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cruzando fronteras

La música que no tenía casa

 

En el norte del norte, justo antes de que comiencen a ponerse en pie las montañas, encontré un bosque y en él un prado, y en el centro, plantada, se levantaba una granja y al costado su granero. No había vacas, pero sí esculturas. Ni pastores, solo señores entrados en años y en una artritis profunda que les daba el aspecto de espantapájaros. Rígidos, con camisa de cuadros, risa dibujada y una rama de abedul en la mano, señalaban lugares para estacionar y el camino de entrada.

La estructura parecía animal, los huesos bajo la piel del armadillo, un dinosaurio pastando o Moby Dick cansada de luchar, varada. Engulléndonos como a Jonás, entramos dejando atrás el ruido, el tráfico, el verano, el tiempo. Olor a heno, vigas rotundas, de árboles inimaginables, hechuras de catedral. La altura obliga a doblar el cuello hacia atrás para aupar los ojos hasta donde, en otro tiempo, se descargaba el cereal. Como una madre nos acoge, cálida, entre sus enaguas. Como una iglesia se abre en domingo. Como el anfitrión perfecto que nos recibe en casa, despliega una sonrisa, correspondida por otra admirada, sorprendida, suspirada. Una fotografía de grupo hubiera captado un puñado de personajes que miraban hacia arriba. Y al rato, la misma panorámica los hubiera retratado mirando hacia abajo, mirándose hacia dentro, sintiendo cómo la música, perfumada de trigo, se les desperezaba, suave, remolona, en el recodo de sus tímpanos, se introducía para alimentar sus estómagos, distender los omóplatos, soltar los brazos tensos, los dedos crispados sobre las rodillas rechinantes. El ensueño les despierta el alma que juguetea exigiéndoles aplausos, bises, bravos y les envuelve como una rebeca echada sobre los hombros hasta la salida, en forma de gracias.

Al fondo, el compositor sigue con los ojos cerrados la pieza. Percibo un minúsculo movimiento de su tórax, que le balancean al ritmo del estremecimiento de sus párpados. Casi imperceptible. Nadie parece darse cuenta de ese sufrimiento tímido, de ese miedo que aletea entre sus manos y que retiene, frunciendo el ceño y juntando, fuertes, las puntas de sus zapatos para que nada escape entre ellos, para que nada suba desde sus raíces, para no ser visto. Solo oído. Solo oída su música, la que nació de él y ahora ya nunca será solo suya. La que se extiende y crece y cruje e incluso aúlla entre las cuerdas del cello para ascender, pletórica, traspasando la techumbre, abriéndose paso más allá del norte del norte, escapándose con la noche, para ser, por fin, de nadie.