Situada en un edifico histórico
Pensión Galicia, la última casa abierta de Badajoz
Fundada en los años setenta por José Blanco y Antonia Barrios, es regentada por la misma familia desde entonces
Mantiene una ocupación completa hasta finales de año y se distingue por ofrecer un modelo de hospitalidad cercana y personalizada, alejándose del turismo masivo

Luisa Blanco, actual regente de la Pensión Galicia. / Santi García

Hace más de cincuenta años, un joven gallego llamado José Blanco llegó a Badajoz de paso. Conoció a Antonia Barrios, se enamoró y decidió quedarse. Tras un tiempo fuera, volvió a por ella. Juntos abrieron un pequeño bar —El Vivero— que pronto se convirtió en un emblema de la ciudad. No servían de todo, solo pulpo y ribeiro, pero bastó para ganarse a los pacenses. Era un local distinto, con carácter, como lo sería después la pensión.
Aquel pequeño bar acabaría siendo la semilla de un proyecto más grande: la Pensión Galicia, la única que actualmente existe en la ciudad. En una época en la que Badajoz apenas contaba con alojamientos, comenzaron hospedando a maquinistas que trabajaban en la estación de tren. Con el tiempo, su clientela fue creciendo, y el padre de Luisa —la hija del matrimonio fundador, quien ahora regenta la pensión— decidió abrir la casa a más viajeros. «Era como hospedarse en casa de la abuelita», recuerda ella con una sonrisa.
¿Hotel, hostal o pensión?
A diferencia de un hotel al uso, Pensión Galicia ofrece otro tipo de experiencia: más íntima, más flexible. Hay habitaciones privadas o compartidas, baño, desayuno, aire acondicionado y, sobre todo, un trato personalizado. «Aquí la gente viene y se puede quedar el tiempo que necesite. Indefinido», resume Luisa. «Es diferente. Es como si fuera tu casa».
La pensión se convirtió en un segundo hogar para muchos. De niña, Luisa recuerda una convivencia familiar y cercana: «Nos sabíamos toda la vida de los clientes y ellos se sabían la nuestra». Algunos de esos huéspedes de la infancia aún llaman cada año para reservar «su» habitación, como si nunca se hubieran marchado del todo.
Esa misma cercanía convirtió la pensión también en residencia para colectivos muy distintos. Durante dos años, por ejemplo, acogió a los juveniles del Club Deportivo Badajoz, que vivían allí mientras entrenaban. También fue hogar de jóvenes toreros, como Pedrito de Portugal. «Se ofrecen todos los servicios de un hotel o un hostal, pero con un trato más cercano», cuenta la regente.
Modernizar
Pero el negocio no se ha quedado anclado en el pasado. Hoy, todo está informatizado. Las reservas se gestionan online y la pensión figura en plataformas como Booking, donde tiene una puntuación destacada de 9,3. «A veces me quedo flipando. ¿Cómo puede ser esto posible? Pero si lo tengo completo casi todo el año», cuenta Luisa. Muchos clientes repiten, y, como asegura, algunos ya tienen su habitación asegurada hasta diciembre.
Esa fidelidad se explica, en parte, por la flexibilidad del alojamiento. Aunque tiene capacidad para 18 personas, ofrece opciones para distintos perfiles: habitaciones con baño privado o compartido, ideales para jóvenes o peregrinos.
Del sur o del este de Europa e incluso de las Islas Maldivas. Cientos de personas se hospedan anualmente en esta histórica pensión. Llegan desde lugares muy diversos. «De todos los países del mundo», comenta Luisa. Alemanes, holandeses, peregrinos del Camino Portugués... Muchos de ellos se quedan largas temporadas, como es el caso «los chicos de intercambio», que «se quedan aquí todo el año».
Lugar histórico
El lugar tiene además un peso simbólico. El edificio fue originalmente propiedad del médico Augusto Vázquez, quien mandó construir el sanatorio que llevó su nombre en la avenida de Elvas en 1930.
«La parte de arriba se la alquilamos a su viuda. Esto antes eran varias viviendas, y la pensión está en la parte de arriba», cuenta Luisa. Allí sigue, entre paredes llenas de recuerdos.
Pensión Galicia resiste mientras muchas otras, a lo largo de Extremadura, han desaparecido, reemplazadas por hoteles, hostales modernos o pisos turísticos. «Han desaparecido porque la gente prefiere montar pisos turísticos. Los hostales cobran como hoteles, y claro, la gente busca algo más económico y cercano», reflexiona Luisa. Hoy, la suya es la única pensión que queda en Badajoz.
Y sigue funcionando como el primer día: con atención directa. «El check-in es hasta las nueve y media de la noche. Si vienen más tarde, me avisan y les doy su llave. Como en casa. Siempre hay alguien que les atiende». Ella misma lo gestiona, junto a otra empleada, Fani, y un servicio de mantenimiento.
Tras más de dos décadas al frente, a Luisa le gustaría que el negocio siguiera en manos de sus hijas, aunque sabe que los tiempos cambian. Pero lo que sí tiene claro es que no quiere que Pensión Galicia desaparezca. «Somos gallegos, nos gusta conservar lo que es nuestro. No nos deshacemos de las cosas. Al contrario».
En un mundo de alojamiento «fugaz», la última pensión de Badajoz sigue ofreciendo una forma distinta de viajar: más lenta, más humana. Un lugar donde quedarse no es solo dormir, sino formar parte —aunque sea por unos días— de una historia que aún se escribe. Como quien llega desde lejos y acaba quedándose, como aquel joven gallego que un día paró en Badajoz y ya no se fue.
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