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El Capitel

La feria de Mérida llega mucho antes del alumbrado

Los postes, los farolillos y los comercios que echan el cierre anuncian el ritual con el que cada verano la ciudad se prepara para celebrar la vida

Mérida recupera su cielo lleno de farolillos rojos.

Mérida recupera su cielo lleno de farolillos rojos. / Cedido

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Mario Hernández

Mario Hernández

Mérida

La Feria de Mérida no comienza cuando se enciende el alumbrado y estalla el primer aplauso bajo la portada, siempre llega antes. Se va anunciando, poco a poco, mediante pequeñas señales que los emeritenses hemos aprendido a reconocer como quien interpreta los primeros síntomas de una felicidad conocida.

El primer aviso suele aparecer incluso antes de que el calor alcance su máxima intensidad. A finales de junio, la ciudad entra en un curioso estado de pausa para cualquier asunto que no sea absolutamente imprescindible y que queda automáticamente aplazado con un "ya lo vemos después de Feria". Una expresión que sirve para todo, reuniones, proyectos, reformas, llamadas e incluso decisiones importantes. Es como si el calendario emeritense tuviera una frontera invisible que todos respetamos sin necesidad de que nadie la imponga.

Vista de la calle Trajano, adornada para la Feria de Mérida.

Vista de la calle Trajano, adornada para la Feria de Mérida. / El Periódico

Encender la ilusión

Después llega ese momento que, año tras año, termina convirtiéndose en noticia. A mediados de julio empiezan a aparecer los postes de madera donde, semanas más tarde, se sujetarán los arcos de luz del recinto ferial. Resulta curioso que unos simples postes despierten tanto interés, los periódicos los fotografían, las televisiones les dedican unos segundos y las redes sociales los convierten en protagonistas. Y, de repente, todos pensamos exactamente lo mismo: "ya queda menos". Esos postes todavía no iluminan nada, pero consiguen encender la ilusión.

Agosto avanza despacio y cuando comienza a despedirse aparecen los farolillos rojos que cruzan las calles del centro. Son, probablemente, el símbolo definitivo de que la Feria ya está llamando a la puerta. Basta verlos balancearse sobre nuestras cabezas para comprender que la espera ha terminado.

En Mérida existe una vieja teoría, transmitida casi como un conocimiento científico de generación en generación. Hay quien sostiene que colocar los farolillos es la forma más rápida de invocar a la lluvia. No falla. Basta con que aparezcan los farolillos para que alguien levante la vista y anuncie con absoluta convicción: "en unos días llueve". Y lo más sorprendente es que, como ha vuelto a ocurrir este año, aciertan.

Varios farolillos quedaron dañados tras la lluvia y el viento registrados en Mérida.

Varios farolillos quedaron dañados tras la lluvia y el viento registrados en Mérida. / Alberto Manzano

El horario especial de feria

Pero si existe una tradición auténticamente emeritense, son los carteles de los comercios anunciando el horario especial de Feria. Los bancos reducen su actividad, algunas oficinas trabajan únicamente por las mañanas y muchos negocios adaptan sus horarios.

Cartel anunciando el cierre de un establecimiento comercial de Mérida.

Cartel anunciando el cierre de un establecimiento comercial de Mérida. / El Periódico

Luego están esos carteles que forman parte del paisaje sentimental de la ciudad: 'Cerrado por vacaciones hasta el 8 de septiembre'. No hay anuncio más sincero ni más emeritense, es la manera de decir que, durante unos días, la vida puede esperar, que ya habrá tiempo para las prisas, las facturas y las obligaciones. Ahora toca otra cosa, porque la Feria también consiste en eso, en concedernos el derecho a detener el reloj durante una semana.

Entonces llega la noche del alumbrado, las luces vencen definitivamente a la espera y Mérida se transforma. Las calles se llenan de encuentros improvisados, las plazas recuperan conversaciones que llevaban un año pendientes y el recinto ferial comienza a latir con esa mezcla de música, risas y abrazos que sólo se entiende cuando se vive.

Una oficina de Mérida cerrada por vacaciones durante la feria.

Una oficina de Mérida cerrada por vacaciones durante la feria. / El Periódico

Un lugar para todos

Y cada uno encuentra su Feria. Hay quien no perdona una caseta, quien prefiere cenar en el centro antes de perderse entre las atracciones, quien disfruta viendo a los niños con la misma ilusión con la que un día la vivió él, y quien sólo necesita pasear, saludar a medio Mérida y dejar que la noche haga el resto.

Porque esa es, quizá, la mayor virtud de la Feria, ofrecer un lugar para todos. Para quien busca el bullicio y para quien prefiere la conversación tranquila, para las familias, para los jóvenes, para los mayores y para quienes regresan cada año sólo para volver a sentir que siguen perteneciendo a esta ciudad.

Y cuando todo eso ocurre, comprendemos que aquellas reuniones aplazadas "hasta después de Feria", aquellos postes de madera aún sin luces, los farolillos rojos y los escaparates cerrados por vacaciones no eran simples detalles, eran los capítulos de un viejo ritual que Mérida repite cada verano para recordarnos que la felicidad, muchas veces, no empieza cuando se encienden las bombillas, sino mucho antes, en esos pequeños símbolos que nos anuncian que ya vuelve la semana en la que la ciudad decide, un año más, celebrar la vida.

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