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disidencias

Aparador

 

Juan Manuel Cardoso Juan Manuel Cardoso
22/10/2019

Estoy intentando deshacerme de unos muebles de salón, de madera antigua, clásicos y contundentes, con sillas y vitrina incluidas, que siempre estuvieron en la casa familiar. No me importa destrozarlos, regalarlos o tirarlos, pero hago una primera incursión por si puedo sacar unas perrillas para comer en Galaxia o Marchivirito al abrigo de un vino caro. No tengo más expectativas al respecto. A mi modo de ver, son muebles fuertes, elegantes, vistosos, yo diría que de coleccionismo, prácticamente indestructibles y, por supuesto, no desmontables. Fue un mundo meterlos en casa y, sacarlos, va a ser toda una odisea. He subido a Wallapop las seis sillas y uno de los muebles más grandes, un aparador enorme que pesa como un demonio. Le he puesto precio, casi regalado, y, con una sinceridad inusitada, he indicado en la descripción que no será fácil su traslado. Se trataba, permítaseme la licencia, de un eufemismo porque, en realidad, estoy convencido de que se necesitará una grúa de mudanza para sacarlo por el balcón. Todo este rollo para contar que solo he recibido un mensaje donde el remitente únicamente me escribe, creo que con sarcasmo y desprecio, que, de esa forma, no lo voy a vender, recordando el chiste del burro. He reflexionado sobre ello. Un payo o una paya, cualquiera sabe lo que es, pasa por el Wallapop, se fija en mi aparador, probablemente no le interesa para nada, o sí, el caso es que el susodicho o susodicha pierde el tiempo para mandarme un irritante mensaje. Hay gente así. Las redes sociales y todos estos espacios de internet donde se interactúa han dado lugar a especímenes que no te conocen, que jamás han cruzado una palabra contigo, a los que ni siquiera les has hecho daño y se sienten con la fuerza, la capacidad y la autoridad para llamarte la atención, insultarte, faltarte al respeto o cachondearse de ti. No sé si son unos psicópatas, unos enfermos, unos gilipollas o unos cachondos, pero he llegado a dos conclusiones: 1. Que en la vida real, a la cara, solos, a pecho descubierto, no se atreven porque, generalmente, estas cosas son más de cobardes y acomplejados. Y 2. ¡Qué vidas más tristes las suyas que no tienen más entretenimiento que meterse en la de los demás! ¡Con lo fácil que es decir ahí tienes la pasta, ahí está el camión de la mudanza, me llevo el aparador! ¡Cuánta hostilidad, chacho!