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Pesar por su pérdida

El instituto Zurbarán de Navalmoral de la Mata donde estudió Ange le recuerda con un emotivo minuto de silencio

Docentes y alumnos salieron este jueves al patio para recordar al que fue un alumno muy querido y cuya familia adoptiva está muy implicada en el centro

Ange fue alumno del instituto Zurbarán.

Ange fue alumno del instituto Zurbarán. / Cedida

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Navalmoral de la Mata

La comunidad educativa del Instituto de Enseñanza Secundaria Zurbarán de Navalmoral de la Mata salió este lunes al completo al patio principal del centro educativo, una vez finalizado el recreo, para recordar con un minuto de silencio a Ange Uriel, antiguo alumno del centro. Su cuerpo apareció sin vida el 3 de junio en el Campo de Golf de Talayuela. Los que fueron sus profesores y compañeros en clase quisieron con este acto «dejar testimonio de nuestro abrazo a su familia, también muy vinculada al centro».

Ange fue alumno del Ciclo Formativo Grado Básico de Administración y de Servicio Administrativo.

Estuvo acogido por una familia de Navalmoral de la Mata, según expusieron desde el propio centro que también tuvieron palabras de apoyo para su madre Arantxa, perteneciente al Consejo Escolar como representante, y en el centro también están sus dos hermanas de acogida, Valeria que ya terminó Bachillerato el año pasado y Carlota, que este año cursa tercero.

De esta manera, el IES Zurbarán ha querido dejar su profundo pesar por la pérdida de Ange.

La Odisea hacia España

Nacido en Costa de Marfil en 2001, Ange creció junto a sus padres y tres hermanos. Desde niño soñaba con estudiar y convertirse en futbolista. La falta de recursos económicos y las dificultades que atravesaba su familia le empujaron a tomar una decisión que cambiaría su vida para siempre: emprender el camino hacia Europa.

Buena parte de esa historia la contó él mismo en una entrevista concedida a la Federación Extremeña de Fútbol en 2022 para un reportaje sobre integración y deporte. En ella relató con crudeza la odisea que vivió para llegar a España. Salió de Costa de Marfil en 2017 y atravesó Malí, Argelia y Marruecos. Durante más de una semana caminó por el desierto, enfrentándose al hambre, la sed y la violencia. Recordaba haber visto personas morir durante la ruta y describía el viaje como una experiencia «muy peligrosa, muy dolorosa y muy triste».

La travesía marítima fue aún más traumática. Cruzó el mar en una patera precaria durante una noche de tormenta. «Había un niño de siete años que perdió el conocimiento y todo el mundo estaba llorando porque sabía que íbamos a morir todos», recordaba. El agua comenzó a entrar en la embarcación y durante horas creyó que no sobrevivirían. «Nadie creía que íbamos a llegar aquí a España», confesó durante aquella entrevista.

Tras alcanzar Ceuta, permaneció varios meses en un centro de acogida hasta que la Fundación Cepaim facilitó su llegada a Extremadura. Allí encontró algo que siempre consideró decisivo para su integración: personas que le tendieron la mano y acabaron convirtiéndose en su familia de acogida.

«Es la segunda familia que la vida me ha regalado», decía agradecido. Aseguraba que aquellas personas le habían dado cariño, apoyo y confianza cuando más lo necesitaba. «Me han abierto un camino muy largo y creo que tendré un futuro gracias a esta persona y a este país que me está ofreciendo muchas cosas».

Su pasión: el fútbol

Ese futuro lo construyó alrededor del deporte. El fútbol era mucho más que una afición. Era el sueño que le había acompañado desde niño y también la herramienta que le ayudó a integrarse. Jugó en varios equipos de la región y defendió los colores del CP Talayuela, al tiempo que comenzaba a formarse como entrenador. Convencido de que el deporte podía transformar vidas, entrenaba a niños y cursaba los niveles formativos para dirigir equipos en el futuro.

Admirador de Leo Messi y Andrés Iniesta, disfrutaba hablando de fútbol y de la filosofía de juego española. Imaginaba un futuro en los banquillos cuando terminara su etapa como jugador. «Mi sueño un día es entrenar un equipo», afirmaba. Quienes compartieron con él entrenamientos y proyectos deportivos destacaban su carácter alegre, su capacidad de adaptación y su permanente deseo de superación. A pesar de las barreras idiomáticas iniciales, logró integrarse rápidamente y convertirse en un referente para muchos jóvenes migrantes.

«Me considero español»

Ange también utilizó su experiencia para lanzar un mensaje de advertencia. Nunca recomendó a nadie seguir la ruta que él recorrió para llegar a Europa. «Nunca diría a un miembro de mi familia que pase por el camino que yo he pasado», repetía. Su objetivo era otro: ayudar algún día a sus seres queridos para que pudieran llegar de forma legal y tener oportunidades de estudio y trabajo.

«Me considero como un español», decía con orgullo. Su aspiración era seguir creciendo, ayudar a su familia y demostrar que el esfuerzo y la constancia pueden abrir puertas. «Todo el mundo que tiene ganas de cumplir sus sueños lo puede conseguir con mucho trabajo y sacrificio», aseguraba.

La historia de Ange fue la de un joven que escapó de la adversidad para construir una nueva vida en Extremadura. Un vecino querido, un trabajador comprometido, un futbolista apasionado y un ejemplo de resiliencia para quienes le rodeaban. Su fallecimiento deja una profunda huella en Talayuela, donde muchos recuerdan al muchacho que atravesó medio continente persiguiendo un sueño y encontró en este rincón cacereño un hogar.

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