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cruzando fronteras

Isabella Stewart Gardner

 

Isabella podría haberse llamado Allegra. Uno de esos hermosos nombres italianos tan llenos de chispa como un helado de limón. A las puertas del Palazzo Barbaro, la pintó Anders Zorn, con su vestido blanco, un largo collar y los ojos encendidos que tanto perturbaban a la sociedad victoriana. Es la imagen del ven. La invitación. El baile interrumpido para decir pasa. Avanza desde el lienzo sujetándose en el vano de la puerta para no tambalearse, borracha de belleza. Nunca del todo inmune al síndrome de Stendhal, exploró Europa y Oriente y Asia, recorriéndose y descubriéndose. Insólita. Inquieta. Curiosa. Voraz. La mujer del retrato es un mascarón de proa que se contiene para no escapar, y romper las aguas y llegar a puertos lejanos. Le gustaba la compañia de los artistas, ver, tocar, probar, aprender. Viajar, viajar. Leyendo a Dante se le despertó el afán de búsqueda, y recorrió Italia y sus librerías, bibliotecas, talleres, estudios, iglesias. Y ya no pudo parar. Tomaba el té en el número 152 de la calle Beacon, ojeando libros de botánica e imaginando un jardín frondoso, un hogar para los lirios de Botticelli y la rosas de Filippo Lippi. Paseaba sin distraer la mirada, concentrada en encontrar retazos de hermosura en algún punto del trayecto. Cuando visitaba la iglesia del Adviento, al pie de la colina, la música la llevaba lejos donde el sol brillaba y el color se derramaba desde las telas, las cerámicas, los frescos, calentando su cara, sus manos, su alma, tan desangelada como aquel Boston de final de siglo. Por eso se trajo todo lo que pudo consigo. Se propuso llevar a sus compatriotas un pedazo de esplendor de otro tiempo, que alumbrara en mitad de la niebla. Su casa fue llenándose de Venecia y del azul ultramar, carmín, púrpuras, verde Verona, amarillo de Nápoles...y de pintores, de escultores, de viajeros. Nunca más fue solo suya. Sino un museo con jardín, un reducto de arte inspirado, desbordante, que no solo llegó de otros países sino que te transporta de vuelta a ellos. Ahora se recorre imaginando que abre sus salones y alguien toca el piano y hay risas y pasos de bailes apresurados para esconderse, que Sargent deja sobre la mesa una copa de vino, sonríe, bajo el bigote y la admira, de lejos, mientras ella nos explica cómo encontró el primer Vermeer. Y se detiene ante los marcos, viudos. Muda ante las marcas que dejaron los cuadros robados. Las cortinas pesadas apenas dejan pasar algo del día, húmedo. No hay visitantes, ni llega ruido de la calle, ni el rumor de las fuentes del patio. Casi ni se intuye a Rembrandt. Juntos, se nos pierde la mirada, fija en la ausencia.