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cruzando fronteras

De los libros y las vidas

 

La sombra que me cobijó los días de sol, en las siestas obligadas e insomnes. El abrigo de las tardes de invierno. El consuelo y las alas inmensas, desplegadas y prestas siempre. Un hueco inconsolable. Un huella mía. Eso imaginaba yo que dejarían en mis estantes los libros que se fueron. Y por un agujerito veo la imagen de un hombre que empaqueta los libros en un divorcio. Inspecciona los nombres en las primeras paginas, los ex libris, las dedicatorias, para discriminar qué le pertenece. Y qué no merece una nueva lectura, qué desecha, como hace con su historia. Los abre y al suelo caen pétalos, entradas de teatro, besos como marca páginas. Que barre sin mirar atrás. Se marcha. La puerta.

El coche arrancando. Y mira la librería huérfana, amputada, con cercos de polvo que delatan la ausencia. Mira incrédula. Incapaz ya, apenas un instante después, de reconstruir cómo era, sin memoria de los títulos. Desmemoriada. Arrancados de si misma. En otra escena una mujer escribe el horror, el dolor inasible, la pérdida. Es vieja y está sentada, doblada como un pañuelo lleno de lágrimas. Los acaricia, y dentro de si pasan las paginas. De toda una vida. Sean los años que sean, para ellos siempre pocos, por muchos que fueran, pero todos, todo lo fue a su lado. Libros de física, de matemáticas, de filosofía, de religiones. Descubrimientos. Libros que cuentan, que enseñan desde donde él le explicaba el mundo. Tan grande como él. Como su amor. Como la muerte. Desde donde le lee ahora, dictándole la fuerza necesaria para seguir, sola.

En esta otra imagen me veo yo, delante de un camión de la mudanza y de cajas de cartón con un «libros» escrito con rotulador de punta gruesa. Y del incómodo e inexplicable miedo de separarme por un rato, por unos cientos de kilómetros, de nuevo, de mí misma. Esa imagen habla del miedo al extravío, de que se perdieran, como mi infancia, en un recodo del camino para no regresar jamás. Y hay tantas otras escenas en las que alguien debe abandonar su casa, echar la vista atrás, reconocerse en un espacio, en un olor, en el tacto de un sillón, en las líneas subrayadas, en las esquinas dobladas de donde dejo un libro y su tiempo... antes de ser inservible, un estorbo, un peligro que preocupa a hijos despreocupados. Imagino la despedida de su biblioteca, hacer la reverencia a sus sonetos favoritos, y darles las gracias, a las palabras mayores de García Márquez, a los escalofríos de Donne y Kavafis, al leve roce de Cernuda... y con un hasta muy pronto Darling, despedirse de Hemingway o de Whitman con la triste certeza de que al último capitulo le quedan apenas unas páginas. El tiempo pasa, corre, vuela. Y cuánto, cuánto queda por leer. Para beberse la vida letra a letra.

 
 
1 Comentario
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Por SOLEDAD CAPILLA 14:14 - 24.04.2019

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Genial, como siempre.