculos, los emeritenses podían acudir a algunos de los extraordinarios edificios que todavía hoy definen la ciudad. El teatro acogía representaciones dramáticas, el anfiteatro era escenario de combates y otros espectáculos y el gigantesco circo romano congregaba a miles de personas alrededor de las carreras de carros. Como ocurre todavía hoy en cualquier ciudad extremeña durante el verano, cuando el sol empezaba a aflojar llegaba uno de los mejores momentos para volver a salir de casa.
Dos mil años después, algunos consejos apenas han cambiado
Los habitantes de Augusta Emerita conocieron veranos duros y aprendieron a organizar sus horarios, aprovechar las sombras, buscar espacios ventilados, utilizar el agua y reducir la actividad durante las horas centrales del día. Sin electricidad, frigoríficos ni aire acondicionado, hicieron de la adaptación al entorno una de sus mejores herramientas para convivir con las altas temperaturas. Muchas de aquellas soluciones pueden parecer sencillas vistas desde el presente, pero respondían a una manera de organizar la ciudad, las viviendas y la vida cotidiana en función del clima.
Y hay algo muy curioso: dos mil años después, algunos consejos continúan siendo prácticamente los mismos. Este verano, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, recomendó beber agua, utilizar crema solar y evitar el deporte al aire libre durante las horas más calurosas del día. Probablemente a un habitante de Augusta Emerita no le habría sorprendido demasiado el consejo. La crema solar habría necesitado alguna explicación, pero lo de buscar agua, refugiarse en la sombra y no ponerse a trabajar bajo el sol del mediodía ya lo tenían bastante aprendido.
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